CallejeroPor qué decimos

Borrego, a una parte de la Isla.

Cuando subíamos la cuesta de la Ardila, entonces sí que aquella carretera era una cuesta, nos encontrábamos con una peligrosa curva donde hubo accidentes casi todos los días con heridos y fallecidos.

Pasábamos por delante de los pisos de militares donde vivían los que en la bocamanga lucían una o varias estrellas de ocho puntas. Al llegar a la altura del callejón Nuevo, entrando en la que entonces se conocía como calle Real, aunque su nomenclatura oficial era de Avda. del General Varela. Allí la carretera se estrechaba debido a una pared saliente que pertenece al convento de las Carmelitas Descalzas, que todos conocemos por «de la hermana Cristina». Aún hoy existe dicha pared y con el cambio efectuado en la ya calle Real no parece tan estrecho.

Un día de aquellos tiempos, sin poder datar exactamente, aparece, en la dicha pared, un anuncio comercial de un producto que se utilizaba para dar mayor esplendor a las ropas al lavarse. La marca era Norit, y su mascota, hoy se dice logotipo se basaba en un simpático borreguito blanco con un llamativo lazo de color rojo, como el que se ha simulado en la fotografía adjunta.

simulación del anuncio del borrego. www.elguichidecarlos.com

En la esquina contraria al convento, hablamos de la acera conocida como «de los pares», casi delante de la hoy parada de taxis existía el güichi con despacho de vino conocido como «Casa Matilde» -posteriormente allí se inauguró El Titán- y frente al güichi, en la acera «de los tramposos» existía, y aún allí abre todos los días sus puertas, el Bar Borrego. Este bar tomó el nombre de muy antiguo porque la zona era conocida por Borrego, debido a la existencia de huertas y ganando ovino con cierta abundancia.

Cuando los tiempos del tranvía -verdadero (1906), no el actual-, posteriormente del autobús moteado como «El Chulo», sustituido por el trolebús eléctrico y estos por varios modelos de modernos autobuses, en sus viajes dirección a Cádiz, tenían parada en la puerta del Patio Cambiazo y en sentido contrario delante del Bar Borrego.

Entonces los vehículos de viajeros solían llevar, aparte del conductor, a otro empleado con el cargo de cobrador, sentado junto a la puerta trasera que era por donde se accedía al interior. Había que llamar la atención del cobrador en voz alta avisando de que detuviera el vehículo en la próxima parada y el empleado, mediante un cordón que comunicaba con el conductor o luego con un timbre daba la orden al chofer.

Lo lógico era avisar con el nombre de la parada a bajar. La guasa quiso que los viajeros procedentes de Cádiz que debían de bajarse avisaran al cobrador con la frase: «¡Cobrador Borrego!», lo que evidentemente sacaba algunas que otras sonrisas.  

Fuera por la zona, por el bar o por el borrego del anuncio, los futuros viajeros del tren tranvía no tendrán el placer de bajarse diciendo ¡Cobrador Borrego!, al haber desaparecido ambas paradas en el tramo de la calle Real.

El Güichi de Carlos. Historias de la Isla.