Cuando en los años 50 comienzan a construirse grandes barriadas en el municipio, la gente logra, casi siempre gracia a la suerte de los sorteos públicos, alcanzar el mayor sueño, casi imposible, el de vivir en «un pisito» digno de habitar con varias habitaciones, con su propio cuarto de baño y cocina. Atrás quedaron penalidades, las cocinas y los váteres comunes, el dormir sobre colchones de paja en el suelo y la convivencia de todos, incluidos los matrimonio, en el mismo cuarto. En ocasiones, las familias superaban la docena de miembros.
Las viviendas abrazaban la ciudad entre Gallineras, la cuesta de la Ardila, el Cristo, la Casería, San Carlos, el centro, la albina del Zaporito, las Callejuelas y el callejón Nuevo. Dentro y fuera de estos límites, existían huertas y manchones, extensiones de tierra que, a veces, no se encontraban labradas, quedando como tierra baldía. Los chiquillos lo utilizaban para jugar a la pelota, con porterías señaladas por piedras.
Sin pretender hacer una relación exhaustiva de aquellos manchones, vamos a recordar a varios que, por herencia del pasado o por ser más conocidos que otros, se fueron perdiendo en favor de construir barriadas. Algunos de estos son: el de las Anclas, Cantera del Rey, Carlos III, Madariaga, San Ignacio, el Parque, la Ardila, Santo Entierro, Callejuelas, Manuel de Falla, de Vargas, El Canal, Cañoherrera, Merendero, Garrido, y a saber cuántos más. En algunos de estos lugares quedan «trozos» de aquellos manchones que no están urbanizados.
Precisamente, el manchón de Garrido fue muy popular. Estaba habitado por construcciones de viviendas de diversas formas y materiales, y se ubicaba próximo a la calle Carraca, donde contaba con una de sus entradas, conocida como «el portillo». Se encontraba entre el Merendero, Juan de Austria y la calle que se llamó Faustino Ruiz (hoy Cofradía del Huerto), y era el lugar al que íbamos a ver las películas en el cine Carraca. Además, estaba muy cerca del conocido Patio de Roble y de la carretera que conducía a la estación. Hoy podríamos situar el manchón de Garrido en la intersección de las calles Gonzalo de Córdoba y el colegio Puente Zuazo, así como en Menéndez Pidal, San Juan Bautista y la calle de la cofradía mencionada. Además, aquella zona era conocida como «la huerta de Baldomero».

En la noche del sábado 2 de septiembre de 1967, nos informa la prensa que, a las 21 horas, en la chabola-vivienda del matrimonio José Sánchez Pinedo y Carmen Pérez, al no contar con luz eléctrica, era habitual alumbrarse con un quinqué de petróleo. Las llamas del quinqué provocaron que el techo comenzara a arder, y enseguida, se extendió al techo de la vivienda contigua, donde, para agravar la situación, explotó una botella pequeña de butano que se utilizaba en las primitivas cocinas de dos fuegos. Al estar construidas las chozas con madera, cartón piedra y otros materiales fácilmente infamables, el fuego se propagó rápidamente, saltando de choza en choza. Los vecinos desalojaron rápidamente el manchón, logrando ue consiguiendo que no se produjeran mayores desgracias.
En aquel San Fernando no existía dotación de bomberos. El aviso de incendio comunicado telefónicamente al cuerpo de guardia de la Policía Municipal, fue trasladado automáticamente a la dotación de bomberos que disponía el Arsenal de la Carraca y la del Centro de Adiestramiento. Ambas llegaron con camiones cisterna y suficientes marineros, de los cuales dos presentaron síntomas de asfixia. La colaboración de los vecinos y voluntarios fue muy importante y valiente. Sacaron de cada casa los enseres que pudieron. Todo esto con el peligro de que, de vez en cuando, explosionaban las botellas de butano. Entre todos, dominaron el incendio ya metida la madrugada.
Aquella noche mientras el manchón ardía con intensidad, en Cádiz se disputaba la última semifinal del XIII Trofeo de Carranza. En el campo de juego, el Valencia venció al brasileño Vasco da Gama por 2 goles a 0. En la final del domingo día 3, volvió de nuevo a ganar, por 2 goles a 1, al Real Madrid, consiguiendo el Trofeo Carranza, antaño uno de los trofeos de mayor prestigio en España.
Viene a cuento este comentario deportivo porque, en los grandes incendios que ocurrían en San Fernando, también se avisaba al servicio de bomberos de Cádiz. En esta ocasión, con los marineros fue suficiente.
Aquel manchón de Garrido desapareció. Excepto las primeras casas que estaban construidas de obra, las 50 chozas desaparecieron por completo y dejaron a 500 personas sin hogar, teniendo que ser reubicadas en dependencias municipales.
Mientras se estaban construyendo as primeras casas (las de obras) en el mes de marzo de 1933, una de las paredes se derrumbó hiriendo a un albañil.
En sesión plenaria de nuestro Ayuntamiento en fecha posterior al incendio, Juan Guerrero, como propietario del terreno, solicita le sea recompuesta la tapia.
El Güichi de Carlos – Historias de La Isla
Julio 2026











