Si hay un olor que te devuelve de golpe a los domingos por la mañana en San Fernando, es el de la masa frita flotando en el aire. Un aroma a gloria bendita que cruzaba desde la Casería hasta la estación de trenes. En La Isla nos vuelve locos un buen paquete de churros —finos, crujientes y en su punto de sal—, y no lo decimos nosotros por presumir ¡que ostentamos oficialmente el título de la ciudad más churrera de la provincia! Sentarse a comérselos con un chocolate calentito o llevar el paquete envuelto en papel de estraza es un ritual sagrado. Hoy nos colamos hasta la cocina de la mano de la tercera generación de una saga mítica: los hermanos Batista.
El Secreto de la Masa
Hacer churros en San Fernando no es echar harina al tuntún, quillo, eso es un oficio de titanes. Los hermanos Jesús y Francisco Javier recuerdan cómo enseñaban los antiguos churreros: a base de fuerza bruta y maestría.
- Los legendarios moldes de pecho: Antes de las máquinas modernas de brazo, se utilizaba un cilindro de metal con dos agarraderos que obligaba a hacer presión con el propio pecho. ¡Una brutalidad que te dejaba el cuerpo en carne viva hasta que se formaba un buen callo de churrero!
- Ingredientes puros de La Isla: Frente a los tejeringos o las porras madrileñas (a las que algunos llaman tallos), el churro cañaílla destaca por su finura. La masa se cuece con agua hirviendo, harina de primera calidad y sal. Nada de levaduras raras.
- La lección de los maestros: El recuerdo de su padre, José Batista Rojas, y de su tío Paco, quienes pasaron décadas al pie del cañón en el mítico quiosco junto al paso a nivel de la estación de Renfe, despachando a los trabajadores de Bazán y a los militares que pedían churros por kilos para los barcos.
De la Estación a la Glorieta: La Saga de los Batista Continúa
Aunque el paisaje de La Isla ha cambiado y las viejas chimeneas de gasoil o carbón han dado paso a modernos peroles eléctricos, la esencia no se pierde. Los Batista siguen manteniendo viva la llama de la freiduría tradicional, ahora en la calle Pintor José Martínez «Pepiño», al ladito del Hostal París. Fue una vida dura, de levantarse a las dos de la mañana en las madrugadas del Nazareno y de trabajar de domingo a domingo sin vacaciones, pero todo se compensa cuando ves la sonrisa de un cañaílla mordiendo ese trozo dorado y crujiente. ¡Eso no se paga con dinero!
Para que no te pierdas ni un solo detalle de esta charla llena de anécdotas entrañables y fotos antiguas que te van a saltar las lágrimas, aquí mismo puedes ver el programa completo:













