Al parecer, según noticias, nuestros antepasados las liaban gorda cuando debían de estar contentos y celebrar algunas de las fiestas del calendario anual. Quizás así fuera la manera de disfrutarlas.

Cuando la Velada de Ntra. Sra. del Carmen eran organizadas por iniciativa privada, a comienzo del siglo XIX, el equipo de gobierno municipal decidió en varias ocasiones no celebrar dichas veladas a causas de los disturbios y mantenimiento de orden público que fueron observados en años anteriores, debiendo intervenir los alguaciles a causa de peleas y broncas callejeras. Esto está comentado en el libro dedicado a la Feria del Carmen y de la Sal. Su historia (1821-2021), que recientemente ha sido publicado y que puede ser adquirido en la papelería de tu barrio.

Cuenta la historia de la ciudad a través de un bando firmado por D. Manuel de Molina y Tiry, Marqués de Ureña Conde de Saucedilla, siendo alcalde 1º y D. Manuel de Vilches, como alcalde 2º, firman bando municipal con fecha de 1 de marzo del año de 1821, informando sobre las observancias que debían de cumplir los villanos, recién convertidos en ciudadanos desde 1813.

Decían los alcaldes constitucionales que sus principales deberes de sus cargos era velar por las observancias que marcaban las leyes. Por ello se hacía recordar mediante bando municipal que acercándose el tiempo de máscaras se prohibía el uso de las mismas e incluso la variación (disfraces) de trajes. No debía andar por las calles nadie que ocultara su rostro así como llevar trajes que confundieran con agentes de la autoridad, militar o, ni por asomo, disfrazados de ministros de la iglesia.

Nosotros, los más viejos del momento, conocimos en tiempos de las Fiestas Típicas Gaditanas en el mes de mayo y con la transición política los carnavales vuelven a febrero. Entonces, gustaba fastidiar a otras personas, conocidas o no, arrojándoles puñados de papelillos con la mano. El fastidio fue si te pillaba con la boca abierta en el momento de recibir los papelillos o que entrara por el interior de la ropa teniendo que sacudirte porque picaba. También existían unas bolas de papel duro que hacía más daño. Desde hace ya algunos años son los aparatos de aire comprimido conocidos como esprai lo que, de lejos, te mancha.

Pero, a nuestros antepasados del siglo XIX, se les recordaba estar prohibido arrojar agua al público desde ventanas, azoteas y, más aún, rociarles con polvos o estopa prendida en fuego que incomodara o inquietara al punto de alterar el orden público quién le había fastidiado las prendas de vestir.

La autoridad advertía que no haría el más mínimo disimulo (hacerse el tonto) caso de ser vista alguna de las anteriores acciones. Por supuesto, avisaba a los taberneros y tiendas de comestibles que dispensara licores, que deberían de cerrar sus puertas a las dos de la tarde sin permitir persona alguna en el interior de los establecimientos, despachando a través de los postigos de la puerta lo que necesitasen llevar a sus casas los vecinos. A los mozos encargados se les hicieron responsables quienes responderían con multa de cuatro duros, imponiéndole al contraventor la pena que señalara la ley. 


El Güichi de Carlos – Historias de la Isla

Febrero 2023.