No quiero que se me vayan los Carnavales sin hacer referencia a algunos de sus semblantes, pues, el que más y el que menos, intervino unos añitos en primera línea de fuego en estas Fiestas, y algunas cosillas aprendió para contarlas.
Seguramente, muchos de ustedes conocerán esta pequeña historia en líneas generales, pero, de igual forma, quizás ignoren los detalles de su creación.
Cualquier foráneo que visite nuestra zona en estas fechas, y más concretamente Cádiz, de regreso para su tierra se llevará grabados en la memoria estos tres recuerdos: la gracia de nuestros paisanos, la grotesca estampa de un grupo de sucios melenudos tirados en la calle rodeados de botellones, y una pequeña y pegadiza cantinela metida en el oído:
¡Qué bonito! ¡Qué bonito! ¡Qué bonito está mi Cái…!
Una vez de vuelta a sus localidades de origen, aprovecharán la primera ocasión que se les presente para entonar tan campechano estribillo, cambiando simplemente la coletilla gaditana por el homónimo de su residencia. Así, fiesta tras fiesta, año tras año, el pequeño himno seguirá tomando notoriedad, hasta convertirse en tonada popular allá donde vayamos, porque, a pesar de los avances tecnológicos, para estas cosas, el boca a boca es el mejor medio de difusión.
El que suscribe ya ha podido comprobar tal vaticinio hecho realidad en los festejos de poblaciones limítrofes, e incluso en otros más distantes que nada tienen que ver con nuestros célebres Carnavales.
Cualquiera que se precie de buen aficionado a estas Fiestas, sabrá que el famoso tanguillo de “Los duros antiguos” fue obra del “Tío de la tiza”, y que el pasodoble del “Vaporcito del Puerto” lo escribió Paco Alba. Pero…
¿Sabemos la procedencia del estribillo mencionado? Por si alguien lo duda, u otros, incluso lo desconocen, les diré que su autoría corresponde a José. M. Ramos Borrero, o mejor aún, a Pepe Requeté, que así será recordado siempre este cañaílla de lujo, con el que La Isla que lo parió, estará eternamente agradecida por su invalorable, y nunca suficientemente reconocida aportación, a la historia de nuestros Carnavales. Y esto es así porque fue él y no otro, quien tuvo el acierto y la inspiración de crearlo en 1.979 para la chirigota El profesor majareta y los niños probetas. Pero, como casi todas las cosas sorprendentes de la vida, esta sublime cancioncilla también tiene su rocambolesca anécdota.
Resulta que ese mismo año de 1.979, Requeté –al que no le importa definirse como “enfermo” en vez de persona, porque desde pequeño fue como un imán para los virus y las bacterias patógenas- escribió también una chirigota infantil llamada “El sheriff y sus comisarios”. A ella fue destinado en principio el estribillo que nos ocupa, y que, dicho sea de paso, en su creación era bastante más extenso. Una noche, al salir del local de ensayos de los críos, una reflexión centelleante hizo que el autor tomara la trascendental decisión de transportarlo a la chirigota de adultos, pues súbitamente intuyó el éxito que le aguardaba y manteniéndolo en la agrupación infantil, posiblemente lo hubiese condenado al ostracismo.
Gracias a ello, este pequeño gran producto del ingenio de nuestro paisano, ha pasado a convertirse en villancico popular del Carnaval, relegando a un segundo plano a los tradicionalmente establecidos.
De lo que supuso para él conseguir el reconocimiento de su autoría no cuento nada, porque ya quedó todo dictaminado en su momento mediante resolución de la SGAE, ya que el repertorio de El profesor majareta y los niños probetas lo compartió Requeté con otro autor, a cuya firma erróneamente, se adjudicó la creación del ¡Qué bonito! ¡Qué bonito! durante algún tiempo.
Por tanto, al Cesar lo que es del Cesar, y a Pepe lo que es de Pepe.
Paco. F. Frías 06-03-2003













