La tradición del Nacimiento

Nos contaba «Mirador de San Fernando» en 20 de diciembre de 1976, que una de las tradiciones en estas entrañables conmemoraciones de la Navidad, más pronunciadas de siempre, aunque hoy en día obtenga un asenso nada más que regular, lo constituye sin duda alguna, esos nacimientos que lucen todavía algunos hogares.

Es una tradición que tiene a desaparecer, entre otras cosas porque necesita de un espacio, y entraña un trabajo prodigio y paciente que  requiere la dedicación de muchas horas, dentro de los calendarios apretados del mundo actual.

Es más fácil y más rápido, y resulta además más económico, la implantación del árbol, la concurrencia de unas lamparillas y la presencia de unos paquetitos, más o menos grandes según la instalación, y se cubrió el expediente.

Era costumbre antigua, y en San Fernando, como en muchas regiones de España, la instalación del nacimiento, era una obligación que había que cumplir.

El padre y la madre, con la colaboración alegre y jovial de sus hijos, entretenían largas horas en ir confeccionando el nacimiento, cuando todavía las gentes, sin tantas prisas y tantas exigencias, podía permitirse el lujo de disponer de algunas horas libres para ejecutar sus gustos y sus entretenimientos.

Se mira hoy bajo un prisma simple y ligero, pero no cabe duda que en el fondo, tenía un mucho de encanto y de simbolismo.

Hoy, desgraciadamente hoy, en esta hora en la que nos creemos haber progresado mucho, se mira ello con un algo de indiferencia, con una sonrisa casi compasiva.

Pero bien mirado la compasión debía orientarse hacia lo que ahora nos movemos creyéndonos más suficientes, porque en verdad estamos perdiendo muchas de las cosas que antaño nos regalaban los sentidos espirituales, haciéndonos gozar.

Entonces, siguen con la pequeña historia, solo nos quedan esos nacimientos que todavía tienen cabida en algunos edificios más o menos públicos y algún que otro ciudadano particular, amigo y enamorado de estas expresiones.

Pocas representaciones en verdad de estas atractivas instalaciones, para una ciudad y una tradición de siempre consideradas ejemplares dentro de esta faceta.

Afortunadamente no ha pasado como preveía la nota del Mirador.

En las últimas décadas no solo se ha mantenido la costumbre de «poné el nacimiento» en hogares, establecimientos, hermandades, etc. todos los años, que incluso se cuenta con talleres y asociaciones que han dado nombre a San Fernando dentro del mundo del belenismo.

Otros recuerdos, estos son de Soledad Salinas, nos llega a describir y recordar nuestros Nacimientos de cuando éramos niños (al menos es muy parecido al que se montaba en casa de mis padres) y  que, como lección aprendida, de mayores continuamos colocando a las figuras tal como nos comenta y nos dejó escrito en  Mirador de San Fernando, 13 diciembre de 1971. Dice así…

En muchas casas, se está impartiendo la costumbre de poner solamente las figuras principales sobre un fondo mas o menos original pero el Nacimiento grande, el de as montañas de corcho o de papel, el del riachuelo de cristal o de papel de estaño donde lavan eternamente unas lavanderas de barro, el del molino con su noria y su borriquillo, el del castillo de Herodes con su inmóvil guardia ante la puerta, ese, se va quedando confinado allí donde haya mucho espacio. 

el nacimiento

Cuando yo era niña, en mi casa se ponía todos los años. Durante los primeros días de diciembre, mi madre iba trayendo casi una a una las figurillas bastas de colores chillones que solían vender en la plaza. Había que reponerlas cada año porque eran tan humildes, tan baratas, que aunque solíamos guardarlas cuidadosamente, cuando íbamos a buscarlas de nuevo, estaban todas rotas o desmontadas.

Luego había que hacer las casitas. Casitas de cartón banco con tejados pintados rabiosamente de rojo y que estaban siempre en descomunal desproporción respecto a las figuras humanas al mismo tiempo que éstas y las de los animales tenían también una relación de tamaño, casi grotesca. Así teníamos vacas del volumen de ovejas y cerditos no mucho mayores que los pequeños patos que hacíamos navegar por el río; aquel río siempre cruzado por un puente alzado entre dos montañas y sobre el que un pescador con la caña tendida, no acaba nunca de sacar su pez pintado de plata.

Había que ir también a buscar lentisco, romero y serrín. El serrín se teñía de anilina marrón para figurar la tierra de los huertesillos minúsculos y se reservaba un poco de su color natural para dibujar con el los caminos por donde debían venir los pastores con sus rebaños o el hombre que llevaba la ollita supuestamente llena de miel o aquel otro que conduce su borriquillo cargado de sacos de harina.

Teníamos que recortar en tela las prendas que habían tendido las lavanderas a la orilla del río y proporcionarse musgos húmedos y verde para tapizar prados de fantasía.

… pequeños patos que hacíamos navegar por el río; aquel río siempre cruzado por un puente alzado entre dos montañas
y en el que un pescador con la caña tendida, no acaba nunca de sacar su pez pintado de plata.

Luego entraba el rito de montarlo todo sobre unas tablas.

Primero el cielo de pape azul, sobre el que habíamos pegado estrellas recortadas de las envolturas del chocolate… Después las montañas de papel arrugado y manchado con pinceladas arbitrarias de color ocre y verde. Había otros niños que disponía de corcho para las montañas y lograban con ello un efecto mucho más real pero las montañas de mi Nacimiento fueron siempre frágiles montañas de papel.

Una vez estaba todo dispuesto, llegaba el sublime toque final: la nevada.

Era una nevada mágica, con copos de algodón, de ácido bórico, de harina, de polvos de talco, de lo se tenía más a mano. Entonces venía el extasiamiento ante la obra terminada, la comparación con otros Nacimientos que veíamos y el despilfarro desacorde de los villancicos entonados a coro en cualquier momento del día.

Sí. En verdad ya las casas no se construyen para instalar Nacimientos. Además ahora, hasta la nieve se vende en spray y a mí no me parece tan nieve como aquella que yo hacía caer a puñados sobre el tosco Belén de mi niñez.

Sí. Los árboles adornados son muy decorativos y las velas rojas al lado de las piñas pintadas de dorado, resultan preciosas pero yo, cada año, guardo un pequeño y dulce recuerdo nostálgico para el Nacimiento humilde, sencillo y lleno de ilusión que tuve cuando niña. Tal vez se sin duda porque no existe fuerza capaz de devolvérmelo. 

El Güichi de Carlos. Historias de la Isla

Diciembre 2020