recordando un nacimiento portal de belen san fernando

Actualmente, el árbol de Navidad, ya sea natural o artificial, penetra en casi todas las casas por estos días.

Es un adorno espectacular y brillante que decora, que ilumina, que rellena huecos. Los ojos infantiles se quedan prendidos en esa catarata de espumillón color de oro o de plata, en ese enjambre de bolas de colores, en el encanto ingenuo de los mil muñecos que se pueden colgar de sus ramas y sobre todo, en el parpadeo de las bombillas que guiñan traviesamente entre los adornos.

El clásico Belén, o Nacimiento, va quedando desplazado de muchos hogares por varias razones, entre las que destaca, como muy importante, la falta de espacio. Todos sabemos el problema que representa en los pisos modernos la escasez de sitio disponible y hay que reconocer que verdaderamente montar un Nacimiento, necesita sitio.

En muchas casas, se está imponiendo la costumbre de poner solamente las figuras principales sobre un fondo más o menos original, pero el Nacimiento grande, el de las montañas de corcho o de papel, el del riachuelo de cristal o de papel de estaño donde lavan eternamente unas lavanderas de barro, el del molino con su noria y su borriquillo, el del castillo de Herodes con su inmóvil guardia ante la puerta, ese, se va quedando confinado allí donde haya mucho espacio.

Cuando yo era niña, en mi casa se ponía todos los años. Durante los primeros días de diciembre, mi madre iba trayendo casi una a una las figurillas bastas de colores chillones que solían vender en la plaza. Había que reponerlas cada año porque eran tan humildes, tan baratas, que aunque solíamos guardarlas cuidadosamente, cuando íbamos a buscarlas de nuevo, estaban todas rotas o despintadas.

Luego había que hacer las casas. Casitas de cartón blanco con tejados pintados rabiosamente de rojo y que estaban siempre en descomunal proporción respecto a las figuras humanas, al mismo tiempo que estas y las de los animales tenían también una relación de tamaño, casi grotesca. Así teníamos vacas del volumen de ovejas y cerditos, no mucho mayores que los pequeños patos que hacíamos navegar por el río; aquel río, siempre cruzado por un puente alzado entre dos montañas y sobre el que un pescador, con la caña tendida, no acababa nunca de sacar su pez pintado de plata.

Había que ir también a buscar lentisco y romero y serrín. El serrín se teñía de anilina marrón para figurar la tierra de los huertesillos minúsculos y se reservaba un poco de su color natural para dibujar con él los caminos por donde debía venir los pastores con sus rebaños o el hombre que llevaba la ollita supuestamente llena de miel o aquel otro que condujo su borriquillo cargado de sacos de harina.

Teníamos que recortar en tela las prendas que había tendido las lavanderas a la orilla del río y proporcionarse musgo húmedo. Verde para tapizar prados de fantasías.

Luego entraba el rito de montarlo todo sobre unas tablas.

Primero el cielo de papel azul, sobre el que habíamos pegado estrellas recortadas de las envolturas del chocolate… Después las montañas de papel arrugado y manchado don pinceladas arbitrarias de color ocre y verde. Había otros niños que disponían de corcho para las montañas y lograban con ello un efecto mucho más real, pero las montañas de mi Nacimiento fueron siempre frágiles montañas de papel.

Una vez que estaba todo dispuesto, llegaba el sublime toque final: la nevada.

Era una nevada mágica, con copos de algodón, de ácido bórico, de harina, de polvos de talco, de lo que se tenía más a mano. Entonces venía el extasiamiento ante la obra terminada, la comparación con otros Nacimientos que veíamos y el despilfarro desacorde de los villancicos entonados a coro en cualquier momento del día.

Sí, En verdad ya las casas no se construyen para instalar Nacimientos. Además, ahora, hasta la nieve se vende en spray y a mí no me parece tan nieve como aquella que yo hacía caer a puñados sobre el tosco Belén de mi niñez.

Sí. Los árboles adornadnos son muy decorativos y las velas rojas al lado de las piñas pintadas de dorado, resultan preciosas, peo yo, cada año, guardo un pequeño y dulce recuerdo nostálgicos para el Nacimiento humilde, sencillo y lleno de ilusión que tuve cuando niña. Tal vez sea sin duda porque no existe fuerza capaz de devolvérmelo.

Soledad Salinas

Mirador de San Fernando, diciembre de 1971.

Transcrito por El Güichi de Carlos – Historias de la Isla