Los pasos en sus salidas en Semana Santa solían salir y recogerse en las iglesias a los sones del himno nacional completo, en sus dos partes.
Momentos en que el público permanecía inmóvil en el más absoluto silencio y respeto a las imágenes. Entonces, no se aplaudía o silbaba generalmente. Todas las personas uniformadas, excepto los carteros, hombres de la limpieza pública, conserjes de casinos y círculos y otros uniformados, tenían la obligación de saludar militarmente en actitud de firme, tanto al paso de las imágenes como al ejecutarse el himno hasta finalizar.
Los hombres, portadores mayoritariamente de boinas, gorras, sombreros y mascotas, se descubrían la cabeza dejándose apreciar la diferencia del moreno de la cara curtida por el sol con el de la cabeza cubierta por las prendas. Las mujeres solían usar pañuelos de vestir, velo o mantilla española. Generalmente, las prendas fueron de color negro, por aquello de guardar luto.
Sería allá por el año 1968 o 1969 cuando ocurrió un hecho, nunca antes visto, que los medios de comunicación no dieron cuenta de ello. Ocurrió lo siguiente:
Cuando se vivían con fervor y con gusto las recogidas de las procesiones en cualquier barrio y se disfrutaban los encuentros entre Jesús y su Madre, el pueblo acudía hasta las tantas de la noche porque conocía que disfrutaría con las recogidas. No importaba acostarse tarde.
En la última recogida de aquel año, que lógicamente correspondía a la hermandad de la Soledad, el paso del Cristo de la Redención ya se había recogido en el interior de la iglesia Mayor. Se oyen los toques de campanas avisando a los cargadores y, al tercero, comienza el mecío a las bandas y subir por la habitual rampa de madera con el acompañamiento de la marcha que llevaba a cabo la Banda de Cornetas y de Tambores de C.I.R. n.º 16, de Camposoto.
Acercándose el paso al cancel de la iglesia, suena el himno nacional y los cargadores se esfuerzan en realizar la recogida al gusto del pueblo y de los cofrades de aquellos tiempos. Era costumbre que los cargadores y mayordomos, sin entrar en el interior, permitieran acercar los pasos hacia el público. ¡Aquí sí oían aplausos de una parte del público que con fe expresaba alegría y animaba a los cargadores!
En un momento dado se oye el bombo y los platillos de la banda para finalizar el himno y la banda se calla.
Los cargadores no dejaban de mecer sin el acompañamiento musical. El público comenzó a reprender a la banda para que volviese a tocar, haciendo caso omiso el director. El paso se recogió en silencio, y en la plaza de la Iglesia se oía un inmenso griterío dirigido a los músicos.
De los gritos se pasó a los insultos y, a toque de cornetín de orden, los militares dieron media vuelta (formaban delante del Bar La Sacristía) y, a paso «cuartelero» de tambor, se refugiaron en el autobús militar que les esperaba delante del Bar Los Gallegos.
Sin saber cómo, ciertos números pertenecientes a la Policía Militar (PM) del Ejército de Tierra que acompañaban y daban protección a la banda durante el desfile procesional, se enfrentaron con las porras a un sector del público, cuando el resto de los militares ya se había marchado.
La gente se encendió ante dicha actitud y los militares dieron algún que otro “porrazo”, corriendo calle Real arriba delante de una multitud de jóvenes que les perseguían. A la altura del Bar Madrid (hoy es Bar Azabache), uno de los militares se volvió hacia los perseguidores en actitud de volver a “currar con la porra”. Pero se encontró automáticamente con un silletazo y con una de las mesas del Bar Madrid sobre su cabeza. El casco blanco del “PM” se le introdujo hasta las cejas. Sus compañeros, al intentar recogerles, recibieron toda clase de silletazos que, Galea y Domingo (camareros del Bar Madrid), como también los camareros de la Cervecería Reverte, Nueva España, San Diego y Royalty, guardaban a toda prisa mesas y sillas de las terrazas. Todo ocurrió en la acera de los pares; en la de los tramposos se encontraban los curiosos.
Los militares volvieron a correr en dirección a la Plaza del Rey, donde tenían estacionados a los viejos vehículos “Jeep” delante de lo que hoy es la terraza del Bar La Gran Vía, que también era parada de taxis.
Pero el destino quiso no acompañar a quienes recibieron golpes por todos los lados. Quizás, al ser viejos los “todoterrenos”, o por el nerviosismo de sus conductores, los “Jeep” no arrancaron y en su interior recibieron más de lo mismo. Amenazados de hacerlos volcar, saltaron y, corriendo por la calle Isaac Peral arriba, no pararon hasta llegar al Parque. Por la cuestecilla donde se ubicaban los Billares de Juan (posteriormente Anfra), los guardias municipales arroparon a los militares y el pueblo se dio por contento, retirándose.
Durante los días siguientes, las patrullas de los “PM” de Camposoto ampliaron el número de efectivos y no dejaban de recibir cierto “cachondeo” cada vez que pasaban por alguna que otra reunión. Con el tiempo todo quedó en la anécdota que vivimos entre otros, un grupo de amigos y familiares.
El Güichi de Carlos. Historias de la Isla













