Semana Santa

Cuando un hermano mayor era una autoridad

En los años 60 el orden en las filas de penitentes prácticamente era igual que hoy en día. Excepción esos pequeños que no superan los 8 o 9 años y que hoy se incorporan a las procesiones y que hacen “cantera” de cofrades. Amén del aguinaldo y soporte económico que aportan. Durante todo el año.

En “aquellos tiempos” se respetaba el no interrumpir o cruzar las filas de las procesiones. Un Hermano Mayor era toda una autoridad. Aquel ciudadano que se aventuraba a cruzar sus filas y pasar a la acera contraria, era “perseguido automáticamente por el Hermano que le observarse”. Llevado del brazo era conducido nuevamente al lugar de partida.

En ciertas ocasiones, los cofrades cazaban al intruso calle arriba y le exigía retroceder. En otras, los mismos penitentes anteponían sus cirios de gasolina imposibilitando el paso.

En cierta ocasión, uno de estos Hermanos autoritarios, retrocedió a una señora que por necesidades imperiosas -según justificó- tuvo que cruzar la fila. Evidentemente, un hermano la sujetó por el brazo y la retrocedió. Como quiera que fuera observada por el público presente, dicha Sra. sintió la vergüenza que aquel acto producía. El penitente se creció en su papel, y tuvo la mala suerte, de que cierta Autoridad civil de la Isla –muy importante por cierto-, no le agradó nada lo sucedido a su esposa y dispuso de un municipal todo el recorrido de la procesión junto al Hermano cofrade, con el objeto de que, una vez que se recogiese en su templo, acompañe al penitente hasta la comisaría de policía. Allí le estaba esperando el mismo Sr.

Ya finalizando la década de los años 70 dejó de ser respetado el no cruzar entre las filas de las procesiones.

El güichi de Carlos.