Era de ver, Verla bajar la calle, metida en medio del aquel aro, un cubo en cada mano para coger compás, ajamona, adelantando el paso y latiendo las carnes como su fuesen a derribarse, que cacho de mujer, con más manteca que una tienda, gorda, colorá.

-Adiós, mujer, que ya no conoces a nadie.

-Perdona, hija, pero es que el calor me tiene traspuesta.

A la de Jijona, le gustaban tres cosas, sentarse al fresco, tomarse media botella como el que se bebe un café y ser la primera en la cola del grifo, grifo de plazoleta, donde ella mandaba más que el que más mandarse por la Capitanía.

-Tú, no te cueles, puerca.

.Mujer, es que tengo a mi madre aboquetá.

-bueno, déjame sitio. ¿eh?

Al bueno de Coronilla, el de la farmacia, instruido que rimaba casi todos los versos en “olla” poeta callerealieño, y colaborador del “Diario”, la Jijona le hacía gracia.

-Jijona, ¿qué te pasa ahora?

-Na, mi madre, que tiene unos calambres…

El bueno de Coronilla, con el pelo jugando a las cuatro esquinas y la calva en medio, con la nariz como las chapas de Cruzcampo, si no se cruzaba un servetesio, trataba la enfermedad.

-Ponle estos supositorios, ya verás como se le quita.

.Muchas gracias, don Federico.

Don Federico, aquella tarde, estaba componiendo para la Patrona, don Federico con el baby blanco parecía rutilar con la sal en el fondo de la botica y no encontraba con que rimar “caballa”.

-Sólo me sale toalla, hoé, pero eso no caga.

Cuando se coló la Jijona, la cara como una nube de ceniza, llorosa, con los nervios apuntándole la barbilla, don Federico se asustó.

-¿Pero que te pasa, Felisa?

Mi madre, mi madre, que tiene una hemorragia.

-¿Y eso? ¿cómo?

-Los positorios esos que usted me vendió, una desgracia, oiga.

A don Federico Coronilla se le fundieron las rimas, la farmacia y todo lo que no fuese estar a ala tragedia. Quería preguntar pero no se atrevía. Sintió miedo. Desde luego zapatero a tus zapatos, mira que meterte a médico.

-Ay don Federico ella dice que es que que se corta con filo.

¡Pero qué filo, mujer, qué filo¡

Lívido y tembloroso, ensaimado de terror.

-Eso dorao que lleva.

A la Jijona, por la farmacia, le llaman la supositoria, por un poco de resentimiento y por no quitar el plástico, por meterlos a la brava y con envolturas.

Rafael Duarte.

Publicado en La Cuestión 1990. El Güichi de Carlos.

Reeditado por El Güichi de Carlos.

Diciembre 2009.