Aquellos TiemposTosantos

Mariposas a difuntos

En el mes de noviembre.

Este relato transcurre en la mitad del siglo XX, o sea, en los años cincuenta, cuando se mal vivía en todos los aspectos.

Los trabajos eran duros y mal pagados, por lo que cualquier obrero trabajando hasta diez horas diarias no tenía para llegar a fin de mes con el salario establecido, agravado en caso de ser familia numerosa, que era lo que abundaba, pues como podéis comprender, sin TV, sin dinero, sin ropa y casi sin comida, de lo único que podía disfrutar la pareja era de la cama, y así abundaban los embarazos no deseados.

Las familias numerosas como ya queda dicho, abundaban, y estos lo pasaban peor al tener que repartir el escaso salario entre más miembros de la familia, por lo que la <renta per capita>, era ridícula. Escaseaba el dinero y con ello la alimentación y la ropa, que iban heredando los más pequeños, ya verdaderamente hecha un trapo, pero eso era lo que había.

Las mujeres zurcían y zurcían sobre lo zurcido los calcetines de los niños, que carecían incluso de ropa interior, sobre todo los varones, ya que las niñas por usar trajes y faldas si la usaban desde pequeñas, aunque fuese hecha a mano. 

Fuente pública del barrio de la Pastora, vulgarmente conocidas como los <Grifos>. Fotografía Quijano

En cuanto a la higiene, esta dejaba mucho que desear, pues unido a la falta de agua corriente en las viviendas, sobre todo en los patios de vecinos, que tenían que desplazarse a las fuentes públicas y transportar en varios viajes los pesados cubos de cinc que llenaban el depósito de agua, que no era otra cosa que una gran vasija de barro cosido, más ancha por el centro que por la boca y fondo, llamada tinaja, a la que se cubría con una tapadera de madera y encima de esta un jarrillo metálico, en la mayoría de las ocasiones una lata de leche condensada a la que se había incorporado mediante estañado un asa del mismo material, que servía para beber todos los miembros de la unidad familiar. Para el lavado de ropa se usaba el agua del pozo, normalmente de mucha dureza y no apta para beber, pero que servía para el lavado. 

Recuerdo aquellos fríos de invierno, que tras haber sido depositada el agua en los lebrillos del lavado la tarde anterior a la faena, esta amanecía por la mañana hecha un taco de hielo y allí se ponían aquellas sufridas mujeres, derritiéndola como podían con algún cubo de agua caliente y haciendo la colada a mano, utilizando para ello la tabla del lavado, utensilio de madera con unos tacos redondos y unidos entre sí del mismo material, donde se restregaba la ropa sucia, impregnada previamente de jabón verde.

Palmolive, otra marca de jabón de manos o de olor, como se decía entonces.

Aquellos grandes tacos de jabón que servía casi para todo, fregado, limpiado de suelos añadiéndole sosa, incluso en la mayoría de los casos hasta para la higiene personal, pues la economía familiar no daba para la compra del jabón de tocador que los había de distintas marcas, como <Lux, Heno de Pravia, Maderas de de Oriente> etc. Una pastilla costaba cara y no se podía hacer frente a tantos gastos. Las personas medio pudientes utilizaban estos jabones olorosos y se notaba cuando se habían bañado por el olor tan agradable que emanaba de su cuerpo.

Esta faena se hacía una vez a la semana, con la misma periodicidad de los miembros de cada familia se cambiaban de ropa y se bañaban, salvo como ya ha quedado expresado, las familias pudientes que se bañaban y cambiaban de ropa casi a diario.

Todas estas labores las hacían las mujeres. Los hombres o bien estaban trabajando, que eran la mayoría, o bien aquellos otros que su jornada laboral era intensiva, por las tardes dormían la siesta o se iban a la tienda para charlar con sus amigos y de paso tomarse algunas copitas.  Las  mujeres escuchaban normalmente la novela por la radio en casa de alguna vecina que tuviese aquel primitivo instrumento, de por sí escasos, pues ni siquiera se podían permitir adquirir uno, no porque fuesen caros, sino por la escasez de sus ingresos.

A través de la radio, las personas se reunían para oír las radio novelas y las canciones dedicadas

En verano cuando las tardes eran largas, recuerdo como a la caída del sol se ponían sentadas en aquellas sillas de asiento de anea, a charlar hasta bien entrada la noche, recordando los años de guerra y de miseria que les había tocado vivir y dándole gracias a Dios, que por lo menos estaban vivas. Contando aquellos relatos, que yo escuchaba con mucha atención, sentado en el escalón de la puerta de mi casa. Había relato que dada mi corta edad no entendía, otros sí, sobre todo cuando metían alguna cosa picante o verde en la conversación, y decían que había <ropa tendida>, sabía que esta expresión quería decir que había niños escuchando y que no era conveniente hablar del tema. 


Cuando llegaba el mes de noviembre de cada año, mes que se dedicaba a los santos difuntos, desde el día 1 que era el <Día de todos los Santos>, hasta el día 30 festividad de <San Andrés>, la costumbre que había en la mayoría de los hogares de la mitad del siglo XX, era poner unas mariposas encendidas a fotografías de los difuntos de la familia. Me supongo que el significado era pedir por ellos a Dios Nuestro Señor, o también iluminar el camino que llevara a los fieles difuntos hasta Él.

La luz de las mariposas alumbraba el camino hacia el descanso eterno

Debo aclarar que las mariposas no era otra cosa que un pequeño trozo de carboncillo de forma redonda o triangular con un agujero en el centro, donde se ponía la mecha que ardía al estar en contacto con aceite en el que flotaba. Estas, o bien se hacía por los propios vecinos o se adquirían en las propias tiendas de ultramarinos, mejor confeccionadas, y no era otra cosa que una pequeña hoja de lata con tres puntas donde se clavaban tres pequeños trozos de corcho de alcornoque y en el centro un agujero donde estaba instalada la mecha. El artilugio donde se colocaban estas mariposas era un envase de vidrio o metálico que contenía agua y aceite de oliva, y este, al pesar menos se venía arriba, y al estar en contacto con la mecha encendida hacía las veces de una vela, hasta que se consumía el aceite y se apagaba. 

No había hogar en el que no se celebrara este rito, con las mariposas encendidas, ya encima de la cómoda o en la peinadora, rodeada de fotografías, algunas casi irreconocibles de seres queridos difuntos. Me supongo que en la casa de las personas que tenían un poder adquisitivo más alto, que el que conocía, en lugar de estas mariposas se pondrían velas de cera. 

También se acostumbraba a rezar el Santo Rosario en alguna casa, donde acudían los vecinos y lo hacía en comunidad, bien a diario o de vez en cuando.

Asimismo recuerdo del el día 2 de noviembre, día que la Iglesia dedica a los <Santos Difuntos>, todo el mundo iba a misa, cosa que no ocurría en la mayoría de ellos en todo el año, si bien los domingos muchas mujeres iban a la iglesia a escuchar la <Santa Misa> provistas de su velo negro, pues entonces estaba prohibido a las mujeres entrar en los templos sin este complemento. Los hombres, salvo aquellos que eran católicos practicantes, que eran los menos, no iban a misa en todo el año, con la excepción salvo esta del <Día de los difuntos>.

Se recordaban a los queridos difuntos y se contaban anécdotas y cosas curiosas de ellos, sobre todo de los padres y abuelos o tíos, que eran con los que más contacto se habían tenido. Lógicamente eran los difuntos más cercanos.

Cementerio de San Fernando. Popularmente conocido como <El 141>. Fotografía de El Güichi de Carlos año 2012.

Recuerdo como se exageraba cuando se relataba alguna cosa vivida poniéndolo como un ser extraordinario, cuando por detrás, otros vecinos decían lo contrario o que era mentira inventada por la persona afectada, y hasta cierto punto era lógico. Estas historías servían para engrandecer aquellos seres que en vida habían pasado casi sin pena ni gloria, pero que al morir adquirían una dimensión diferente y era el momento de recordarlos como algo especial, como si quisieran ver en todos ellos nada más que sus virtudes, camuflando sus defectos.

A mí, que me gustaba escuchar a las personas mayores, me deliraba cuando contaban aquellas aventuras de tíos y abuelos que había estado en la guerra de Cuba a finales del siglo XIX. Y aunque algunos habían fallecido en combate, demostraron su valor é incluso tenían alguna vieja medalla conmemorativa de aquello. Otros, por el contrario hablaban de la emigración de algún familiar a la Argentina, donde a principios del siglo XX acudía muchas personas en busca de fortuna, dado lo rico de las tierras de esta nación y lo bien mirados que estaban allí los españoles, que eran los que los habían colonizados durante siglos y les habían dado su lengua y su cultura.

Casi siempre se hablaba con exageración de que el familiar en cuestión del que no sabían nada desde hacía décadas, era inmensamente rico y en cualquier momento heredaría parte de esta fortuna. Otras aventuras se narraban de viajes extraordinarios en barco a Puerto Rico o a los Estados Unidos de Norteamérica, y en el barco casi siempre coincidían en que habían conocido a alguna mujer guapísima y riquísima que se había enamorado perdidamente de su familiar. Pero que nunca cuajaba por la oposición de la familia de la mencionada, al más puro estilo de la película del <Titanic>. Pero en el tiempo que duró, fue como un amor a los <Romeo y Julieta>.

Recuerdo una historia en que un hermano de una de las vecinas se había marchado a Cuba y estuvo en este país por lo menos quince años, y tuvo que escaparse de allí más pobre que se fue, dejando una enorme prole, pues según decía, las mujeres cubanas eran muy apasionadas, y el hermano de la vecina, demasiado calentito, eso era lo que yo escuchaba, aunque dada mi corta edad, no llegaba a comprender los términos.

El caso que el hermano en cuestión, tuvo que venirse para España y dedicarse aquí a la venta ambulante de chucherías. Era sumamente gracioso, y puedo asegurarlo porque lo conocí y muy simpático, de esas personas que caen bien. Le gustaba vestir con trajes y corbata y se perfumaba mucho, aunque también le gustaba el vino y muchas veces venía bebido, teniendo su hermana que hacer de madre, hasta desnudarlo y bañarlo para que se fuese limpio a la cama. Este hombre que vendía su mercancía no solo en San Fernando, sino que acudía a los pueblos limítrofes y era muy conocido porque vendría unos deliciosos merengues que él mismo confeccionaba y cuya receta la había aprendido en Cuba, tuvo un desliz en El Puerto de Santa María con una mujer que parecía un poco retrasada, a la cual le hizo un barriga y de ésta nació un niño muy hermoso, que le puso incluso su nombre y le dio su apellido, pero que luego se olvidó de él.

Castillo de San Marcos, en la bonita ciudad  de El Puerto de Santa María. Fotografía Mata 

Y recuerdo como si fuese ayer, la aparición en el patio de mi casa de la citada señora portando a la criatura y pidiendo a la hermana del ya citado, que le socorriera. Pues no tenía por donde tirar, incluso le habían tenido los vecinos de ella en su pueblo que pagarle el billete del tren para poder desplazarse. La mujer de mediana edad, se veía limpia y la criatura también, pero las huellas de estar pasando necesidades eran evidentes, tanto es así, que confesó allí delante de todos los vecinos, que no tenía ni ropa interior, por los que inmediatamente entró escasa de su cuñada y fue provista de ropa, ya que así no podía ir por el mundo. Fue auxiliada en forma de alimentos y algún dinero, y se quedó en hablar con el padre de la criatura para ver qué solución le daría al problema, pero lo curioso es que después de esta visita ya no la volvimos a ver más, se perdió su rastro, para nosotros que incluso le empezamos a coger cariño.  

Cuando le plantearon al citado el problema del niño, dijo que sí, que era verdad que había estado con la señora en cuestión y que el niño era suyo, y que por este motivo le había dado su apellido, pero que él había tendido esta aventura dejándole claro a ella que no podía casarse por constar su matrimonio en Cuba, y que tampoco ganaba como para mantenerla ni a ella ni al niño, y que, pese a todo ello, ella accedió a tener aquel romance con él, por haberse enamorado perdidamente y no mirar las consecuencias de este amor.

Este hombre, lo mismo que un día apareció por el patio, desapreció de la misma manera, y se hablaba entre los vecinos que se había ido a Cádiz a vivir con una antigua novia que dejó aquí antes de emprender su aventura cubana, pero que de él tampoco supimos más, creo que sus propias hermanas tampoco supieron nada de él, y lo echamos de menos dado que era muy querido por la vecindad y porque a pesar de todo lo veían muy desgraciado.

Lo mismo que el día 2 de noviembre casi todo el mundo iba a las distintas misas que se celebraban tanto en la iglesia Mayor como en la Pastora, el día 30 que correspondía a la festividad e <San Andrés>, se ponían todas las mariposas disponibles despidiendo a los fieles difuntos familiares para el año siguiente. Recuerdo que los más viejos siempre insinuaban que para el próximo año, ellos estarían presentes en fotografías alumbradas por aquellas humildes mariposas, en el supuesto que no subieran o bajaran la cuesta de enero, que era el mes en que más personas se morían, sobre todo, los más ancianos, por aquello de la escasez de alimentos y del frío tan intenso de los inviernos de aquella década. 

Mariposas que se encendían el día de los difuntos
Las mariposas se compraban en la tienda de ultramarinos del barrio y en los bazares o refinos. Foto de internet.

En el barrio de la Pastora, que era donde estaba ubicado mi patio, era raro el día que no había uno o dos entierros y casi siempre correspondían a personas mayores, sobre todo más hombres que mujeres. Las gentes del barrio vestían de luto riguroso con ropaje negro y las mujeres de ponían medias y velo negro que les duraba por lo menos de uno a dos años, dependiendo del grado del parentesco con el fallecido, pero que era verídico lo de la subida de la tasa de mortandad en el mes de enero, y de la cantidad ∫de personas enlutadas.

Todavía recuerdo como en las conversaciones que tenían sobre todo las personas mayores, como ese decían quién pasaba el próximo enero la subida o bajada de la cuesta, que se correspondía con el periodo del 1 al 15 y del 16 al 31 respectivamente. Ya en febrero los supervivientes respiraban, parecía como si les hubiesen concedido un año de prórroga de vida, y como ya se veían los días más largos y los brotes verdes de los árboles anunciado la aparición inminente de la primavera. 

Miguel Gutiérrez Boada para El Güichi de Carlos. Octubre 2018