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batalla de la poza de santa Isabel Real Isla de León

Combate de la Poza Santa Isabel. Primera derrota francesa

en Cuando España fue una Isla, Militares en la Isla

Tras la muerte de Solano, fue nombrado Capitán General D. Tomás de Morla, a quién la Junta de Sevilla puso cerca al mariscal de campo D. Eusebio de Herrera, miembro de la misma, para que procediese de acuerdo con él en todo. Es decir, la suprema autoridad quedaba encarnada, de hecho, en el citado D. Eusebio Herrera.

La escuadra española continuó aprestándose para el ataque, mientras que por tierra se hacían preparativos en los castillos del interior de la Bahía, reforzando sus baterías y guarniciones. El día 30 se celebró en Cádiz una nueva Junta de generales, asistiendo tres de la Armada (Moreno, Ruiz de Apodaca y otro, cuyo nombre no se aporta). En ella se acordó separar los buques españoles de la escuadra francesa, movimiento que se ejecutó al día siguiente, quedando ya desde entonces, ambas escuadras, como enemigas y a pesar de no haberse roto aún las hostilidades. Respecto al inicio del ataque, no se consideró que el general Morla tuviese suficiente autoridad para ordenarlo. Se solicitó permiso a la Junta Suprema de Sevilla, salvando con ello su responsabilidad.

La escuadra inglesa mandada por lord Collingwood, que bloqueaba el puerto, se ofreció para entrar a combatir contra los franceses. El general Morla no aceptó el ofrecimiento ante el temor de que los ingleses, una vez dentro de la bahía, se apoderasen de los castillos e hiciesen de Cádiz un nuevo Gibraltar.

Juan J. Moreno. As de Guía. Ceddo a www.elguichidecarlos.com

El jefe de la escuadra, Moreno, encargado de preparar el ataque, hizo verdaderos prodigios dada la penuria económica y de pertrechos existente. Contó con la ayuda de Ruiz de Apodaca en esta labor. Preparó dos de los navíos desarmados en el Arsenal para batir desde esta parte a los enemigos. Pidió auxilio de seis cables a la escuadra de Apodaca, por no existir amarras de esta clase ni calabrote alguno en La Carraca. Al mismo tiempo, se instalaron nuevas batería y reforzaron las existentes en La Cantera, Trocadero y Puntales.

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Observando el almirante Rosily todos los preparativos que se venían efectuando, comprendió lo difícil de la situación, pero confiaba en la pronta llegada a Cádiz de los ejércitos de Napoleón. Determinó alargar lo más posible la ruptura y, cuando ésta ya fuese inevitable, iniciar negociaciones para ganar tiempo con toda clase de pretextos. Aprovechando un día de viento de poniente, decidió también separarse de los castillos de Puntales y Matagorda que le amenazaban muy de cerca. Cambió de fondeadero internándose en el canal de La Carraca y colocando sus navíos de tal guisa que amenazaban al propio Arsenal con sus cañones. Al mismo tiempo, comenzó a interceptar cuantas embarcaciones se dirigían con suministros para la escuadra española

Fue necesario modificar el plan establecido, cambiando las baterías terrestres a la parte de la costa que corre desde La Carraca a Fadricas por la Casería de Ocio. Por otra parte, y visto el poco espacio disponible para maniobrar con los navíos se decidió utilizar en el ataque solamente fuerzas sutiles de cañoneras y bombarderas. Esta determinación de Moreno fue enérgicamente combatida por el Comandante general de la Escuadra, que deseaba entrar en combate con sus buques y que veía en tal medida una ofensa para sus tripulaciones. La organización y dotación de las fuerzas sutiles fue encomendada a Ruiz de Apodaca, quién rápidamente consiguió armar doce bombarderas y veinticinco cañoneras.

Autor: As de Guía Cedido a www.elguichidecarlos.com

Por la parte del Arsenal, también se prepararon embarcaciones de esta clase, formando un total de tres divisiones de 15 cañoneras cada una, mandadas por los Brigadieres D. José Quevedo, D. Miguel Gastón y el Capitán de Navío D. José Rodríguez de Rivera. Estas medidas se completaron cerrando la salida de la bahía con una fuerte cadena (probablemente, entre los castillos de Matagorda y Puntales).

Cuidó Moreno de todos los detalles, dictando las correspondientes instrucciones para el ataque. En ellas determinaba que las cañoneras debían colocarse en primera línea a tiro de cañón. Después, las bombarderas fuera del tiro de cañón enemigo y, tras ellas, los botes de auxilio con la tropa y las embarcaciones menores que hubiesen de conducir pertrechos, arpeos para sacar los buques incendiados y bombas para apagar los incendios. Asimismo, determinó las señales a utilizar para la debida inteligencia entre navíos, cañoneras, castillos y mandos.

El jefe de la escuadra, Moreno, desde su falúa, dirigiría el ataque, que se realizaría simultáneamente por las bombarderas y cañoneras desde el Arsenal y la bahía. Éstas últimas serían apoyadas por los navíos “Príncipe de Asturias” y “Terrible”. El general Morla, como autoridad superior, mantendría las negociaciones con Rosily, ordenando abrir o cesar fuego desde su puesto de mando, establecido en la Torre Vigía de Cádiz, hoy conocida como Torre Tavira.

Comienzo del la batalla de la Poza Santa Isabel

Terminados todos estos preparativos y autorizado el ataque por la Junta de Sevilla, el general Morla inquirió la rendición al almirante Rosily en la mañana del 9 de junio, a cuyo escrito contestó Rosily negativamente. El ataque de las fuerzas navales comenzó de forma simultánea a la apertura de fuego de las baterías de tierra. Los buques franceses se encontraban acoderados en el caño, presentando sus costados a la bahía y completamente dispuestos para el combate, con sus cubiertas y costados revestidos de cables y calabrotes como protección.

La lucha fue dura en ese día. Las fuerzas navales atacaron durante cinco horas sin poder vencer la enérgica resistencia que ofreció la escuadra francesa. A eso de las nueve, llegada la noche, cesó el combate por ambas partes. En el curso del mismo, fueron inutilizadas siete de nuestras bombarderas, dos de las cuales resultaron hundidas. En cuando a las baterías de tierra, varias de ellas experimentaron daños, especialmente una de morteros instalada en la Punta de las Canteras, que incomodaba mucho a la escuadra enemiga. Por eso, el navío “Algeciras” le dirigió sus fuegos, desmontándola. Los buques franceses sufrieron daños de importancia en sus cascos y arboladuras, así como 13 muertos y 51 heridos. Por nuestra parte hubo un total de 8 muertos y 26 heridos. De ellos, 4 muertos y 5 heridos pertenecientes a las fuerzas de flote.

El día 10 de Junio el combate continuó al rayar el día, aunque con menos energía por ambas partes. A media mañana, el buque francés “Le Herós” izó la bandera española en el palo mayor como señal de parlamento. Con gran satisfacción, Morla, Moreno y Apodaca dieron órdenes para suspender el fuego. La pólvora escaseaba ya en los navíos y baterías españoles.

A la intimación hecha a Rosily para que se rindiera sin condiciones contestó con dos cartas seguidas. En la primera, se negaba abiertamente a la rendición declarando que estaba decidido a seguir defendiéndose (es posible que esta carta fuese enviada por la mañana, antes de romperse el fuego). En la segunda, proponía que se le permitiese salir de Cádiz con su escuadra, bajo la promesa formal de no ser atacado ni perseguido por la escuadra inglesa de lord Collingwood. Semejante propuesta era inadmisible, por lo que Morla insistió en que lo destruiría si no aceptaba la rendición.

Contestó de nuevo Rosily el día 11 de Junio. Insistió en que se le permitiese abandonar Cádiz, agregando a esta proposición otra no menos absurda: la de desembargar de los buques el armamento y arriar la bandera francesa, pero continuando las tripulaciones a bordo, así como su almirante y sus comandantes con el mando efectivo de los buques. Esta oferta era tan inaceptable como las anteriores y solo expresaba la intención de Rosily de alargar las negociaciones, demorando todo lo posible la reanudación de los combates, con la esperanza de recibir a tiempo socorro por tierra del ejército francés operante en la Península.

El general Morla comprendía los propósitos del almirante Rosily, pero no podía iniciar el ataque por carecer de pólvora, cuyas existencias se habían consumido, casi en su totalidad, durante el combate del día 9, tenía que recurrir a la astucia para vencer al inteligente Rosily. Por ello, le contestó aparentando atender a sus proposiciones, las cuales tenía que consultar con la Junta de Sevilla y con el almirante británico, aunque conocía, a ciencia cierta, que Sevilla las denegaría. Su intención también era ganar tiempo para reunir elementos que le consistieran fortalecer el ataque.

La tregua fue aprovechada por el jefe de escuadra Moreno para instalar algunas nuevas baterías simuladas y para hacer venir de Málaga una división de 10 cañoneras, al mando del capitán de navío D. Francisco Mourelle, que pasaron a incrementar las fuerzas sutiles. Por la parte de La Carraca, se alistó el navío “Argonauta” en disposición de atacar a la escuadra francesa; y en la Casería de Ocio se instaló una batería de 30 cañones de a 36. Se montó el ataque con un lujo aparente de elementos y fuerza, sin que el almirante Rosily pudiera apreciar la verdadera debilidad material de los elementos a los que se iba a enfrentar.

Combate Santa Isabel
Autor: As de Guía Cedido a www.elguichidecarlos.com
Combate Santa Isabel
Autor: As de Guía Cedido a www.elguichidecarlos.com
Combate Santa Isabel
Autor: As de Guía Cedido a www.elguichidecarlos.com
Combate Santa Isabel
Autor: As de Guía Cedido a www.elguichidecarlos.com

Ante el temor de que los franceses dieran un golpe de mano contra el Arsenal y, aprovechando un viento favorable, fueron hundidos en el caño el navío “Miño” y la urca “Librada”, de forma que obstruyesen totalmente el acceso al Arsenal.

Amanecía el 14 de Mayo, habiendo denegado la Junta de Sevilla la petición de Rosily. Se envió a éste la última intimación para que se rindiera. Se le exigió la rendición sin más condiciones que el respeto a la vida y los efectos personales de las tripulaciones. El almirante Rosily no estaba en condiciones de afrontar un combate favorable, tal y como estaba, embotellado en un caño estrecho y rodeado de cañoneras y baterías (que suponía poderosas y en condiciones de disparar prolongadamente). El francés reunió a sus comandantes y acordó arriar la bandera y entregar la escuadra. No podía hacer otra cosa.
Acto seguido, el general Morla hizo publicar una proclama que decía:

“Gaditanos: la escuadra francesa, al mando del almirante Rosily, acaba de rendirse a discreción confiada en la humanidad y generosidad del pueblo español. Cádiz 14 de Junio de 1808.- Morla.”

Las cifras de prisioneros y el botín fueron considerables, pues la escuadra estaba lista y pertrecha para hacerse a la mar. Se hicieron 3676 prisioneros y se capturaron:

– 442 cañones de a 36 y a 24
– 1651 quintales de pólvora
– 1429 fusiles
– 1069 bayonetas
– 80 esmeriles
– 50 carabinas
– 5054 pistolas
– 1096 sables
– 425 chuzos
– 101568 balas de fusil

Además, los cargos casi completos de municiones de cañón. En cuanto a víveres, tenían los buques para cinco meses (los navíos españoles carecían de lo más preciso). La bandera del navío “Le Herós”, insignia de Rosily, se conserva hoy en el Museo Naval de Madrid como preciado trofeo de aquella acción.

Se hizo cargo de los buques rendidos el Comandante General de la Escuadra, D. Juan Ruiz de Apodaca, quien nombró Comandantes de los navíos y fragatas franceses a los segundos comandantes de los navíos españoles. Determinación que aprobó Eusebio Herrera, vocal de la Suprema Junta de Sevilla. Es en este escrito a que nos referimos, donde los buques franceses incorporados a la Armada española y con sus nombres traducidos al castellano, aparecen por primera vez, excepto el llamado “Argonaute” al que se nombra “Vencedor” en adelante, para diferenciarlo del navío español “Argonauta” surto en La Carraca.

Los prisioneros franceses de marinería y tropa fueron recluidos en La Carraca y a bordo de los navíos españoles “Terrible” y “San Leandro”. Más adelante se consideró poco conveniente su permanencia en estos buques y fueron trasladados a los navíos desarmados “Castilla” y “Argonauta”, los cuales, como pontones, fueron amarrados a los muertos existentes en la bahía. Los oficiales, la plana mayor y el almirante Rosily fueron autorizados a permanecer en sus respectivos buques. La permanencia en los buques de los prisioneros resultaba enojosa y exigía mucha vigilancia.

Terminado el apresamiento de la escuadra francesa, se ordenó el desembarco de la pólvora de estos buques pues, existiendo prisioneros a bordo, resultaba peligroso mantenerla allí. Por otra parte, estando escaso de víveres el Departamento y la Escuadra, se dispuso se llevasen a tierra. Los escritos de ese tiempo, muestran la absoluta falta de medios con que contaba la escuadra para el desembarco de estos efectos. Además, dejan ver la circunstancia de que las existencias de víveres fuesen escandalosamente escamoteadas durante el traslado, según se queja el Comandante General del Departamento al de la Escuadra, ordenándole que tome medidas más severas para impedir tales hechos.

La captura de la escuadra de Rosily tuvo gran trascendencia en toda España, por lo que la Junta Suprema de Sevilla decidió conceder recompensas a los que habían intervenido en ella. Pero no hubo tacto en la forma de hacerlo ni en la medida. Aunque el combate fue glorioso, no fue tan cruento o difícil. A los oficiales de la marina y el ejército se les concedió el grado inmediato, pero con una ligereza tal en la concesión, que resultaron favorecidos individuos que no habían tomado parte en la acción. A los generales D. Tomás de Morla y D. Juan Joaquín Moreno les fue otorgado el uso de la Banda roja que usaban los vocales de la Junta Suprema de Sevilla. Para conmemorar el hecho, se creó una medalla, de la cual, aún se conservan algunos ejemplares. Era de bronce y forma ovalada, llevando en el anverso una corona triunfal de la que pende un águila imperial invertida y dos sables cruzados. Alrededor figura la inscripción:


 

 

“Por la rendición de la escuadra francesa” 

Y al reverso esta otra:

“9 de Junio de 1808”


Creada por la Suprema Junta de Sevilla por orden de 23 de Agosto de 1808, se usaba pendiente de una cinta con los colores nacionales en tres listas de igual anchura.

En su carta de rendición, el almirante Rosily solicitaba de Morla permiso para enviar un oficial al Emperador, dándole cuenta de lo ocurrido. La petición fue denegada por la Junta de Sevilla. Insistió Rosily con una carta que contestó Morla duramente, aunque no por ello dejó de apoyar la petición cerca de la Junta de Sevilla. Ésta decidió en última hora que fuese el propio Rosily el que comunicase al Emperador los hechos, siempre que diese su palabra de honor de no combatir contra los españoles en tanto no fuese canjeado. Aceptó Rosily y, acompañado de varios de sus oficiales, abandonó Cádiz –tras concederle Lord Collingwood un salvoconducto. Antes de dejar Cádiz, el almirante Rosily se despidió del general Morla y le rogó que se encargase del cuidado de sus dotaciones prisioneras. Estos prisioneros sufrieron un cautiverio que envilece los anales de cualquier historia. Se les prometió repatriación y la mayor parte sucumbiría en el destierro de la isla de Cabrera. Pero no todo sería culpa española, sino de los puñeteros intereses ingleses, que se anteponían a cualquier acción humanitaria contraria a su estrategia. Ellos no habían prometido nada.

BIBLIOGRAFÍA.
Adolfo de Castro.- Historia de Cádiz y su provincia.
Adolfo de Castro.- Cádiz en la Guerra de la Independencia.
Modesto Lafuente.- Historia general de España.
Conde de Toreno.- Historia del alzamiento, guerra y revolución de España.
Juan de Mariana.- Historia general de España.
Enrique Barbudo Duarte—La rendición de las escuadra francesa del almirante Rosily.

Autoría del artículo; Asociación AS de Guía.

Tags: 1810

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