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El temporal del 6 de marzo de 1810 sobre Cádiz

en Cuando España fue una Isla, Militares en la Isla

Temporal de Cádiz en plena guerra de la independencia

Sucedió que el día 6 de Marzo de 1810, en pleno carnaval, se desató sobre nuestra provincia un temporal del SSW de los llamados de desecho, superando en violencia, aunque no en duración, al que siguió al combate de Trafalgar.

Los navíos Purísima Concepción, S. Ramón y Montañés y la fragata, Nuestra Señora de la Paz, que se hallaban fondeados en la boca del puerto al abrigo de la artillería enemiga, rompieron sus cables y fueron a encallar unos en las costas del Puerto de Santa María, otros en las de Puerto Real. Se salvaron los que pudieron y con lo que pudieron por el auxilio de las cañoneras, las lanchas y los botes de la marina británica; todo esto bajo un intenso fuego enemigo.

El temporal de Cádiz 1810
1788 Cádiz Cedido por As de GUIA a www.elguichidecarlos.com

Los buques fueron incendiados: unos por los mismos españoles que los abandonaban, otros por los franceses para impedir que los recuperasen nuestras fuerzas, ya que a ellos les era imposible armarlos.

Un navío de guerra portugués, un bergantín inglés y veinte buques mercantes se perdieron en este día.

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A la trágica situación de las tripulaciones de los buques varados, había naturalmente de agravarse por la presencia de los enemigos dueños de aquella porción de costa, cuyo trato, como se suponía, no fue el más humanitario; al salvamento de aquellos infelices náufragos, hostigados por la artillería francesa, así como al del material de guerra portátil se dedicó toda la atención, todo el cuidado y todo el arrojo de que los españoles han dado sobradas pruebas a lo largo de la Historia.

El General español, al servicio de José I, D. José Justo Salcedo daba cuenta el 9 de Marzo del temporal, de los naufragios y de que las fuerzas de nuestra escuadra, acercándose en lanchas a pesar del fuego que se les hacía desde la orilla, empezaban los trabajos de salvamento protegiendo a las tripulaciones para evitar cayeran prisioneras, cuyos jefes rechazaron el día anterior las intimaciones que para rendirse les hicieron. ¡Muestra elocuente de firmeza y disciplina dada en el mayor de los riesgos: de un lado el temporal y los buques destrozándose, de otro las balas enemigas!

Juan Maria Villavicencio. Cedido por AS de GUIA a www.elguichidecarlos.com

No se veía posibilidad alguna de reflotar los buques de la varada y en ello convinieron Villavicencio y el Almirante Purvis en detenida conferencia que tuvieron; el Concepción que era el navío que había quedado más hacia tierra, tenía la bodega llena de agua y con una carga muy pesada de hierro que había conducido desde Ferrol. Nuestros aliados tampoco podían prestarnos auxilios eficaces, toda vez que también perdieron durante el temporal bastantes cables, muchas embarcaciones menores y se les ahogó alguna gente.

Hubo pues que mandar pegar fuego al Montañés en cuanto la marea permitiera llegar a él, fondeándose en tanto lo más cerca posible de los buques dos cañoneras y algunos faluchos para sacar cuanto se pudiera en el momento oportuno.

Estos trabajos no posaron inadvertidos para la Regencia que manifestó su satisfacción por la eficacia, actividad e inteligencia del Almirante y sus subordinados, así como el acierto en las medidas tomadas.

Al fin lograron los enemigos con sus balas rojas incendiar algunos buques, siendo el primero que ardió un navío de guerra portugués y al día siguiente la fragata Paz. No siendo ya posible en esta fecha proseguir los trabajos en el Montañés se le abandonó incendiándolo.

Dos días más tarde, también por el fuego enemigo, fueron pasto de las llamas el San Ramón y el Concepción, a pesar de que nuestra gente se mantuviera en este último hasta las tres de la madrugada, logrando sacar toda la pólvora; el primero que tenía azogue sobre cubierta, con el viento fresco que reinaba ardió en breve tiempo.

No sería justo pasar por alto la generosa oferta de nuestros vecinos y aliados los portugueses, ya que el Embajador de su nación y el Comandante del navío náufrago ofrecieron toda la tripulación de éste para dotar uno de nuestros buques.

Tales fueron las consecuencias lamentables de aquel duro temporal que además de privar a nuestra débil escuadra de tres buques de los mejores, le hizo experimentar la pérdida de artillería, pertrechos y municiones, en cantidades notables para tan críticas circunstancias.

De los náufragos, recogieron los franceses doscientos españoles que quedaron prisioneros. En la fragata Paz murió don Rodrigo Riquelme, preso en ella, y cuyo delito era haber pertenecido a la Junta Central. Los navíos Castilla y Argonauta también fueron devorados por las llamas; en este último perecieron abrasados algunos prisioneros franceses que aun permanecían en él.

Iganacio de Alava. Cedido por AS de GUIA a www.elguichidecarlos.com

El día 8 pasaba el almirante asidonense don Juan María de Villavicencio, que había relevado a Álava en el mando de la escuadra, el siguiente informe a la Regencia sobre el terrible temporal:

Excmo. Sr. —Los navíos Concepción, Montañés y el San Ramón, que anochecieron varados y picados los palos, así mismo que el portugués, han amanecido en la propia disposición y situación. La fragata Paz, a quien al anochecer de ayer abordó el navío Baluarte inglés, por haberle a éste faltado un cable, se ha metido más adentro y al abrigo, aunque me parece sin jardines. El navío Miño ha amanecido sin bauprés; la Mercurio varada desde ayer, y el paquebote Casilda parece le falta un palo: la cerrazón no permite ver bien cuantos son los buques varados desde el Puerto de Santa María a la Cabezuela. La noche ha sido tan dura como el día; la mar me parece empieza a ceder si no me engaña la marea baja. Los Ayudantes han estado con los prácticos toda la noche en los dos muelles para aprovechar el primer momento favorable, que no ha llegado, y yo no he encontrado oportuno exponer gente y buques menores, que tanta falta nos hacen a una diligencia infructuosa y riesgo casi seguro. Este es el estado actual visible de la escuadra: las averías menores de tanta monta para su estado aun las ignoro, siendo esto cuanto por ahora puedo decir a V. E. para noticia de S. M. sobre el parte que le di ayer y de que no he tenido contestación. —Dios guarde a V, E. muchos años. —Cádiz 8 de Marzo de 1810. — E. S. —Juan Villavicencio. —E. S. Marqués de las Hormazas.

A consecuencia del recio temporal el mejor fondeadero de la bahía se hallaba inutilizado, por un buen número de anclas de aquellos buques a los que faltaron los cables, obligando al resto de los navíos de la flota a fondear en poca agua y las fatigadas tripulaciones de nuestra escuadra, sin los elementos más indispensables, quedaban obligadas a proseguir los duros trabajos que de continuo venían soportando y, para colmo, el mal tiempo no amainaba. Se lamentaba Villavicencio de tan escasos medios al Gobierno y decía era imprescindible se facilitaran los precisos o nombrara a quien, con más méritos que él, pudiera hacer frente a la situación con los mismos.

El Almirante inglés solicitaba se atendiese a limpiar la bahía por la poca seguridad que había para sus buques, y pedía también movieran los pontones que habían quedado mezclados con los navíos de la escuadra de su mando; de suerte que todo eran necesidades y grandes los apuros para salir de ellas. No por esto habían de desatender los mil servicios que exigía el bloqueo y así, sin descanso, las complicaciones surgían y los trabajos se multiplicaban.

Contestaba a las reclamaciones del inglés el General Villavicencio con habilidad extremada, exponiendo lo sensible que le era no tener más medios para complacer con diligencia sus peticiones, ya que los apuraba todos, incluso el de gratificar con una onza de oro de su bolsillo particular al que suspendiese un ancla, dando así mayor estímulo a los trabajos; pero a la vez, hacía notar a Purvis que él era testigo de los malos tiempos, del estado de los navíos que mandaba y de los tristes sucesos acaecidos que lo empeoraban todo; lamentando que tan extremas circunstancias no le permitieran proporcionar mejor fondeadero a los buques de una nación amiga y aliada.

Y como a perro flaco todo se le vuelven pulgas, gentes de mal vivir, ladrones o mal intencionados, robaban de noche las boyas y orinques que señalaban las anclas, por lo que había que rastrearlas y se pasaban los días sin encontrar una.

Tampoco sería descaminado pensar que en tales hechos estuviese, a veces, mezclada alguna gente de las tripulaciones de los buques de guerra extranjeros, sin conocimiento de sus jefes por supuesto, siendo difícil la situación para el Almirante español, que se lamentaba por ello a la Regencia, teniendo que disimular el efecto que había de producirle cuanto veían sus ojos.

En medio de las exigencias y los apremios, Purvis ofrecía al Gobierno de la nación marinería para facilitar el armamento de los navíos españoles, a lo que Villavicencio dio largas diciendo avisaría de cuanto necesitara, al par que manifestaba al Gobierno lo poco conveniente del auxilio por la falta de comprensión del idioma, que dificultaba todas las faenas.

Pero no escaseaba el ánimo de los defensores en medio de tantas desgracias, porque durante el resto del mes no cesaron de hostilizar al enemigo, ni de poner en práctica cuantas medidas se encaminaban a la resistencia; entre estas la de inutilizar por medio de estacas los caños que de la parte de Chiclana desembocaban en el Santi Petri.

BIBLIOGRAFÍA.
Adolfo de Castro. Historia de Cádiz y su provincia. (716)
Federico Obanos Alcalá del Olmo. La Marina en el bloqueo de la Isla de León. (86)
Antonio Alcalá Galiano. Recuerdos de un anciano.

As de Guía.
Para El Güichi de Carlos.
Septiembre 2010.

Tags: 1810Guerra de la IndependenciaNavíos

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