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crónicas carnavalescas. | la década de los cincuenta  

los caballeros de la noche

Fue una mañana de un Lunes de piñata en Febrero de 1.980. El cielo estaba encapotado y amenazaba lluvia, pero por suerte para aquellos coros y para quienes los escuchábamos, San Pedro fue benévolo y decidió mantener el grifo cerrado. No obstante mi amigo Nono Fopiani y yo, nos mantuvimos cerca de la puerta del Merodio por si había que buscar refugio. Por aquel entonces el carrusel en la plaza del mercado no gozaba de la masiva afluencia de aficionados que hoy concurre, y sin agobios ni alborotos, pudimos disfrutar del espectáculo. Ocurrió, que al pasar el primer premio de aquel año –Los pequeños cantores del Viena-, me preguntó Nono ¿Cuánto tiempo hace que no sale un coro de La Isla? No lo se con exactitud, pero bastante –le contesté-. Entre tango y tango seguimos hablando del tema y casi sin darnos cuenta, aquella pregunta se hizo ilusión. ¿Podríamos sacar nosotros uno? La incipiente ilusión fue tomando cuerpo y ya después, camino de San Fernando, se transformó en consistente proyecto. ¡Vamos a sacarlo! Al llegar a La Isla se lo expusimos a otros amigos, y después de un breve debate nos lanzamos a la aventura. Así nacieron Los caballeros de la noche y esto es todo lo aconteció después.

Montamos el cuartel general en La Primera de la Isla, y desde allí empezamos a organizar el tinglado. Sin prisas pero sin pausas nos pusimos en funcionamiento. En un principio habíamos pensado hablar con Pepe “Requeté” para que se encargara de la dirección del coro, pero nos llegaron noticias de que no andaba bien de salud y entonces Agustín Collado se lo propuso al Quini, quien tras imponer ciertas condiciones aceptó. Con él vinieron El corneta, Francisco Fernández de la Puente, Paco Mora, su hijo Manolo y Federico Gavilán, reconocidos coristas, que por aquel entonces formaban parte de la agrupación Raíces, con la que el Quini había organizado una antología para rescatar tangos antiguos, y que aportaron al bisoño grupo su experiencia. Con la incorporación de Paco Mora además, quedaba también cubierta la realización de la música. Ya solo faltaba el letrista. Los pocos que había en aquellos años estaban comprometidos con otras agrupaciones y no resultó nada fácil encontrarlo. Gracias a la intervención de Pepe Cordero, pudimos incorporar a Salvador Lucas, que ese mismo año hizo el repertorio de la comparsa Claveles de Conil, pero que aun así se decidió a colaborar.

A partir de ahí nos dedicamos a reclutar gente. Con anuncios en El mirador de San Fernando y visitas a veteranos coristas, pudimos reunir un grupo de algo más de veinte personas, que para empezar fueron suficientes.
La primera reunión se hizo a finales de Septiembre en un bar-ultramarinos que regentaba un primo de Pepe Cordero en la calle Ruiz Marcet esquina con Bazán, donde el Quini, hizo una prueba a los aspirantes quedando satisfecho con el resultado y fijándose la primera semana de Octubre como inicio de los ensayos. Estos comenzaron en un almacén que mis hermanos nos cedieron en la calle Cayetano del Toro, junto a la desaparecida fábrica de gaseosas De Celis. Allí terminó de completarse la agrupación, pasando posteriormente a ensayar a un local más amplio -aun en obras- en la calle San Bruno, junto a la farmacia del Callejón de los palos.




El primer problema surgió con el nombre del grupo. Los organizadores queríamos un título que hiciera alusión al renacer del coro en San Fernando tras quince años de ausencia, pero tuvimos que ceder ante la insistencia del director, que propuso Los caballeros de la noche, en recuerdo según él, del desaparecido corista gaditano Toribio. Con esta decisión surgió el segundo problema, porque un caballero de finales del siglo XIX tenía que ir vestido con capa y esto encarecía el presupuesto. Después de hacer muchos números y respaldados por Ramón Moreno –director de la Caja de ahorros de Ronda- se le encargó el paño a Vicente Mira Márquez y la confección del tipo a la sastrería Alfonso en la calle Sequero Glorieta. Más tarde, el tal Moreno tomó las de Villadiego dejándonos endeudados y sin el apoyo económico que nos había ofrecido. Pero ya no había posibilidad de marcha atrás. Los compromisos de pago estaban adquiridos y la única forma de salir adelante era buscar otra fuente de financiación. Por otro lado los ensayos iban viento en popa y la gente estaba demasiado ilusionada como para detener la máquina. Contábamos con las subvenciones municipales y un hipotético ingreso en función de un premio en el concurso del Gran Teatro Falla, cosa por otro lado bastante improbable dada la inexperiencia del coro. En todo caso cualquiera de ellos no se cobraría hasta que pasaran los carnavales y mientras tanto hacía falta dinero. Recurrimos al comercio, y a un talonario de lotería que los organizadores vendimos. Con esos ingresos, pudimos ir haciendo frente a los gastos que se originan durante los ensayos y el resto tendría que esperar al resultado final ¡A ver como acaba todo! -nos decíamos-. Como es natural, nada de esto se le dijo a los componentes para no crear incertidumbre. Las noches en el local de ensayos eran como una gran caja de sorpresas. Por un lado la expectación que había levantado el coro después de dieciséis años de sequía corista en La Isla, y por otro la popularidad del Quini, hacían que no faltara un día donde no recibiéramos la visita de todo tipo de aficionados y curiosos que no querían perderse la oportunidad de ver el espectáculo que suponía Joaquín Fernández Garaboa dirigiendo al coro. Y la verdad es que no les faltaba razón. De verdad que el Quini era un show. Gestos, muecas, aspavientos, giros a derecha e izquierda y el clásico grito de triunfo, abierto de piernas y con los brazos en jarras, cuando se terminaba de cantar un tango a su gusto: ju,ju,ju,ju. –decía con la boca torcida apuntillando con un ¡olé!

De todas esas visitas, siempre recordaré una con especial ternura. Fue la noche que vino a escucharnos el hermano del difunto Antonio Mainé. El popular locutor había fallecido unos meses antes y Salvador Lucas escribió un tango en su memoria. El ambiente podía cortarse por la emoción contenida mientras el coro lo cantaba, y al final un estallido impresionante cargado de sentimientos hizo que a más de uno, entre los que me encuentro, se nos saltasen las lágrimas.

Después de casi cinco meses de ensayos y de otras muchas vicisitudes que no cuento por falta de espacio, todo el trabajo realizado, por segunda vez se vio en peligro de muerte.

Ese año de 1.981 fue el primero en el que los coros cantaban dentro de la misma categoría. Es decir, se terminó con la distinción de agrupaciones locales y provinciales. Aunque hasta el año siguiente no lo harían el resto de las modalidades. Para ello se celebraron previamente una serie de reuniones en el ayuntamiento de Cádiz con el entonces concejal de Fiestas Sr. Mena y el delegado Miguel Villanueva. Pepín Cordero acudió a todas ellas en representación de Los Caballeros de la Noche y firmó el acta de conformidad con el acuerdo. Para celebrar el acontecimiento los directores organizaron un acto de convivencia en el colegio Valcárcel, donde en un gran ensayo general, todos los coros interpretaríamos parte de los repertorios.




Los Caballeros de la Noche 1982 Organizadores: Agustín Collado Miranda;José Antonio Fopiani Caballero; José Luís Cordero Collantes; Francisco Rodríguez Marín y Francisco Fernández Frías, quién ha cedido el artículo y fotografía.

Cuando se le propuso esta iniciativa al Quini, este se opuso rotundamente y sentenció -¡El coro solo cantará donde yo diga, cuando yo diga!-. La ilusión con la que se había hecho aquel compromiso y la palabra de los organizadores de asistir a él, se vieron naufragando de repente y a punto estuvo de irse nuevamente todo por la borda.


El problema de la asistencia a la convivencia del Valcárcel se solucionó una vez más sacrificando los intereses personales en favor del colectivo. Los organizadores cedimos a la imposición del Quini y el coro, muy a pesar nuestro, no asistió a aquella primera macro-concentración corista, propulsora de lo que hoy son la ostionada y la erizada. A cambio de eso, solo acudimos dos representantes para justificarnos. Fue una pena…

El primer ensayo general se hizo en el Bingo que había en la calle San Ignacio. La actuación fue bien hasta el popurrit, donde el coro desafinó estrepitosamente. Para quitarle importancia, el Quini, demostrando su veteranía, paró la actuación y se dirigió al público diciendo que aún no lo teníamos terminado. A nosotros nos dijo que eso mismo le pasó con el coro Los marcianos y luego triunfó en el Falla.

Por tercera vez, todo el trabajo realizado estuvo a punto de irse al traste. En esta ocasión no fue por problemas de asuntos internos. El Coro tenía que actuar en el G.T. Falla el día 24 de Febrero de aquel 1.981. Un día antes, Tejero quiso acabar con la recién-estrenada democracia en España y el concurso estuvo en un tris de suspenderse. Afortunadamente el Golpe de Estado fracasó y todo siguió adelante.

La actuación se saldó con un sorprendente tercer premio, puesto este más valioso aun, teniendo en cuenta la inexperiencia de la mayoría de los componentes y sobre todo por el hecho de que el primer premio aquel año fue el coro Entre pitos y flautas, sin duda el más completo e innovador de la época actual. Paradójicamente esa clasificación aún no ha sido igualada por ningún otro coro de La Isla. Solo se han acercado Los Mensajeros de la Paz y el coro mixto en dos ocasiones, todas ellas como cuarto premio, si bien Del coro al caño en 1.989 mereció, al menos igualarlos.

En aquella final el coro de Puerto Real Los Corsarios fue victima de un sabotaje. Al finalizar su actuación disparaban dos cañonazos de papelillos hacia el público, momento este que fue aprovechado por alguien para boicotearlos lanzando desde el gallinero unas octavillas con texto despectivo hacia Cádiz confundiendo al público, que pensó que esa propaganda ofensiva provenía del disparo de los cañones. Eso les costó injustamente el último puesto en la final.

A pocos días del comienzo de los Carnavales, con la economía en números rojos y nuestros bolsillos vacíos, la carroza no podía terminarse. Gracias a la aportación del comerciante Manolo Heredia y el trabajo de los hermanos Cama se consiguió completarla la noche anterior a la participación del coro en el carrusel de Cádiz.

Cuando acabaron las fiestas, la tesorería seguía deficitaria por lo que organizamos un festival en un teatro de San José del Valle para poder liquidar las deudas que quedaban. El programa era variado: Rufino de Paterna y El niño de la cava, cantaores flamencos. La chirigota Los Celtas cortos, primer premio provincial en el Falla, un grupo de música pop de La Barca de la Florida y el propio coro. A pesar de los precios económicos se vendieron cinco entradas. Como es lógico el espectáculo no se celebró, pero si hubo que acarrear con los gastos, pues todos los invitados excepto el grupo pop cobraron. El endeudamiento se hizo mayor, y por fin los organizadores tuvimos que pedir un crédito para liquidar los pagos. Aunque tuvimos que rascarnos el bolsillo, dimos todo por bien empleado pues a trancas y barrancas la empresa se pudo llevar a cabo y se dio el pistoletazo de salida a la sucesión de coros que ya desde entonces, no han faltado en los Carnavales de La Isla.

Paco. F. Frías 07-02-02
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