La Soledad, la Caridad, tal vez la Virgen de las Lágrimas, eran, hasta hace poco, las únicas Imágenes de María con nombre propio en la Semana Santa isleña. Porque, hasta hace poco, la Isla siempre fue más de Cristos que de otra cosa, si ustedes me lo permiten.Y el Lunes Santo, en la Isla, sigue siendo un día de Cristos. Lejos queda ya aquel «lunes de oro» donde coincidieron los tres únicos pasos dorados de nuestra Semana Santa. Hoy, la alpaca plateada de Medinaceli, abandonada ya su brillante estancia en el Domingo de Ramos, ha venido a sustituir al, por otra parte, transfugado al Jueves era de la Misericordia. Sin embargo, hoy más que nunca, el Lunes Santo isleño es de Cristos. De Cristos estremecedores, como Nuestro Padre Jesús del Ecce-Homo, a quien Castillo Lastrucci dotó de esa serenidad que, caracterizada por Alfonso Berraquero, evoluciona hasta la resignación suprema ante la humillación indignante a que es sometido. De Cristos evangelizadores, como Jesús de Medinaceli -Sí, Cautivo. Y también Rescatado, pero Medinaceli- cuyas facciones aparecen como si José Romero no hubiese hecho otra cosa que dar volumen al retrato, plano y palpable, de la Sábana de Turiti. Es algo así como si Jesús, el Nazareno, el de la Isla, hubiese dejado su Cruz de la Madrugada, y hubiese querido salir, días antes, con las manos atadas. Pero, el Lunes Santo isleño es también el Lunes de los Afligidos, de ese Cristo que camina con ese paso cadencioso, suave, majestuoso como sólo saben andar los Cristos en la Isla. Al Cristo de los Afligidos le golpean las rodillas las borlas del cíngulo mientras se dirige al encuentro, terrible encuentro con su Madre, en esa escenificación recreada por Lastrucci en aquellos años en que decir Lunes Santo en la Isla era decir sólo Afligidos. Es día, el Lunes, de calle Ancha (de calle Ancha de siempre porque la calle Ancha ha sido siempre, realmente, calle de las Cofradías del Cristo, que se adentraban en el barrio de la Pastora para alcanzar el corazón de la ciudad por esa ruta entrañable), y es día, sobre todo, de rojo; de cirios rojos, de fruncidas caídas rojas, de aterciopeladas flores rojas, de rojas capas, de rojos capirotes, de rojos fajines que, combinados con ese azul de los escapularios, con ese negro de túnicas ansiadas -y, por ahora, sólo imaginado bajo esos azules hábitos- con ese blanco prolongado en las colas extendidas, darán el colorido adecuado a uno de los días «fuertes» de nuestra Semana Santa isleña. Pero, por encima de todo esto, insisto, el Lunes Santo es un día de Cristos, y eso, en la Isla, lo convierte en un día grande, quizá el más grande y radiante de nuestra Semana Mayor.
José González García Diario de Cádiz 1994.
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