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frecuentar el guichi suponía...
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Los que se consideraban de la clase alta social de la Isla, no frecuentaban estos lugares. No se juntaban con cargadores salineros, “mariscaores”, gusaneros, barqueros, maestros de obras y gentes de refinos, tiendas de ultramarinos y sin oficio, pero con buen paladar para el vino, que les ayudaba a olvidar.
En el güichi tampoco estaba bien visto la presencia de la mujer. A veces, sólo las más atrevidas con la excusa de un poquito de vino para la comida, conseguían llevarse a casa el apreciado caldo en una botella de gaseosa o agua de selt de la fábrica La Montañesa o De Celis. Una vez en la casa, un poco para la comida y el resto.....
Cuando la parienta (esposa) necesitaba hablar con su pariente (esposo), enviaba al quillo (chico) con el mandao (recado). Cuanto más, a lo sumo, ella asomaba la cabeza con la vista baja y cara de beata (monja), ocultando su palmito (cuerpo) detrás del quicio de la puerta, para no ser el biombo (escaparate) y borderío (grosero) de las miradas de los concurrentes.
¡¡ Qué impotencia y provocación para el consorte que, sin chistar (hablar) y entortao (estar con la torta), enfilaba (miraba) cómo mordían (observar con mala intención) lo bien despachá (la buena construcción) de la hembra!!
A raíz de aquí, con el que morsegaba (miraba) tenían unas palabritas (discusión), se producía una tragantá (cojer por el cuello) y acto seguido se daba el mojicón (bofetón) o trompá (puñetazo) que producía la mosqueta (sangrar por la nariz) al que morsegara (observar y sacar conclusiones).
Y no digamos ná (nada) si el que gipaba (mirar) era un chulo (hombre que vive de una mujer). Al ná (enseguida), se daban una soba (pegar) y se formaba una pajarraca (escándalo) que el montañés (dueño o dependiente) con jindama (miedo) tenía que llamar a los guardias (municipales). Todos tenían que salir pitando (corriendo), coger el portante (marcharse) o pasaban por chirona o el talego (cárcel) y recibían el julepe (castigo).
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