Los Capirotes

En “aquellos tiempos” del principio de la década de los años sesenta, era muy normal que todos los chiquillos estuviesen apuntados de hermanos en las Cofradías de la Parroquia. El recibo mensual que pagaban nuestros padres de cinco pesetas y que, llegada la Cuaresma, te permitía bajo pago de otras 50 pesetas, sacar la túnica de tu Cofradía para salir en la procesión. No era el único “empleo de dinero” que había que hacer.
Si la Cofradía incluía guantes, se compraban en la Saldadora. Si el tipo de zapato era el normal, te podían valer los zapatos “gorilas”. Esto no ocurría con la Borriquita, ya que su calzado de “sandalias” sólo servía para el verano y, para la procesión del año siguiente, sino te crecía mucho el pié.

Pero había que hacer una vez que tuviésemos la túnica, el correspondiente “capirote” de cartón. Existían varios sitios por algunos que otros barrios donde poderlos hacer a medida.Pero por hablar de uno de ellos, quizás por estar en centro de la ciudad, o simplemente porque era al que acudía, lo haremos haciendo mención y recordando la “Esterería de Pareja”.

Francisco Pareja, hombre con una gran familia vivía en las inmediaciones de la Plaza del Rey, concretamente en la calle de Isaac Peral. Poseía un local situado en la calle Real (hoy Unicaja) junto a la” Gran Vía” (hoy Banco Atlántico) y la casa del Alcalde García Raéz. Vendiendo todo artículo de mimbre, cáñamo y esparto, llegada la Semana Santa, junto con sus hijos y amigos de éstos, confeccionaban “casi” todos los capirotes de la isla. Al menos, las de las Cofradías de San Francisco é Iglesia Mayor.

La imagen del local atestado de cestos, bolsos, capachos, sillas de madera, sillón, sillas y mesa sevillana, mesa estufa, butacas orejeras tapizadas o de neas. Sobre una pequeña mesa de camilla en la puerta de cristales a la entrada del local en su parte derecha, se encontraban los capirotes ya confeccionados. Mediante un papel sujeto con un alfiler, indicaba el nombre del penitente que debería recoger y las medidas tomadas anteriormente y que, previa prueba anteriormente, se había perfeccionado. El precio variado desde 10, 15 o 20 pesetas según tamaño.

Con una habilidad espantosa conseguida después de confeccionar centenares y miles de capirotes, los Parejas, manipulaba las planchas de cartón que, precedentemente, habían trazado sus medidas con una lápiz y una cuerda, a modo de compás. Harina con agua sellaba el blanco papel a tiras que unía ambas caras y le daba la verticalidad al capirote. Dos cintas a modo de “barbuquejo” ayudaban soportar el peso sobre la cabeza.

La mala pata consistía que cada Cofradía hacía las capuchas de capirotes de distintas medidas y nunca, te servía el capirote de una procesión para otra. En las casas había tantos capirotes cómo Cofradías tenía el Barrio.

Otro lugar añejo en la confección de capirotes era, y es aún, la “Mercería Loli” de Tomás Cruceíra, situado en la calle Real junta la casa de Micolta, y en la que, en aquellos tiempos, también era vecino de la papelería “El Cano”.

Tomás era el proveedor de los cofrades de las Callejuelas, y los que vivían en las Huertas de la Compañía y la del Policía. Callejones de Arnesto, Santo Entierro y esquina de Borriqueros.

Los olores de este Refino a tela y cintas de encajes rebujados con los de las colonias JOYA o MIRUGIA, eran distinto al que se percibía en la Esterería de Pareja entre la madera, el mimbre, cáñamo y otros complementos de la naturaleza.

En “aquellos tiempos”, no se estilaba los penitentes con los capirotes a lo “gato”, si se usaba anteriormente al comienzo del siglo XX.

El güichi de Carlos.