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La influencia de la vida militar desde 1720 en la Villa de la Real Isla de León hasta finalizar el Siglo XX en la actual San Fernando. Los destinos y cuarteles. Desde los pelones hasta el Capitán General de la Zona Marítima del Estrecho.


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la tragedia de solano

Con motivo de la marcha a bayona de la Familia Real, de la renuncia de Fernando VII a la corona, así como la cesión hecha de ella a Napoleón por Carlos IV, unido a la ocupación de gran parte de la nación por las tropas francesas, dieron lugar al Glorioso Levantamiento del 2 de Mayo en Madrid, secundado posteriormente por las provincias, en tanto en la capital cogía las riendas del poder el príncipe Murat, gran duque de Berg, como lugarteniente general del reino.
Ante tamaña traición empezó la población española a mirar a los franceses residentes como enemigos. En Cádiz, donde había una importante colonia francesa, hubo asesinatos que enrarecieron el ambiente. Rosily enterado de la muerte de algunos tripulantes de su escuadra, ordenó que nadie desembarcara para evitar más muertes. Fue nombrado entonces Capitán General de Andalucía, autoridad que habitualmente residía en Cádiz, el general Solano, marqués del Socorro, persona de quien recelaba Napoleón, circunstancia que motivó precisamente dicho nombramiento al objeto de apartarlo del cuerpo del ejército que mandaba en Badajoz


 

Francisco Solano con su montura. Fotografía cedida por AS de Guía.



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A la llegada del general Solano a Cádiz a mediados de Mayo, existía ya, como hemos dicho, en la ciudad animosidad contra la escuadra francesa, cuya presencia en aquellos momentos en la bahía gaditana arbolando la odiosa bandera del Emperador, no agradaba a nadie.
En consonancia con instrucciones recibidas anteriormente, el almirante Rosily también tomó sus precauciones y propuso a Ruiz de Apodaca intercalar los navíos franceses y españoles, con el aparente pretexto de que quedaban así “las escuadras más a cubierto de un ataque de los ingleses”. La propuesta fue aceptada por el Comandante General del Departamento, cargo que era desempeñado por el ilustre Jefe de Escuadra D. Juan Joaquín Moreno, sin que puedan comprenderse las razones que a los almirantes españoles aconsejaron aceptar tan desventajoso dispositivo. Los navíos quedaron entonces así distribuidos: NEPTUNE, PRÍNCIPE, LE HERÓS, SAN JUSTO, ALGECIRAS, MONTAÑÉS, ARGONAUTE, TERRIBLE, PLUTÓN, SAN FULGENCIO Y SAN LEANDRO.
Las dos escuadras, francesa y española, fondeadas en Cádiz, se miraban recelosas. Rosily no se daba por enterado de los sucesos que ocurrían en España, mientras que Ruiz de Apodaca y Moreno extremaban sus precauciones procurando aislar cada vez más a los buques franceses, y así separaron las cañoneras francesas, que junto con las españolas, tenían la misión de defender la boca atlántica del caño de Sancti Petri. (22 de Mayo)
El 26 de Mayo se alzó Sevilla. Una Junta de gobierno que tomó el arrogante título de Suprema de España e Indias, nació en medio del tumulto. Uno de los primeros acuerdos fue enviar dos mensajeros, uno al general Solano, otro al teniente general don Francisco Javier Castaños que mandaba el ejército del campo de Gibraltar. El conde de Teba oficial de artillería, que era también conde de Montijo, padre de la famosa Eugenia que casó con el emperador Napoleón III, llegó a Cádiz y se entrevistó con Solano presentándole los pliegos que traía de la Junta, así como a instarle a secundar el alzamiento sevillano. Junto al conde de Tebas habían venido otros emisarios, pero no con carácter oficial, sino voluntarios; eran los fautores del alzamiento de Sevilla y querían serlo también del de Cádiz, resueltos a vencer todos los obstáculos, y hasta repetir en la persona de Solano lo acaecido con el conde del Águila en dicha ciudad


 

Ruiz de Apodaca Ruiz de Apodaca y Moreno extremaban sus precauciones procurando aislar cada vez más a los buques franceses, y así separaron las cañoneras francesas, que junto con las españolas, tenían la misión de defender la boca atlántica del caño de Sancti Petri. (22 de Mayo). Fotografía cedida por AS de Guía.



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Nadie mejor que el General Solano, que con tanto desvelo se había venido ocupando de la fortificación de la plaza de Cádiz, para comprender la trascendencia que podía tener un paso en falso. Necesitaba tiempo; no era tan fácil declarar la guerra a los aliados y aliarse con los enemigos. Había que advertir a la escuadra española de Ruiz de Apodaca y contar con el acuerdo del almirante inglés Purvis. Los polvorines de Cádiz estaban desabastecidos y las baterías que defendían su puerto hubieran sido inútiles para atacar a los barcos franceses que se mezclaban en aguas de la bahía con los españoles.
De acuerdo Solano con las autoridades de Marina, se procedió a organizar la vigilancia en torno a la citada escuadra, ante el temor de que Rosily intentara apoderarse por sorpresa de alguno de los castillos; con tal motivo fueron reforzadas las guarniciones de éstos, al mismo tiempo que durante la noche patrullaban por las playas de la bahía fuerzas militares, con la orden de que: por ningún motivo permitiesen desembarcar tropa alguna que no fuese española.Era Solano sospechoso para estas gentes por haber servido en los ejércitos de Francia y venir de la campaña de Portugal, donde había auxiliado a los franceses; por las costumbres fastuosas del general igualmente afrancesadas y por haber recibido y honrado al general francés Moreau, cuando pasó por Cádiz camino del destierro hacia el continente americano. Es decir: temían a Solano por su valor y su talento; por lo mismo que le temía Napoleón. ¡Destino singular el de Solano! Reconocer su lealtad el enemigo y no conocerla sus paisanos!


 

Rosily De acuerdo Solano con las autoridades de Marina, se procedió a organizar la vigilancia en torno a la citada escuadra, ante el temor de que Rosily intentara apoderarse por sorpresa de alguno de los castillos;Fotografía cedida por AS de Guía.



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El 28 de Mayo, reunió Solano a los once generales de tierra y mar que se encontraban en Cádiz, entre ellos el Comandante General del Departamento D. Juan Joaquín Moreno y el Comandante General de la Escuadra D. Juan Ruiz de Apodaca.
En realidad, el Gobernador, no había reunido a los generales para deliberar; lo que deseaba de ellos era su apoyo. Su decisión estaba tomada de antemano. Cuando los tuvo a todos reunidos expuso la situación en breves palabras:
—Mientras los buques españoles estén mezclados y borda con borda, en nuestras aguas, con los franceses, no se puede declarar la guerra. —
En aquellos momentos, con una multitud enardecida que recorría las calles pidiendo la guerra, era difícil esperar. Así se lo hicieron ver los demás generales. La disciplina estaba perdida.
—Es necesario hacerlo— dijo uno de los jefes de la guarnición. —El pueblo lo exige, lo pide nuestro honor— gritaba enfáticamente, como queriendo dejar constancia de su heroica decisión.
Solano aceptó el reto que aquel fatuo general le lanzaba e intentó ser ecuánime.
-- El pueblo no sabe lo que quiere, señores. Es necesario calmarlo, hacerle comprender que la vida de los hombres que hay en nuestros buques quedaría a merced de los franceses. Es necesaria una tregua. Lo contrario sería un sacrificio inútil que lamentaríamos después… la ciudad no puede, por otra parte, resistir un bombardeo. Dadme dos días para resolver la situación. —
—Es necesario hacerlo ahora mismo; lo contrario sería cobardía. —
Otro de los jefes remachó las palabras de su compañero:
—Mi general, creo que no está Su Excelencia a la altura de las circunstancias. —
—Lo estoy, y precisamente por ello comprendo que, como primera medida, a ese pueblo amotinado hay que dominarlo. Su patriotismo es ahora mismo rebeldía y motín. Si no se le domina será baldío cuanto hagamos. Escuchad, mi plan es el siguiente: Frenar esta noche a la multitud con un bando que les haga confiar en que verán realizadas sus aspiraciones. Mañana trataríamos con los ingleses una tregua. ¿No sería acaso un disparate declarar la guerra al francés estándolo aun con los ingleses?—
—Los ingleses serán nuestros amigos tan pronto como Cádiz se ponga frente a Napoleón. —
—Conforme, pero debemos hacérselo saber. ¿Y nuestros barcos? ¿Es que podemos arriesgarlos así como así?—
—Vendrían los ingleses en nuestra ayuda. —
—Y se plantearía la batalla naval en la mismísima bahía, borda con borda, sin que nuestras baterías pudieran intervenir. No, esperaremos a pasado mañana. Démosle tiempo a Ruiz de Apodaca para maniobrar. Prepararemos nuestra artillería. —
—La artillería siempre está dispuesta, mi General, que Daoiz y Velarde no necesitaron mucho tiempo ni mucho armamento. Eran nuestros compañeros y murieron heroicamente. Hay que vengarlos. —
--No los vengaremos haciendo disparates, sino luchando con táctica y preparación. Señores, no olvidemos que frente a nosotros no hay un grupo de guerrilleros: hemos de obrar con inteligencia. —
—Con valor.--
—El valor se da por descontado, y si es que dudáis del mío, espero tener ocasión de demostraros lo contrario. La cobardía, precisamente, la leo en vuestros ojos. Teméis al pueblo, pronto a amotinarse; teméis el qué dirán esos arrapiezos que hoy me llaman traidor por las calles de Cádiz. Vosotros sois los cobardes. Os enfrentáis con un Napoleón lejano porque tenéis miedo a esos indeseables que vociferan. ¿Está claro? Bien; les había llamado a ustedes para comunicarles mi decisión, no para pedirles opinión. Creo que queda claro, pero antes de que partáis, quiero insistiros de nuevo en que si os doblegáis a lo que el pueblo pide perderéis el control de la ciudad.
Tras una larga discusión, en lo único que estaban todos de acuerdo era en que había que actuar con precaución. Era el deseo de todos no abandonar la causa de la nación, prepararse para la guerra pero no declararla; esperar a que el criterio en varias provincias demostrase que aquello no era un alboroto pasajero de una ciudad o dos, sino una revolución deseada por España entera.
Bajo este parecer se acordó la publicación de un bando en el que se expusieran todas las impresiones que los generales determinaran, y los inconvenientes que había para seguir las ideas de la Junta de Sevilla con respecto de alistar y enviar todas las fuerzas contra los franceses.
Manifestaban los generales en ese documento que habían oído con agrado el fervor con que todos clamaban, y se ofrecían a derramar su sangre a favor de los soberanos, y querían en correspondencia sacrificar las propias vidas y las haciendas propias, pero creían oportuno hacer saber a Sevilla y a los demás pueblos levantados, las causas que se oponían a realizar ellos todos sus designios.
“Unos enemigos ansiosos de lucro (decían) amenazan nuestras costas, y no dejarán de aprovecharse de nuestra ausencia para apoderarse de la escuadra y del arsenal, hacer de esta ciudad un segundo Gibraltar, y saquear nuestros puertos.
Nuestros soberanos (continuaban) que tenían un legítimo derecho y autoridad para convocarnos y conducirnos a sus enemigos, lejos de hacerlo, han declarado Padre e Hijo repetidas veces que los que se toman por tales son sus amigos íntimos, y en consecuencia se han se han ido espontáneamente y sin violencia con ellos. ¿Quien reclama, pues, nuestros sacrificios?
Después de exponer estos y otros inconvenientes con la más noble franqueza, continuaban:
Para combatir es menester alistarse, regimentarse, disciplinarse y tener una táctica. Es necesaria una numerosa artillería que exige mucho ganado de tiro y carga además de provisiones de toda especie, pues no hemos de ir a saquear nuestras provincias.
Por último los generales terminaban manifestando su resolución de que los alistados de Cádiz para nada saliesen de sus muros, ya que la defensa de Cádiz no puede desatenderse por su importancia, por la escuadra, por el arsenal y por el puerto, y también por las riquezas que encierra.”
Este es en síntesis el bando del que hablan con error nuestros historiadores por no ser de ellos conocido. Hubo empeño grande en destruir los ejemplares que existían por algunos de los que lo firmaron. (Según Adolfo de Castro “ni aun en la escribanía de guerra se halla; únicamente en el archivo del Excmo. Ayuntamiento de Cádiz he visto un ejemplar impreso.”)
El bando, firmado por los once generales, se publicó a deshora de la noche del 28, con gran pompa y a la luz de hachones. La no acostumbrada ceremonia llevó tras sí numerosos curiosos que esperaban ver en el bando una declaración de guerra a los franceses. Más cuando vieron que de él emanaba una solicitud a la calma y a la sensatez, el gentío comenzó a alborotarse. Las voces de traición empezaron ya a proferirse contra Solano. Durante toda la noche se fue engendrando el motín. Fue una noche aciaga en la ciudad, la multitud, esa multitud sin rostro, vocinglera e iracunda, que se lanza a la calle en los momentos de desorden, se hizo dueña de la situación. La justa indignación contra el francés que ametralla al pueblo de Madrid, encendió la ira de los gaditanos. Las noticias de que otras ciudades de España se hacían fuertes para oponerse a Napoleón, hizo que el pueblo se alzara contra sus autoridades. .



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Acudió en tumulto la muchedumbre a la plaza de los Pozos de la Nieve, donde vivía Solano. Un joven llamado Manuel Larrús, subido en hombros de algunos del pueblo, se dirigió al general que estaba en el balcón de su residencia, y en una corta arenga procuró rebatir uno a uno los razonamientos que había en el bando, para terminar pidiendo en nombre de Cádiz se declarase la guerra a los franceses y a su escuadra la rendición, buenamente o a sangre y fuego.
Solano oyó a Larrús y ofreció en respuesta al pueblo volver a reunir a los generales para ver el modo de conseguir que los deseos de la ciudad fuesen atendidos.
Mientras, otros aprovecharon el momento para vengar rencillas personales, y no quedó prestamista ni cobrador de impuestos o vigilante de aduanas que no pasara un buen susto. Allanaron la casa del cónsul francés Mr. Le Roy, que era muy aborrecido por su carácter soberbio, y por haber anunciado en diferentes ocasiones por medio de carteles y con arrogantes palabras, las victorias de Napoleón. El cónsul francés se refugió en el convento de San Agustín, de donde luego trabajosamente huyó para buscar refugio en la escuadra francesa.
Algunos de los generales que el día anterior fueron llamados al lado del Gobernador volvieron a su lado. En su mayor parte habían quedado convencidos de que al Marqués del Socorro le sobraba razón. Su valor estaba más que comprobado y su hoja de servicios era una garantía irrefutable. Ninguno de sus compañeros podía dudar tampoco, ni de su lealtad ni de sus conocimientos; por otra parte, era de sobra conocida su manifiesta antipatía hacia Napoleón, antipatía que, en tiempos de la alianza, le había costado ser condenado al ostracismo.
Algunos de sus compañeros le sugirieron una solución, en vista de que los odios del pueblo se centraban en él.
—Sólo hay un recurso, mi General, para acallar al pueblo. —
--¿Cuál?—
—Entregad el mando. —
En la calle, la multitud pedía a grandes voces que se asomara el Gobernador; los más decididos golpeaban el portón de madera que la guardia había cerrado.
—Jamás entregaré un mando que se me ha confiado, y menos a un pueblo amotinado.
La autoridad máxima soy yo, y, mientras viva o no sea depuesto, la mantendré por encima de todo. Ordenad a los regimientos que mantengan el orden en la calle. --
El general abrió de par en par el balcón y se asomó ante la multitud. Su uniforme impecable, su elegancia natural, que en Cádiz era popular, resaltaba ahora altiva y desafiante. Al aparecer, los gritos fueron en aumento.
--¡Guerra al francés! ¡Arrasemos su escuadra! ¡Muerte a los franceses y a quienes piensen como ellos!— Chillaban en la calle.
--¡Silencio!— “ gritó el General.
Poco a poco se fueron callando las voces.
--¡Silencio!— gritó de nuevo y, después, cuando callaron dijo: -- El Gobierno de la ciudad interpreta y comparte vuestra justa ira por los sucesos de Madrid, pero es necesaria la prudencia…--
--¡Cobarde! … ¡Muera el cobarde!—
--¡Silencio! Es necesaria la prudencia. Yo os prometo que
…-- Las palabras del General fueron apagadas por los gritos de la turba. Un ayudante, se acercó y le susurró:--Mi General, la guarnición no vendrá en su defensa… Los soldados indisciplinados no quieren… (Este ayudante era José de Sanmartín, el futuro libertador de Argentina, Perú y Chile que tenía a sus órdenes 30 mozos aragoneses o miñones en el edificio de Capitanía. Además Solano contaba con un sargento y nueve de tropa como guardia de prevención. Dispararon al aire, nada más. Nada hicieron. Cuando en 1850, desengañado de sus compatriotas, moría en Bulogne Sur Mer en Francia, confesaba que su conciencia siempre le había reprochado que no hubiese defendido a su querido jefe y amigo, Francisco Solano. Hasta su muerte este recuerdo le había atormentado.)-



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El Marqués del Socorro cerró, indignado, la ventana.
--¿Y qué que no vengan? El general Solano sabe defenderse por sí solo cuando le sobra la razón, y todo el que no esté con él es un traidor. —
--¿Y si se le diera a conocer al pueblo lo difícil de la situación?—
--¿Cómo vamos a publicar a los cuatro vientos, antes de iniciar una lucha, que no estamos preparados para ella? ¿Cómo vamos a pregonar a voces que estamos desguarnecidos y a merced de los cañones de la escuadra francesa?—
La multitud seguía en la Plaza del Pozo de las Nieves silbando y gritando. Ante la puerta de la casa de Gobernador una compañía mantenía el orden. Llegó la noticia de que los amotinados habían asaltado el Parque de Artillería, al mismo tiempo que llegaban del lado de la Alameda varios hombres armados que arrastraban un pequeño cañón. El Gobernador salió de nuevo al balcón.
--¡Ceded en vuestro empeño! -
Una rechifla general acogió sus palabras. Los que llevaban armas dispararon. La guardia entró en acción a una orden de Solano, pero con tan poca energía que el Gobernador comprendió que estaba solo ante la multitud enfurecida.
—Todo está perdido, mi General. ¡Huya y ocúltese! Le matarán si no lo hace. —
-- ¡Al traidor! ¡Muerte al traidor!—
gritaban en la plaza.
Hubiera querido gritar a todos su razón, pero nadie le oiría. Estaba solo, indefenso.
El Marqués huyó hacia la azotea y pasó a la casa contigua cuando sonaba ya el estruendo del cañón rompiendo la puerta. Los soldados huían en desbandada. Los amotinados saquearon la mansión, quemaron los papeles, robaron cuanto de valor hallaron y destruyeron lo que no podían robar.
--¡Buscad al general! ¡Que no escape el traidor!—
Era la furia de la masa innominada. Los mediocres, erigidos en dominadores, rebosaban el odio contenido de su incapacidad y su impotencia, soñando con destruir y matar, ya que jamás fueron capaces de crear nada.
--¡Muerte al traidor!—
Llegaron hasta a la azotea y allí encontraron el cinto y la espada que el general había abandonado para saltar el pretil de la casa de al lado, de la que era dueño su vecino y amigo el irlandés don Pedro Strange.
Osa poner las manos sobre él un ex seminarista de la Cartuja de Jerez llamado Olaechea, que lo había seguido hasta la azotea con el fin de detenerlo, pero Solano, más fuerte, lucha con él y cogiéndolo por debajo de los brazos lo arrojó desde el segundo piso al patinillo donde aquel desdichado expira.
— ¡Ha huido por aquí!—
Algunos saltaron a la casa vecina, otros se asomaron a la calle para advertir a los que allí quedaban del lugar donde podría ocultarse. La casa vecina fue registrada minuciosamente, sin encontrar al fugitivo. Ya se iban a marchar cuando uno de los manifestantes, un joven albañil llamado Segundo, exclamó:
—En la chimenea del salón hay un armario secreto. Yo mismo intervine en su construcción. —
Al fin es detenido. La multitud grita enfurecida mientras los más próximos golpean al Marqués. Le ataron las manos y arrancaron las charreteras y condecoraciones. El uniforme estaba hecho jirones.
Una horca permanecía levantada en la plaza de San Juan de Dios para ejecutar en ella a los forajidos de las partidas del Rubio de Espera, de Pichardo, del Zapatero de Jerez y otros facinerosos de aquel tiempo, en el momento de ser cogidos.
¡Vamos a ahorcarlo en la Plaza de San Juan de Dios!—
Cádiz queda en manos de la turba. Sin autoridad y sin ley.
Un gitano de ridículo sobrenombre y muy conocido en esta ciudad, caminaba sable en mano a la cabeza de la muchedumbre por toda la calle de la Aduana en dirección a la horca, echando atrás a cuantos venían. En el extremo de un palo y cual bandera llevaba uno tremolada la faja del general. Por todas las esquinas fluían gentes que venían a engrosar aquella gran manifestación que caminaba detrás del Gobernador, llenando por entero la calle.
Un marinero llamado Florentino Ibarra, joven en edad (27 años), viejo en el crimen, fue el primero que le asestó una puñalada. Con la sonrisa del más alto desdén miró Solano a tan ruin enemigo, y por única queja le dirigió estas palabras.
¡Gran hazaña has hecho!
Cubierto de heridas y ninguna mortal, todavía en su pecho había lugar para la esperanza; la numerosa guardia de la Puerta del Mar que no ha de abandonar a su jefe.

En la muralla, algunos soldados se asomaban, indiferentes. Los manifestantes les hacían contestar a sus gritos.
--¡Muera el traidor!—
--¡Muera!—
--¡Mueran los franceses!—
--¡Mueran!—
Las personas de orden que presenciaban aquel lamentable espectáculo esperaban que la tropa que montaba su guardia ante la Puerta del Mar entrara en acción para defender a su general. En vista que la guardia no hacía nada por impedir aquel desastre, increparon al oficial diciéndole:
—No pueden permitir ustedes esto—
—Nuestras órdenes son las de vigilar esta entrada. Allá él si ha traicionado al pueblo. —
Tuvieron que callar. El oficial estaba armado y con la chusma.
La debilidad por la sangre perdida no ha hecho decaer el vigor del general, pero la impasible actitud de sus soldados le obliga a inclinar el cuello al sacrificio. Andado ya gran trecho entre tormentos y no muy lejos del patíbulo, un caballero envuelto en una capa y con una espada en la mano, que había seguido de cerca a Solano, al ver que se adelanta el magistral D. Antonio Cabrera a prestarle los auxilios espirituales, se dirige al General y al grito de ¡muerte al traidor! lo atraviesa de parte a parte. Mano de amigo y amigo muy estimado, puso fin a sus padecimientos liberándolo de las injurias de la plebe y de la ignominia del suplicio. Se cree, sin fundamento, que este amigo era D. Carlos Pignatelli.
--¡Ahorquémosle aunque esté muerto!—
El magistral Cabrera llegó con el intento de exhortar a las turbas a que respetasen al general, que expirante lo llevaban a la horca. Cabrera se interpuso, lo cubrió con su manteo, habló en nombre de la religión, se apartaron por un momento los malvados, y así pudo administrarle el Sacramento de la penitencia.El Padre Cabrera había llegado tarde. El Magistral, al que en Cádiz se conocía por “el padre de los pobres”, y era querido y respetado por el pueblo entero, se enfrentaba valientemente a la multitud:


 

General San Martín. Un ayudante, se acercó y le susurró:--Mi General, la guarnición no vendrá en su defensa… Los soldados indisciplinados no quieren… (Este ayudante era José de Sanmartín, el futuro libertador de Argentina, Perú y Chile que tenía a sus órdenes 30 mozos aragoneses o miñones en el edificio de Capitanía.



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--¡Su sangre caerá sobre vuestras cabezas!—
--¡No hacedle caso!—
El que gritó no tardó en enmudeced al ver la frialdad con que la multitud acogió sus palabras. El Padre Cabrera hacía oír su voz autoritaria:
--¡Entregad ese cadáver a la Iglesia!—
El Magistral los convenció con su elocuencia y los obliga a llevar el cuerpo de Solano a una capilla, la única terminada en la catedral nueva que entonces servía de depósito a los cadáveres. La multitud les seguía, como persiguen los lobos hambrientos a una presa que se les escapa de las fauces. Muchos manifestantes habían reaccionado al ver la sangre y apoyaban al Magistral.
En dicha capilla dejaron el cadáver de Solano, y a su lado permanecía vigilante y en oración el magistral Cabrera.
Al salir, los cabecillas de la muchedumbre decían en voz baja, que entrada la noche regresarían por el cadáver de Solano y que entonces lo colgarían de la horca sin que nadie, invocando la palabra divina, estorbara sus intentos.
No descansó la furiosa multitud aquella noche. Más de una vez se dirigió a la Catedral nueva para recuperar el cadáver de su víctima. Pero sus deseos siempre se vieron contrarestados. El magistral Cabrera no se apartó del cadáver en toda la noche, estando toda ella rezando el oficio de difuntos en su breviario, acto de caridad sólo interrumpido por los gritos de los asesinos y por las exhortaciones con las que conseguía rechazarlos aquel digno eclesiástico y fiel amigo.
Antes que despunte la luz de la mañana, 29 de Mayo, el Magistral, hace llevar en un carro cubierto al cementerio el cadáver de Solano. Por disposición de Cabrera, que asistió al acto, fue enterrado en un nicho, pero no dentro de un ataúd porque no lo encontró. Exigió Cabrera a los que le dieron sepultura el más absoluto silencio para que en aquel día y lo siguientes no fuesen profanados los restos de aquel varón ilustre. Solo en los Archivos del Ayuntamiento quedó inscrito el lugar donde reposa: Nicho 43, fila quinta del Este en el patio hoy tercero, entonces único. Fila cuarta es hoy por estar cubierta de arena la primera. La partida de defunción se guarda en la iglesia parroquial Castrense. En ese documento no se dice que Solano pereciese en un tumulto; se habla de él como si hubiese fallecido de muerte natural.
A la tarde acompaña gran muchedumbre el entierro del que fue arrojado por el General, el ex seminarista Olaechea, y lo depositan en el nicho que está a mano izquierda del de Solano, sin saber que pared en medio queda el cuerpo de su matador, objeto del odio público, y sin que el fresco material, que cubre la sepultura inmediata, les incite a la sospecha de que allí reposan los restos del Marqués de Socorro. Ellos creían que descansaba en una fosa común, único consuelo que les cabía en su encono.
Una lápida en honor de Olaechea, si tal puede dársele, indica cual es su sepulcro. Aquí yace don Pedro Pablo Olaechea, capitán que fue de las tropas voluntarias de esta plaza, natural de la plaza de Guernica en el señorío de Vizcaya. Falleció el día 29 de Mayo de 1808, de edad de 38 años.
¡Capitán se llama en ese epitafio al que fue cabecilla de una banda de asesinos! El nicho de Solano no tiene inscripción. En aquellos tiempos mal podía ponérsele.
Tiempo después Adolfo de Castro dice que viendo la losa de Solano vacía no pudo por menos escribir, con un lápiz, este pasajero epitafio.
29 DE Mayo de 1808. Aquí yacen los restos del teniente general don Francisco Solano, marqués del Socorro, a quien sacrificó el engañado odio popular. De la epopeya de la guerra de la independencia debió ser el héroe y fue la más ilustre victima. ¡Triste y noble lección a pueblos y autoridades!
Y nosotros sólo añadiremos que descanse en paz tan honrado ciudadano.
Así perdió España a Solano. Probablemente la guerra de la Independencia hubiera sido de menos duración bajo el mando de un general tan competente.
Posteriormente su familia ignoraría donde se encontraban sus restos, creyendo que yacían en una fosa común; ya que el Magistral Cabrera, pasado el tiempo, creyó oportuno no decir a la familia donde se encontraban los restos del General, para no abrir las heridas de tan horripilante tragedia
Tras la muerte de Solano, fue nombrado Capitán General D. Tomás de Morla, a quién la Junta de Sevilla puso cerca al mariscal de campo D. Eusebio de Herrera, miembro de la misma, para que procediese de acuerdo con él en todo. Es decir, la suprema autoridad quedaba encarnada, de hecho, en el citado D. Eusebio Herrera.
Morla, esa misma noche publicó el bando que Solano había mandado imprimir, bando que contenía todas las primeras disposiciones de de la Junta de Sevilla. Morla solamente tuvo que borrar el nombre de Solano y poner el suyo.
Mientras, la escuadra francesa continuaba fondeada en la bahía gaditana……… pero eso es ya otra historia.

BIBLIOGRAFÍA.
Adolfo de Castro.- Historia de Cádiz y su provincia.
Adolfo de Castro.- Cádiz en la Guerra de la Independencia.
Ramón Solís.- Un siglo llama a la puerta.
Modesto Lafuente.- Historia general de España.
Conde de Toreno.- Historia del alzamiento, guerra y revolución de España.
Juan de Mariana.- Historia general de España.


 

Monumento a Magistral Cabrera en Chiclana de la Frontera donde también cuenta con una calle a su nombre. Fotografía cedida por AS de Guía.



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Autores:

José Carlos Fernández Fernández.
Juan Antonio Vijande Fernández.
José Luis Sánchez Montes de Oca.
Jesús Jaén Serrano.
Marcos Fernández González.


 

AS de Guíanombre) Asociación Islelaña de Historias y Cultura.



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