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La influencia de la vida militar desde 1720 en la Villa de la Real Isla de León hasta finalizar el Siglo XX en la actual San Fernando. Los destinos y cuarteles. Desde los pelones hasta el Capitán General de la Zona Marítima del Estrecho.


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fernando VII fuga de valencey

Por estas fechas ocurrió un suceso que de haber tenido el desenlace que se buscaba, hubiera influido en el éxito de la guerra más que los planes mejor combinados, y más que algunas victorias ganadas al enemigo; consistió en una tentativa que, aunque malograda, causó gran alboroto y sensación en Europa, y fue ocasión para que se publicaran documentos, cualquiera que fuese su autenticidad, de gran interés histórico, y de la mayor importancia para la nación española; todo lo cual aconteció entre los meses de marzo y abril del año 1810.

Mientras que en la península los españoles derramaban copiosamente su sangre y se sacrificaban patriótica y heroicamente, por conservar y devolver a su querido Fernando el trono y la corona que le había arrancado Napoleón, aquel monarca y los príncipes sus hermanos continuaban confinados en Valencey, donde, al decir de bien informados historiadores, tenían una existencia muy monótona, alternada con algún sarao u otro entretenimiento que de cuando en cuando les proporcionaba la esposa del príncipe de Talleyrand; salían pocas veces fuera del contorno del palacio, casi siempre en coche, no hallando dentro de él distracción en la lectura por parecerles peligrosos los libros que en la biblioteca del edificio había, y entreteniéndose sólo en algunas que otras manualidades, especialmente en las de torno a que el infante don Antonio era muy aficionado, así como en las de bordado en la que los dos hermanos destacaban primorosamente, cosiendo y bordando para la iglesia de Valencey un dosel de glasé de plata con franja y flecaduras de oro.

Habían sido alejados de su compañía y destinados a varias ciudades de Francia sus más íntimos amigos, entre ellos el duque de San Carlos y el canónigo Escoiquiz, quedando sólo a su lado corno primer caballerizo don José Amézaga, pariente del último.

Varios proyectos se habían presentado al gobierno para que Fernando pudiera evadirse de la prisión de Valencey, ya que su ausencia se sintió siempre por los españoles como una calamidad pública. Muchos fueron los que una y otra vez pensaron liberarlo de las garras de Napoleón. Cuando iba camino de Bayona le ofrecieron medios para que no acudiera a los llamamientos del emperador, encontrándose ya junto a la frontera; y luego, hecha ya la cesión de su corona, la Junta Suprema de Madrid y el duque de Mahón, remitieron a sus consejeros fuertes sumas de dinero para facilitarle una fuga.

Otros pensaron rescatar de Bayona a los dos hermanos Fernando y Carlos, por medio de un golpe de mano ejecutado por guerrilleros vascos, conocedores del país, quienes entrarían en Francia por San Juan de Pie del Puerto, protegidos por trescientos migueletes colocados ya al efecto en la frontera. Otros creyeron más factible facilitarle la huida por mar. Y no faltaron arrojados, resueltos a sorprender de paso a Napoleón en su quinta de Marrac y entregárselo a los ingleses.

Los consejeros de Fernando se guardaron el dinero que recibieron, ya que Fernando y Carlos se opusieron firmemente a tan osadas empresas, “no queriendo correr los peligros personales que debieran afrontar, si el éxito se desgraciaba”.

Lejos los españoles de considerar a Fernando cobarde e indigno de todo respeto, le crearon una maravillosa leyenda, que le suponía recluido a dura y mísera prisión, de la cual era imposible liberarle, considerando inasequible todo proyecto encaminado a rescatarle. Pero los ingleses, más prácticos, que no creían en leyendas y que comprendían cuanto podría ganar la causa, teniendo al frente tan deseado monarca, resolvieron intentar lo que no se atrevían a ejecutar los españoles.

Carlos Leopoldo, barón de Kolly, joven intrigante y astuto, versado según él mismo confesó en sus Memorias, en el desempeño del espionaje secreto, y en recompensa de ello, lord Welleley le había regalado un sable de honor; se presentó al duque de Kent y le propuso un plan para sacar a Fernando de Valencey, conducirle a bordo de la escuadra inglesa y trasladarle a un puerto de España, ofreciéndose a ejecutar por sí mismo el proyecto.

Había nacido Kolli en Tolón en 1778, siendo hijo legítimo de un cabo llamado Collignon, que en las guerras de la Revolución llegó a Capitán, y de una mujer de condición humildísima. El joven Luís Collignon, que así se llamaba nuestro Barón, sentó plaza en el ejército, del que desertó quince meses después, en 1800, de soldado raso, sin haberse distinguido por su bizarría en ningún combate. Lo que sí demostró fue su afición a vivir a lo grande sin pegar ni golpe, dada la diferencia entre sus apetitos y sus recursos, y habiendo tratado de apropiarse de algo que no le pertenecía con la inexperiencia propia de los primeros pasos en aquel mal camino, se vio condenado a cinco años de prisión, en rebeldía, pues logró refugiarse en Alemania.

Contaba el Barón unos treinta y dos años, y era hombre pequeño de cuerpo, enjuto de carnes, de rostro agraciado, afilada la nariz, mirada inteligente y con algo de afectado y teatral en sus maneras. Llegó a en Londres con una carta de recomendación para el Duque de Kent, del Abate Desjardins, que había conocido a Su Alteza en Canadá. El Duque de Kent lo puso en relación con el Marqués de Wellesley, y tan perfecto le pareció el plan que propuso Kolli, según éste nos cuenta en sus Memorias, que el Duque de Kent quiso encargarse de su ejecución personalmente, solicitando para ello el permiso de su padre el rey Jorge III, que le fue, naturalmente, denegado. Agradó el plan al monarca británico, y apoyado por el ministro de Asuntos Exteriores, marqués de Wellesley, embajador que había sido cerca del gobierno español, aceptaron la propuesta.

Para facilitar el éxito de la empresa, entregaron al barón documentos, papeles, pasaportes, itinerarios, estampillas y sellos, que acreditaran su persona e inspiraran confianza a Fernando, entre éstos iba una carta original de Carlos IV, escrita en latín, al rey de Inglaterra cuando Fernando casó con la princesa María Antonia de Nápoles, y dos escritas del mismo monarca inglés para el augusto prisionero, informándole del estado de los negocios en España y la importancia de que se evadiera y se presentara ante sus fieles vasallos.

Una escuadrilla, al mando de Sir George Cockburn, lo desembarcó en Quiberon, y allí quedó aguardando la llegada de los Príncipes, con víveres para cinco meses y provista de cuanto pudieran éstos necesitar, incluso un sacerdote con altar portátil, vasos sagrados y ornamentos y todo lo que para el ejercicio del culto católico, a bordo de la nave capitana, hubo de considerarse indispensable. Para los gastos de la empresa se le entregaron diamantes, que llevaba cosidos en los fondos del sobrecuello, por valor de 6.000 guineas y otras 1,000 en dinero, no siendo verdad que se le dieran letras de cambio ni se le abriera crédito alguno. Y con este bagaje emprendió el barón de Kolli su aventura.

Mas a los pocos días de haber llegado a París, y cuando se preparaba a continuar su empresa, fue descubierta la trama, dicen que por un tal Alberto que era su secretario, el cual se lo contó al ministro de Policía Fouché, quien se apoderó de todos los documentos y efectos que consigo llevaba, y le encerró en el castillo de Vincennes (marzo de 1810).


 

Retrato de Fernando VII. Aportado por As de Guía.



Arriba

Según Morayta, el barón de Kolly llegó a entrar en el castillo de Valencey e incluso llegó a entrevistarse con el infante D. Antonio; según confiesa el mismo Barón al serle preguntado sobre el asunto, en el interrogatorio al que fue sometido.

P. -- ¿Cómo lograsteis entrar en el castillo de Valencey?

R. – Con pretextos de vender algunas cosas curiosas. Esperaba lograr ocasión de este modo de entregar al príncipe las cartas que se me habían confiado, manifestándole mi plan y obtener su consentimiento. Sólo pude hablar con el infante don Antonio. El príncipe Fernando rehusó verme y oírme. En verdad que por el modo extraordinario con que se recibieron mis proposiciones tengo razones para creer que dio parte al gobernador del castillo, y en consecuencia de esto fui preso.

Creyó el ministro francés que era buena ocasión para sondear la voluntad del príncipe español, y propuso a Kolly que fuese a Valencey y siguiera representando su papel, prometiéndole en recompensa la libertad y asegurar la suerte de sus hijos. Kolly rechazó con dignidad tan inicua propuesta, prefiriendo los calabozos de Vincennes a comportarse como un traidor. Y en efecto, permaneció prisionero en ellos hasta la caída de Napoleón. Después vino a España, y Fernando VII, no sólo lo hizo Caballero de Carlos III, dispensándolo de pruebas de nobleza, sino que también condecoró a su hijo, que apenas contaba catorce años y, bajo ciertas condiciones, un privilegio para introducir harinas en la isla de Cuba con bandera española, que le rentaban unos 100.000 escudos anuales.

En vista de la repulsa de Kolly, Fouché hizo ejecutar el encargo a un truhán llamado Richard, a quien encomendó que suplantando al barón de Kolly, y llevando sus mismas credenciales y documentos, se introdujese en el palacio de Valencey haciéndose pasar por buhonero, y so pretexto de vender objetos curiosos viese la forma de hablar con Fernando, y presentándole los papeles, proponerle la fuga. Era Richard hombre tosco y de poco mundo, nada idóneo, por tanto, para suplantar al Barón.

Una vez dentro del palacio, el bellaco, de Richard, habló primero con Amézaga (2 de abril); mas apenas se enteró Fernando de la proposición, fuera que comprendiera ser el tal emisario un enviado de la policía; fuera que faltara al príncipe valor para la fuga, o que quisiera hacer méritos ante Napoleón, con quien de nuevo anhelaba emparentar (que todas estas interpretaciones se dieron, y no es fácil en tales casos averiguar la verdad), no sólo se mostró irritado de la propuesta, sino que mandó a Amézaga que diese cuenta al gobernador Berthemy, a quien escribió también él mismo (4 de abril), diciéndole entre otras cosas: «Lo que ahora ocupa mi atención es para mí un objeto del mayor interés. Mi mayor deseo es ser hijo adoptivo de S. M. el emperador, nuestro soberano. Yo me creo merecedor de esta adopción, que verdaderamente haría la felicidad de mi vida, tanto por mi amor y afecto a la sagrada persona de S. M. como por mi sumisión y entera obediencia á sus intenciones y deseos.» (Ver apéndice Carta 1).

Cuando el gobernador de Valencey compareció ante Fernando, le dijo éste: Los ingleses han causado graves daños a la nación española, tomando mi nombre, y ahora mismo están haciendo correr la sangre. El ministerio ingles, falsamente persuadido de que yo estoy aquí detenido por fuerza, me propone medios de fuga, pues me ha enviado un emisario, que bajo el pretexto de venderme objetos curiosos, debía darme un recado de S. M. el rey de Inglaterra. No lo hubiera dicho mejor el más servil admirador de Napoleón.

Esta forma de actuar de Fernando se discutió mucho en su momento, en tiempos posteriores y aun en los nuestros: estimando unos que Fernando se dio cuenta de la trampa del Ministro francés; otros la creyeron hija del miedo, y los más de hacer méritos a los ojos de Napoleón.

Berthemy lo puso todo inmediatamente en conocimiento del ministro de Policía (6 de abril), y sobre ello se formó un proceso, continuando el barón de Kolly encerrado en los calabozos de Vincennes (Ver apéndice carta 2).

Pero la verdad es que llegaban en mala ocasión el emisario verdadero como el fingido; pues por una fascinación lamentable, ni nueva ni transitoria ya que, por desgracia, le duró mucho tiempo, se hallaba entonces Fernando muy empeñado en congraciarse con Napoleón, y se desvivía por hacerse adepto y agradable, como quien otra vez aspiraba, como al colmo de la dicha, a enlazarse con una princesa de la familia imperial.

Cuando Napoleón, verificado el divorcio con la emperatriz Josefina, casó con la archiduquesa María Luisa de Austria, nuestro confinado de Valencey, que antes le había felicitado por sus triunfos sobre los españoles, le dirigió el más lisonjero pláceme por sus bodas, encargando al conde de Alberg que personalmente se la entregara en mano a Napoleón (21 de marzo) (Ver apéndice, carta 3); y no contento con esto, y para mostrar mejor su entusiasmo, lo hizo celebrar con fiestas y regocijos en su palacio de Valence