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La influencia de la vida militar desde 1720 en la Villa de la Real Isla de León hasta finalizar el Siglo XX en la actual San Fernando. Los destinos y cuarteles. Desde los pelones hasta el Capitán General de la Zona Marítima del Estrecho.


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el ejercito español en 1810

Con fecha 15 de Noviembre de 1808 un Real decreto de la Junta Central Superior Gubernativa del Reino, declaraba rotos todos los vínculos que nos unían con el gobierno francés, como así mismo todos los tratados sin excepción, antiguos y modernos, que existían con Francia, desde el 20 de Abril en que la Soberanía Real y la dignidad augusta de la Nación, fueron infamemente insultadas y atropelladas en Bayona.

El pueblo español se había anticipado a determinación tan noble, desde el luctuoso y glorioso 2 de Mayo, y esta pobre nación que había sufrido el régimen de gobiernos incompetentes, formados por hombres inútiles, elevados al valimiento regio, por artes de camarilla, tuvo que afrontar heroicamente una guerra, hallándose sin Ejército ni Marina, pues si había barcos, no había armamentos ni material, porque todo el presupuesto nacional no bastaba para la codicia de los primates.

Así teníamos, que el 25 por 100 de dicho presupuesto era para la Casa Real; un 30 por 100 para Hacienda; un 40 por 100 para Guerra y Marina, y con el 5 por 100 restante, tenían que atenderse todas las demás exigencias del Estado.

Ahora bien, de este 40 por 100 del Ejército y Armada, era casi nulo el que llegaba a las fuerzas combatientes, pues los favorecidos de la suerte se llevaban la mejor ración. Solamente dieciséis personajes consumían cerca de cuatro millones de reales. De ellos correspondían a Godoy 803.176 en la siguiente forma: Como Consejero Real, 134.776; como primer Ministro, 480.000; como Capitán General, I20.000; como Sargento Mayor de Guardias, 60.000, y por franquicias, 8.400. A éste seguía el Secretario del Rey, que por sueldo y mesa, y por el Consejo de Indias, recibía 598.000. Después iba el primer Ministro, que por su sueldo y gratificación de mesa, recibía 300.000, y para que pudiera mantenerse con más decencia; que así se detallaba; 180.000. En total, 480.000. Luego iba D. Antonio Valdés y Bazán, ministro de Marina, con 444.000, pero, ¿a qué seguir con el detalle, si ya hemos apuntado el pillaje de todos ellos? Así el déficit había subido a mil millones de reales.

El sacrificio que tuvo que hacer el país, entregado a sus propias fuerzas por la fuga de los magnates, para afrontar tanta miseria, solo puede apreciarlo el que logre valorar el peso del patriotismo, porque en la fecha de la invasión francesa no había un solo real en las arcas del Erario; pues se empezaba por ignorar donde habían dejado estas los fugitivos. Tal era el desarreglo nacional. La situación de nuestro Estado Militar a la invasión de las huestes francesas, no podía ser más lamentable, tanto en los Ejércitos de mar como en los de tierra.

En Octubre de 1808, teníamos en la Península, un Ejército de 140.000 hombres, 1.900 caballos y 86 piezas de Artillería. Este ejército medianamente asistido, uniformado y equipado, es el que tuvo en los primeros momentos que hacer frente a los 300.000 veteranos que lanzó Napoleón sobre la Península, lográndose el milagro de contener la invasión y aniquilarla.

La caballería era el punto más débil de los ejércitos españoles. Puesto que a mediados del siglo XVII se prefirió la mula como principal medio de tracción en el campo, la falta de caballos agravó la situación. Vale la pena recordar que incluso los carruajes de la nobleza iban tirados por mulas; en vez de bueyes, la mula, más que el caballo, se había convertido en la principal fuerza animal durante la última mitad del siglo anterior, y por consiguiente la cría de caballos disminuyó. Cada año se importaba de Francia a través de Cataluña un impresionante número de mulas para mantener la cantidad necesaria que España no podía suministrar. Pero incluso razonablemente bien montada, la caballería patriótica solía ser la primera en dar la vuelta. Los aguerridos, aunque militarmente poco entrenados, reclutas de los pueblos podían resistir tenazmente un ataque frontal, pero cuando la caballería huía no habían aprendido a maniobrar para reducir la amenaza del enemigo desde el flanco o la retaguardia.

La Marina contaba con 92 buques entre navíos, fragatas y corbetas, así como 136 embarcaciones o naves menores, inútiles para el combate, y un total de 78.083 hombres. Nada en verdad tenían que envidiarse en sus organismos y estamentos el Ejército y la Armada, más si en el uno pudieron arbitrarse recursos por la mayor facilidad en improvisar los armamentos, en la otra fue imposible en absoluto. Faltaban barcos, y no se podían construir ni comprar. Aun con todo el deseo y abnegación de la Patria, más de un 30 por 100 de las fuerzas terrestres que hicieron frente en los primeros momentos al coloso del siglo, iban armadas de lanzas y chuzos. Tal era la pobreza nacional, tal era el atraso, la imprevisión, el abandono de aquella Corte concupiscente, que aún puestas en funcionamiento multitud de fábricas de armas, cuyo personal hubo de reclutarse a peso de oro, acudiendo además a los jefes retirados, no se logró armar por completo hasta última hora, a las fuerzas combatientes.

Desde luego, algo más que navajas y trabucos tenían los soldados españoles para defenderse. Sin embargo, las armas eran pocas y anticuadas. Y tan variadas de modelos y calibres que no se explica cómo se podían organizar unidades medianamente homogéneas. Algo nos facilitó nuestra aliada Inglaterra pero lo poco que mandó, casi todo desembarcado en Cádiz.

La escasez de fusiles preocupaba a la Junta Central desde el inicio de la guerra. No disponía del número necesario para armar a todos los que se alistaban espontánea e incondicionalmente al comienzo del alzamiento. Por eso se pidió ayuda a Inglaterra que nos proporcionó ciento setenta mil fusiles a finales de 1808, con la promesa de posteriores envíos. Pero al quedarse Inglaterra sin fusiles el gobierno se vio obligado a pedirlos a la Compañía de la India Oriental, que utilizaba un arma más barata y con el cañón más corto para equipar a un ejército menos exigente que el británico. La Compañía accedió; siendo la mayoría de los fusiles enviados a España de este modelo. Quizás debido a eso, y al mal entrenamiento de los nuevos reclutas se estropearon rápidamente.

Con su cañón liso, el fusil de chispa era un arma de fuego relativamente simple. Su alcance efectivo era de unos cien metros. Estaba diseñado no tanto para apuntar a un único blanco como para ser disparado por los soldados en descargas. No obstante, su carácter elemental tenía sus compensaciones: los cartuchos, consistentes en un rollo de papel cilíndrico retorcido que contenía pólvora y una bala, eran fáciles de fabricar a mano; para cargarlo, el soldado arrancaba el papel con los dientes, echaba la pólvora, la bala y el papel como taco sellador por la boca del cañón y lo prensaba todo con la baqueta; la llave de chispa prendía la pólvora disparando el fusil. Un soldado entrenado podía efectuar cuatro disparos cada tres minutos, pero durante el proceso la boca y los labios le quedaban resecos y ennegrecidos por la pólvora.

La fabricación de un fusil era un proceso lento que implicaba a cinco maestros armeros, cada uno de ellos especialista de una parte distinta: cañonero, llavero, cajero, latonero y bayonetero. La parte más compleja, el cañón, requería el enrollado y forja de una lámina trapezoidal de hierro especial y de un grosor específico, que luego tenía que ser perforada al tamaño correcto de la bala, y sus asperezas limadas a mano. Un armero cualificado podía hacer de tres a cuatro cañones al día. Tradicionalmente, cada maestro y su oficial trabajaban en la casa del maestro entregando periódicamente sus componentes a la «fábrica» y recogiendo nueva materia prima, cuyo coste se deducía del precio estipulado para cada pieza. La fábrica comprobaba todas las piezas y el examinador rompía las que eran inservibles, siendo el maestro quien había de compensar la deficiencia.
(La maldita guerra de España.- Ronald Fraser.)

Especialmente, la artillería era un verdadero saldo de calibres. Las cureñas para los cañones que se artillaron en el puente Suazo y baterías flanqueantes los tuvo que facilitar la Marina. Y es precisamente la artillería la que consigue el primer éxito defensivo ante el ataque intimidatorio de Víctor.


 

Marqués de la Romana. Fotografia aportada por As de Guía.



Arriba

De Marina, todo cuanto se diga, será poco. Y todo debido a la descuidada administración que no había logrado hacer un solo barco después de nuestros desastres marítimos, y para el escaso número de cascos inútiles que había, sostenía con lujo innumerables centros burocráticos, que todo lo entorpecían, además de llevarse la mayor parte de las consignaciones. Ya lo había reconocido así y declarado en 1807, el Jefe de Escuadra D. Antonio de Escaño, en los extraordinarios apuntes que publicó su Ayudante, el Teniente de Navío D. Manuel del Castillo y Castro, que con otros no menos meritísimos trabajos, quedaron relegados al olvido, porque no podían entonces ver la luz, pues en el ánimo de D. Manuel Godoy, solo cabían las reformas que podían alimentar su codicia, a cuya egoísta exigencia, ajustó siempre su forma de gobierno.

Reconocía Escaño en sus reformas, que por más que sufriera el noble orgullo patrio, era preciso confesar, que sólo los ingleses eran maestros en el arte de navegar, y de ellos debíamos tomar el ejemplo, imitándoles en lo que fuese más oportuno para nuestro poderío marítimo, dentro de las atenciones que reclamaba el país.

Sabiamente declaraba, que para regenerar los servicios navales, huyendo del desencanto propio de toda reforma, era condición indispensable que el Estado atendiese a cuanto requería el ramo marítimo en material y personal, pues el objetivo de toda Marina de Guerra, estribaba exclusivamente en sostener en el mar una fuerza militar, capaz de desempeñar, a conciencia y en todo tiempo, sus funciones.

Hasta entonces no había sido posible conseguir nada. Nuestra organización continuaba siempre víctima de la mala administración, del olvido y del desconcierto. Más que a la parte práctica del servicio se había atendido con exceso a lo puramente accesorio, así los grandes y magníficos Arsenales abiertos y fundados a toda costa; los Colegios y Academias de Guardias Marinas; los de Pilotos; Cuarteles; Cuerpo de Artillería, Infantería e Ingenieros; los Hospitales y Colegios de Cirugía; las fábricas levantadas y sostenidas aparte de los Arsenales; las Secretarías; los Almirantazgos; las Direcciones generales de los Departamentos y sus Mayorías; las Mayorías generales; los Establecimientos de Cuerpos de Matrículas; el numeroso y casi monstruoso de Contaduría; el de Cirujanos; el Vicariato General con sus correspondientes Capellanes; todo este enorme organismo, se había erigido, instaurado y alimentado, para poner en el mar algunos buques armados; organismo que sería útil para una poderosa Armada, pero absolutamente inútil para la importancia y situación de las fuerzas que entonces navegaban.

Si equivocadamente se había atendido a lo material, más equivocadamente se había valorado en los oficiales el mérito individual, pospuesto siempre al linaje del apellido; y sucedía, que el mando, los destinos, comisiones de importancia, y todo lo que podía contribuir al prestigio e interés particular, incluido el ascenso en la carrera, había quedado vinculado a ciertas personalidades y a su descendencia, por cuyo linaje se deducía exclusivamente la aptitud y talento para el cargo. Existían buques y destinos que sufragaba y mantenía la nación, solamente como patrimonio de tales sujetos, mientras el resto de los compañeros, que constituían el mayor número y el más benemérito, servían sólo para llevar lo más pesado, árido y trabajoso de la carrera, motivo por el cual se habían perdido los mejores oficiales de la Armada, que aburridos, disgustados y dolidos de verse postergados, y aun totalmente olvidados, se habían retirado a sus casas, en busca de otro género de vida, huyendo de un Cuerpo tan ingrato como injusto.

En el plan de estudios se sostenía equivocadamente la omnisciencia, pretendiendo que el oficial había de ser físico, químico, astrónomo, ingeniero, piloto, marinero, táctico, artillero, maniobrista y en cierto modo hasta político, recargando los cursos de tal forma, que al final resultaba la mayoría sin saber nada; y de unos hombres que bajo otro sistema hubieran podido ser útiles a su patria, se lograba solo obtener algunos oficiales medianos. La reforma que se proponía, consistía en desmantelar tan equivocado sistema, no dejando para el oficial más ciencia que la del pilotaje y maniobras, con algunos otros conocimientos, y práctica; ésta sobre todo, constante, en lo referente al arte naval.

Decía Escaño, que el Cuerpo de oficiales de marina, era el punto de apoyo, resorte, o el alma que había de sostener, dar vida y movimiento física y materialmente a toda la máquina de los buques armados. Por consiguiente, la educación naval de estos oficiales, y el sistema que debía regirlos posteriormente, debía adaptarse a estos luminosos principios, sin lo cual, todo lo demás que se hiciera sería vano. La profesión del oficial de Marina, propiamente dicha, era rudísima, y a ella debía conformarse rigurosamente el que pretendiera serlo, sopena de no llamarse tal, ni de servir más que de estorbo y pesadísima carga, muy nociva para la Nación. Haber hecho, como hasta entonces, que los Guardias Marinas, viniesen al servicio para ser unos señoritos, era el error más fatal que pudo jamás cometerse, del que se habían seguido males incalculables.

Al alma llegaban las