Fuga prisioneros franceses del Castilla

Entre los prisioneros que sufrían penosa reclusión en los buques pontones fondeados en la bahía, había muchos marinos, procedentes de la escuadra del almirante Rosilly. Al observar éstos los efectos del temporal de los primeros días de marzo, no pasó desapercibido a su pericia marinera que, con un tiempo semejante, podían, después de cortar las amarras, dejarse ir al garete y llegar hasta la costa que estaba bajo el dominio francés, recobrando así la libertad.

La fortuna les fue propicia, y el quince de Mayo se presentó la ocasión tantas veces deseada. Sopló de nuevo el viento duro y huracanado y los presos del pontón Castilla, unos setecientos, la mayoría oficiales, aguardando la noche de dicho día, y amparados en la oscuridad sorprendieron a sus guardianes haciéndolos prisioneros; picaron los cables y dejándose llevar por el viento lograron varar en la costa del Puerto de Santa María, donde como era de suponer hicieron sus compatriotas denodados esfuerzos para el salvamento, recibiéndolos en medio de la mayor alegría.

No hay que decir la que experimentarían al verse libres aquellos desgraciados que padecían cruentos sufrimientos, no originados por el trato que durante la pri­sión recibieran, sino a las condiciones en que forzosamente habían de vivir, dada la falta de medios para mejorarlas. No les escaseaba la comida, pero vivían hacinados en un pequeño espacio, con la inevitable miseria y falta de higiene, debido a lo cual, padecieron muchas enfermedades siendo las más corrientes la disentería, el escorbuto y calenturas pútridas que según los partes médicos eran debidas, además de las antes expresadas, a la humedad del medio que los rodeaba.

Navíos Fondeados. Fotografía aportada por As de Guía.

El nuevo temporal ocurrido no produjo otros males en la escuadra que la rotura de algún que otro cable, a pe­sar de lo cual todos los barcos de aquella mantuvieron sus puestos. Al día siguiente sólo había aumentado el número de buques varados en la costa enemiga con el Castilla y un mercante que amaneció destrozado por la mucha mar que reinaba.

Con motivo de la esta fuga de prisioneros, presentó un  escrito el Comandante de las fuerzas de custodia de aquéllos, manifestando lo difícil de la vigilancia por las circunstancias de hallarse el ene­migo dueño de la costa del Norte, y en las condiciones que el servicio se verificaba, al estar los pontones amarrados con cables en tan mal estado, que tan sólo un viento frescachón podía ocasionar que faltaran, repitiéndose la escena del Castilla; declaraba además, que las cañoneras sólo podían ejercer vigilancia con buen tiempo pero no con temporal, durante el cual no podía ningún barco de tan pequeño porte acoderarse para batir al que va al garete, ni menos destrincar el cañón para este objeto. Proponía que dichos buques, depósitos de prisioneros, fuesen varados en la playa de la Aguada y las cañoneras los custodiaran por las proximidades, con lo que se evitaría tanto la fuga total como la parcial

Diez días después de estos hechos, los presos del Argonauta, en número parecido, quisieron imitar el proceder de los del Castilla, pero descubierta la maniobra,  rompieron el fuego contra ellos los barcos españoles, lanzándose las cañoneras y botes de guardia en su persecución; se defendían los franceses des­de el alcázar como podían, pero debido a la poca arrancada del buque fue incendiado antes de llegar cerca del Trocadero a donde se diri­gía, y aunque también esta vez lograron escapar, fue no obstante, a costa de muchas bajas y teniendo que salvarse la mayor parte a nado. Las tropas que formaban la guarnición de ambos pontones que, según documentos de la época, pertenecían a los cuer­pos de voluntarios que figuraban en el ejército que­daron a su vez prisioneros del enemigo

Navíos. Fotografía aportada por As de Guía.

Corno consecuencia de lo expuesto se dispuso el desembarco de los voluntarios que debían ser relevados por tropa de Marina; así mismo el de los Guardias Walonas por adaptarse mal a la vida de a bordo, siendo reemplazados temporalmente por 300 soldados de Infantería de línea, y expidiéndose en 25 de Junio una R. O. para que pusieran a disposición del Ca­pitán General del Departamento de Cádiz toda la tropa de Batallones de Marina que prestara servicio en aquel.

Y no deja de ser curioso observar que en la época de que tratamos sucedía lo que tantos años después ha venido sucediendo: mantenía la nación y mantiene un cuerpo de Infantería de Marina, bajo uno u otro nombre, destinado a los buques y establecimientos navales, y en el momento más crucial de la guerra se le aparta de su cuerpo, para formar en las filas del ejército, no en parte, como es convenien­te y útil, sino casi en su totalidad haciéndole abandonar su peculiar servicio; porque es de notar que en la época que narramos se batían bravamente entre las divisiones del ejército, en el interior de las distintas re­giones de la península los batallones de Marina, en tanto que la Infantería de Línea, los Guardias Walonas y los vo­luntarios habían de acomodarse al servicio de los bu­ques, lo mismo que en nuestras últimas guerras co­loniales; el ejército y los voluntarios efectuando desembarcos en las costas de Cuba, la infantería de Marina operando en el interior de la isla.

BIBLIOGRAFÍA.
La Marina en el bloqueo de la Isla de León.- Federico Obanos Alcalá.

Asociación Histórico Cultural “As de Guía”
Mayo 2010.- Año del Bicentenario de Las Cortes en la Isla de León..