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historia del panteón (I). | historia del panteón (III)  

historia del panteon (II)

El Panteón de Marinos Ilustres forma parte del conjunto de edificios que constituyen la Población Militar de San Carlos, mandada construir para la Armada Real por el Rey Carlos III. Por ello, y por estar íntimamente ligada la edificación del panteón a la de la población militar, obligadamente hay que tratar conjuntamente a ambas, procurando, eso sí, hacer mención especial a todo lo que a aquél se refiera.

Creado desde 1726 el departamento de Cádiz, se exigía contar con el personal necesario para el mantenimiento y atenciones que el servicio de S.M. requería. Esta circunstancia y la ventaja de la cercana situación del Arsenal de La Carraca, inclinaron el ánimo del Rey Carlos III a fundar un pueblo para residencia de los componentes de su Armada Real, dictándose al efecto varias disposiciones entre las que destacan como principales dos de ellas, fechadas en San Ildefonso y circuladas por la Secretaría de Estado y del despacho de Marina e Indias el 7 de abril de 1775 y el 17 de junio de 1777.

Transcurrieron algunos años sin que se consolidase la idea de S.M. quien de nuevo ordenó su pronta realización por conducto del Ministerio de Marina el 11 de febrero de 1785, indicando que debían someterse a su superior aprobación los presupuestos, planos, perfiles y memoria, así como que debían incluir los de un cuartel y un hospital, sin olvidar los relativos a “una iglesia”, dedicada al culto divino.


Población de San Carlos Cedido por los autores.

Recibido el mandato regio en la capitanía general del departamento de Cádiz, se reunió la Junta de Dirección y acordó el 17 de febrero de 1785 comisionar para la redacción del proyecto al vocal ingeniero, capitán de navío Vicente Ignacio Imperial-Digueri y Trejo, el cual, siguiendo los proyectos del arquitecto italiano Francisco Sabatini, desempeñaba ya la dirección de las obras (desmonte, terraplenado y acopio de material) desde el 9 de marzo de 1779. El nuevo proyecto, apartado del urbanístico de Sabatini aprobado en 1777, debía contar pues con los siguientes edificios: Iglesia Parroquial (C); Casas de la Dirección General (D); Intendencia (E); Oficios Principales y Tesorería (F); Cuartel y academia de guardias marinas (G); Academia de pilotos (H); dos cuarteles para los Batallones (Y); Hospital y Cuartel con academia para el real cuerpo de Artillería (J), y Manzanas para particulares (K). Inmediatamente comenzó Imperial-Digueri sus trabajos y antes de que se elevasen a S.M. propuso que se oyera al capitán de navío Julián Sánchez Bort, director de las obras del primer dique del arsenal de La Carraca, quien, autorizado, aportó acertadas observaciones al proyecto en cuestión.


Cedido por los autores.

Quedaron sancionados los cuarteles en real orden de 19 de diciembre de 1785, más el monarca dispuso que no se llevaran a efecto hasta después de colocada la primera piedra de la iglesia, por “ser su real ánimo que este santo edificio fuese base fundamental de los demás”. La soberana disposición mencionada, impulsó, sin duda alguna, la presteza en los estudios de la población militar y con especial interés en los de su templo, siendo presentados en junta el 21 de febrero de 1786.

El proyecto de la iglesia (al que se unía el de un panteón subterráneo), aparecía grandioso y afinado en sus más pequeños detalles. Ostentaba sencillez, que combinaba perfectamente con lo majestuoso del orden corintio, escogido para su ornato interior. La parte exterior también era sencilla, salvo la fachada principal, o de entrada, al norte, que se embellecería para contrastar con la arquitectura de sus bóvedas, capillas y crucero. Imperial-Digueri procuró coordinar la suntuosidad y buen gusto con la mayor economía en beneficio del erario. Únicamente utilizaba la cantería fina labrada de Málaga y Bolonia para lo más indispensable: pilastras, fajas, cornisas y pavimentos. El resto de los materiales, excepto madera y complementarios, lo constituyeron: piedra quebrada, tierra y arena sacada de los desmontes. La obra, bellamente retocada con yesos arreglados a los tonos exigidos en el ornato, formaría un bonito conjunto.

El panteón, de análoga superficie a la de la iglesia, debería ser subterráneo, como una especie de cripta para enterramientos. Esta cripta hacía subir notablemente el valor total de la obra, que alcanzaba la cifra de 7.733.550 reales de vellón; pero tanto Imperial-Digueri como la junta no encontraron obstáculo para su realización, y con el beneplácito de todos se elevó el proyecto al Rey, a través de Marina, el 21 de febrero de 1786. Por real orden de 14 de marzo de 1786 mereció la alta aprobación de todo lo concerniente a la iglesia, pero no así lo relativo a la cripta, que el monarca decretó se eliminase del proyecto, sustituyéndola por un cementerio fuera de la población militar, para el cual se utilizarían materiales de las excavaciones que se practicasen, consiguiéndose por tanto disminuir el gasto presupuestario. De este modo quedó reducido el costo de la iglesia a 6.718.300 rvn, cuyo nuevo presupuesto se aprobó en real orden de 11 de abril de 1786.




El Rey Carlos III. Cedido por los autores.

La real orden de 14 de marzo citada, que aprobaba el primer presupuesto del hoy Panteón de Marinos Ilustres, así como el de la población militar, se dignaba resolver que ésta tomara “el glorioso nombre de San Carlos”, en memoria de su augusta persona, y que el templo se designase con el de la “Purísima Concepción”, como patrona que era de los reinos de España y de sus Indias. Además de otros varios mandatos que constituía aquel real precepto, manifestaba el Rey su deseo de que la obra de la parroquia se ejecutara con rapidez, a cuyo fin otorgaba amplias atribuciones, ordenando que la colocación de la primera piedra se efectuara con la solemnidad acostumbrada en tales casos a fin de dejar imperecedero recuerdo del desvelo con que S.M. atendía el fomento de su real Armada.

Después de varias sesiones de la Junta de Dirección del departamento de Cádiz, ésta, el 28 de junio de 1786, acordó que fuese el primer día festivo a partir de la fecha cuando se colocase la primera piedra de la iglesia, por tanto de la población militar de San Carlos, es decir, el domingo 2 de julio de 1786.


Capilla del Cristo de San Fernando. Cedido por los autores.

COLOCACION DE LA PRIMERA PIEDRA.
A las cinco de la tarde del día 2 de julio de 1786 se colocó la primera piedra del templo de la Purísima Concepción, patrona de los reinos de España y de sus Indias, hoy Panteón de marinos Ilustres. El solemne acto se desarrolló así:



La víspera de aquel día, es decir el 1 de julio, a las seis de la tarde, y como providencia preliminar, bendijo el teniente vicario del Ejército y Armada Domingo de Villanueva una tosca cruz de madera, que por su propia mano colocó en lo que sería la nave central del edificio, en el sitio donde levantarían el sagrario. A la hora convenida del día 2 se situaron en las inmediaciones de las obras las tropas de artillería e infantería de Marina con sus mandos naturales para tributar los honores de ordenanza. Poco antes de las cinco de la tarde salió de la capilla del Santo Cristo de la Veracruz, en solemne procesión, la religiosa comunidad de Nuestro Padre San Francisco, a la que seguían las autoridades locales, jefes y oficiales de los distintos cuerpos de la Armada e invitados del capitán general del departamento. Delante de la comitiva iba la banda de música del real cuerpo de infantería de Marina y a continuación un grupo de trabajadores portando sobre sus hombros la piedra destinada al efecto.


Cristo de la Vera-Cruz de San Fernando Cedido por los autores.

La piedra era fina, blanca y labrada con esmero; su forma la de un paralelepípedo rectangular; en sus cuatro caras verticales figuraban, bellamente esculpidos: un sol, una luna, una rosa y una azucena. Una de las bases estaba lisa, mientras que la otra tenía un hueco, hecho a cincel, destinado a contener un tubo de cristal forrado de plomo, de análogas proporciones. Dos días antes, en la vivienda del capitán de navío Imperial Diguerí y en presencia del escribano Cristóbal González Téllez, se habían reunido junto con el mayor general Cayetano de Lángara, brigadier Domingo Perla, ayudante general de artillería Felipe Villavicencio, comisario real de guerra y tesorero general del departamento Francisco Carlos Gorriola y teniente de navío ayudante de la mayoría general Ciriaco Prado. Dentro del tubo depositaron: un plano de la nueva población de San Carlos con parte de la Isla de León y terrenos adyacentes; una vista de la bahía trabajada en vitela; un estado general de la Armada de aquel año; una guía de forasteros; la inscripción dada por S.M, y cinco monedas de oro, diez de plata y siete de bronce, de ignorado valor. Colocaron uno por uno todos los objetos en el cristalino vaso, tapándose seguidamente la boca del frasco con un poco de betún. Embutido el vaso en su funda de plomo, se estañó la tapadera para evitar la corrosión debida a la humedad y a la posible transpiración sellándose con el escudo del capitán general del departamento. El padre Villanueva, que ejercía de pontifical, colocó el vaso en el hueco de la piedra, mientras entonaban los religiosos las oraciones prescritas para tales casos en el ritual de la Iglesia Católica.

A continuación tocó el turno al capitán general, Luis de Córdova y Córdova, quien haciendo uso de los útiles de albañilería para el caso reservados procedió a cubrir el agujero, arrojando algunos materiales para el afirmado. Ultimado esto, salió el religioso séquito de los cimientos y dirigiéndose al lugar donde se alzaba la cruz colocada el día anterior, entonaron los franciscanos un solemne Te Deum, mientras los obreros macizaban cuidadosamente el lugar donde se depositó la primera piedra para evitar “la malicia de algunos y la codicia de los más”. A la mañana siguiente, 3 de julio, comenzaron con verdadero entusiasmo las obras de la iglesia de la Purísima Concepción.


Luís de Cordova y Córdova. Cedido por los autores.

DESARROLLO DE LAS OBRAS HASTA LA TRANSFORMACION DE IGLESIA EN PANTEON. DESDE 1786 A 1850.Como quedó dicho, el día 3 de julio de 1786 dieron comienzo las obras, dirigidas por el ingeniero, capitán de navío Vicente Ignacio Imperial-Digueri y Trejo, quien tenía a sus órdenes al arquitecto de Marina, teniente de fragata Antonio de Bada y Navajas. Adelantaba el trabajo con rapidez y con relativa economía, colaborando en él a destajo los maestros de obras Ramón Estrada y Antonio Barrionuevo. Estos alarifes, debido a que las obras reportaban pérdidas, se vieron obligados a abandonarlas en julio de 1787. A finales de septiembre de 1789 fue relevado Imperial-Digueri por el arquitecto gaditano Gaspar de Molina y Zaldivar, tercer marqués de Ureña y conde de Saucedilla, nombrado por el Rey en soberano precepto de 28 de julio del mismo año. Por escasez de recursos y a propuesta del noble vocal Ureña, acordó la Junta Económica del departamento en sesión de 5 de mayo de 1790 se suspendiesen las obras para atender a otras de muy urgente servicio, como fueron: la boca de la dársena en el caño que acababa de abrirse, puente de paso que comunicara el arsenal con la población de San Carlos y la Isla de León, y la continuación del Cuartel de Batallones. Elevado el acuerdo a S.M., lo modificó en el sentido de que continuase lentamente la construcción de la iglesia, dando preferencia a aquellas obras, que más tarde inmortalizarían el nombre del marqués de Ureña.


Marqués de Ureña. Cedido por los autores.

En lo que respecta a la asistencia religiosa, eran varias las comunidades que se disputaban el honor de servir a la real Armada, y se decidió, teniendo en cuenta lo económico que resultaba, encomendar la dirección espiritual de los obreros y aforados de Marina a los franciscanos descalzos de Puerto Real. El convento se construyó en el que fue hospital de Marina, derribado en el verano de 1981, y del que sólo se conserva su puerta principal, levantada como monumento en los jardines donde se asentó y que dan frente a la puerta sur del panteón.


San Fernando población militar. Cedido por los autores.

Durante los años 1791 y 1792 continuaron las obras su curso ordinario, concretándose los materiales necesarios para ellas. Entre los diversos asentistas estaban: Juan Vidal, vecino de Tarifa, que tuvo a su cargo el suministro de piedra llamada de Bolonia; José Rodríguez, proveedor de maderas; Manuel González, Manuel Monsalve y Manuel de Reina, que facilitaron material diverso. En el año 1793 se encargó interinamente de dirigir las construcciones el ingeniero del arsenal Juan Smith. Una de sus primeras ideas fue proponer la supresión de los pórticos de las casas por lo costoso que resultaban, y que atendió la junta, aprobándose aquélla por real orden de 26 de febrero de 1793. En la propuesta también manifestaba Smith el mal emplazamiento orientado al norte de las principales fachadas, ya que en invierno resultarían sombrías y en verano, calurosas; así como la incomodidad que proporcionaría a sus moradores las argentinas voces de las campanas del templo. Por esta época estaban ya terminadas las casas del capitán general e intendente. En el año 1794 se paralizaron los trabajos casi en su totalidad, como consecuencia de la drástica reducción del presupuesto de Marina, disponiendo la real orden de 28 de abril de 1795 se concluyera el sagrario para que sirviera de iglesia provisional, continuándose en lo preciso para preservar el templo de las inclemencias del tiempo, y que, concluidos los cimientos del convento, se trataría de formalizar un contrato para edificar aquél. Análoga suerte cupo al cuartel, pues el otro que aparecía en el proyecto, no llegó a comenzarse.

En este estado de cosas, el 1 de junio de 1798, se presentó a las autoridades de la Armada José Rodríguez, conde del Parque, asentista del convento, contratista de algunas obras y acreedor de la Marina por la venta de terrenos en la población militar, proponiendo terminar para finales de 1799 el cuartel con sus pabellones y el convento, y habilitando el sagrario y sacristía de la iglesia, así como otras obras de menor importancia. Pedía dos millones de reales en cuatro plazos de medio millón cada uno, y que le entregasen además los materiales de excluidos de la factoría naval de La Carraca. La junta, presidida por José de Mazarredo, capitán general de la armada del Océano, después de varias sesiones, aceptó en 18 de agosto de 1798 la oferta por económica y conveniente, siendo decisivo para tal fin el informe emitido por el marqués de Ureña que terminaba con la siguiente frase

“...no puede ser desatendida la proposición del conde del Parque sin grave detrimento de los intereses del Rey”.


Estamentos militares. Cedido por los autores.

Con la propuesta del conde del Parque, que no alcanzó en nada a la iglesia, llegaron a su terminación el cuartel, la capitanía general, la intendencia y el convento; pero estos edificios quedaron abandonados y no fueron inmediatamente habitados, debido a los acontecimientos de los últimos años del siglo XVIII y comienzos del XIX, y muy singularmente por el desastre de Trafalgar, que dio lugar a la completa paralización de las obras, sepultando en el olvido las ya terminadas. Es casi seguro que la paralización de las obras arranca de 1805, ya que no se supo más sobre su continuación. Esta suposición tiene su fundamento en que el 28 de octubre de 1806 se remitió al interventor de la población militar, oficial primero Juan Bautista Uriburu, la cantidad de 5.476 reales de vellón para pago de varias atenciones, entre las que se contaba el importe de jornales invertidos en quitar el andamiaje del templo, no consignándose otra partida relativa a la iglesia, que había quedado toda a su altura y levantados en parte sus grandes arcos torales. Su ornato aún no había empezado y sus paredes todavía no estaban terminadas, de ahí los grandes estragos ocasionados por la inclemencia del tiempo. Posiblemente el sagrario de la iglesia hubiese sido arreglado y utilizado como capilla para el culto por los alumnos de la academia militar del Cuarto Ejército, que se instalaron el día 3 de abril de 1810, en lo que hoy es Escuela de Suboficiales de la Armada. Prueba de ello es que estos alumnos a la muerte de su director, coronel Mariano Gil de Bernabé, colocaron, precisamente en la antecapilla de levante, cubriendo sus restos, una gruesa placa de mármol dedicada a su memoria.


Junto el viejo Hospital de San Carlos. Cedido por los autores.

Después de varias vicisitudes históricas, se llega al año 1844 en el que el marqués de Nervión, Francisco Armero y Fernández de Peñaranda, ministro de Marina, puso las bases del Colegio Naval Militar, aprobándose un presupuesto de cerca de cuatro millones de reales para la reparación y acondicionamiento del edificio, que abrió sus puertas al año siguiente. La iglesia, para la que nada se presupuestó, era un local en ruinas y un verdadero foco de infección, ya que además de las basuras que allí se arrojaban, se utilizaba como depósito de cadáveres procedentes del hospital de San Carlos. Los escombros obstruían el paso y las plantas silvestres llenaban la casi totalidad del solar. Por fin, ante la iniciativa de algunos jefes del ministerio de Marina, elevó a la Reina, el titular del ramo, Mariano Roca de Togores, marqués de Molins, la propuesta de erigir en las ruinas de la iglesia un monumento donde la Armada conservase los restos de insignes marinos. El real mandato de fecha 10 de octubre de 1850 disponía que “... con la mayor prontitud posible se concluya y habilite dicho templo, destinándolo a capilla del contiguo colegio y Panteón de Marinos Ilustres...”.

BIBLIOGRAFÍA.
-Panteón de Marinos Ilustres. Vidas, homenajes e historia. José Carlos Fernández Fernández, Capitán de Fragata.


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Marqués de Nervión Cedido por los autores.

autores

José Carlos Fernández Fernández
José Luis Sánchez Montes de Oca
Juan Antonio Vijande Fernández
Marcos Fernández Martínez
Jesús Jaén Serrano



AS DE GUIA. Remitido por los autores del artículo.

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