El maestro Callado

La Tertulia Flamenca de la Isla le organizó un homenaje a Rafael Ortega una vez en el que pude hablar con el maestro después de muchos años. Otro tanto haría la Tertulia Taurina Isleña de Paquito Aragón y el maestro acudía a casi todos sus actos, vivía en contacto con la Isla, se sentía isleño, y nunca, como al toro, le perdió la cara a este su pueblo. La Fundación Municipal de Cultura le ha organizado sendos homenajes donde el doctor García Cubillana pudo reconstruir con acierto y eficacia muchos de los momentos de la vida, intensa, gloriosa y callada del maestro. Voces como las de José Carlos Fernández desde San Fernando Información llamaron la atención sobre el matador y el débito de la Isla para con una figura indiscutible que había llevado el nombre de la Isla a lo más alto. Voces como las de María Sánchez, la primera mujer académica de la Isla, Juan Mena, otro maestro de los de verdad en esto de la pluma y al que la Isla ya debe ir reconociendo por encima de mucha tinta sin garbo que se vende más que él y que su indudable capacidad creadora, Salud Torres, una poetisa nueva de fino sentir lírico, o Manoli de los Santos, cuya garra poética es netamente ascendente, y se asentará, lo seguro, como una innegable voz lírica de la Bahía, ofrecieron en ambos el apoyo de la literatura y de la estima a tan singular matador amigo.

Y digo todo esto porque son pocas las voces, dentro de la temible apatía de la Isla que se alzan reivindicando nada que sea intrínsicamente isleño. Pasa con las flores, pasa con las peñas, pasa con las cofradías, pasa con los distintos cargadores, pasa con las peñas taurinas, pasa que se dividen, se pelean, se oyen voces llenas de vanidades, rencores, pequeños odios como caspas, que hacen que la Isla no reconozca la verdad y levante en muchos campos ficticias figuras de unas horas. Figuras efímeras. La Isla que para eso tiene tantas cabezas de leones en las puertas del Ayuntamiento no quiere ser cola de los mismos y sí cabeza de ratón. En la división encontrada y en las marginaciones está la verdadera mezquindad de la Isla, y su agónico sentir de pueblo que no crece, que no se industrializa, que se entristece como un enfermo al sol en su azotea. ¡Ah, la Isla!, la que llena la boca de muchos de falsos amores a su nombre y a sus tradiciones, la Isla que tiene guerras entre sus diarios, sus emisoras, sus escuelas taurinas, sus revistas literarias, sus asociaciones o lo que sea. La Isla la más aficionada a la Semana Santa pero que se va a Sevilla o a Jerez, la Isla la que más entiende de toros pero nunca llena la plaza, la Isla que le da igual una idea brillante como un nervio de luz que cien ideas anodinas, apagadas, muertas con tal de venderlas como nuevas. Esa Isla debe reconocer al maestro. Esa Isla entera, sus toreros incluso que pasaron por la escuela de diputación que dirigiera el maestro, debería estar clamando por tener su monumento y su calle, o la plaza de toros o el aula, o algo significativo con el nombre del matador.

La Isla con muchos nombres de calles que son nombres de barcos, o de pájaros o de lo que sea, que no sabe ver, que juzga al hombre antes que a sus méritos artísticos, que condena antes que admira, que divide antes que suma.

Esa Isla de la que Juan Mena dijera aquello tan terrible en su prohibido paraíso, de que no le perdonaba que “siendo verdulero y broza de mercado tuvo el atrevimiento de hacer versos”. La Isla de Berenguer el gallego que la cimentó en literatura o la de Camarón o el Chato. La Isla de Ruiz Miguel. La misma Isla a la que no acuso sino que pido reflexión sobre estos temas con una soleá de Manuela de los Santos quien con innegable voz quebrada dejase en el papel la vieja sentencia de su voz joven.

La isla es un sentimiento, bella y triste como un cante, con su fondo de lamento.

Rafael Duarte.
Publicado en Boletín “Medio Ganchete” de la Cuadrilla “Nicolás Carrillo”. Año 1998