El ejercito español en 1810

Con fecha 15 de Noviembre de 1808 un Real decreto de la Junta Central Superior Gubernativa del Reino, declaraba rotos todos los vínculos que nos unían con el gobierno francés, como así mismo todos los tratados sin excepción, antiguos y modernos, que existían con Francia, desde el 20 de Abril en que la Soberanía Real y la dignidad augusta de la Nación, fueron infamemente insultadas y atropelladas en Bayona.

El pueblo español se había anticipado a determinación tan noble, desde el luctuoso y glorioso 2 de Mayo, y esta pobre nación que había sufrido el régimen de gobiernos incompetentes, formados por hombres inútiles, elevados al valimiento regio, por artes de camarilla, tuvo que afrontar heroicamente una guerra, hallándose sin Ejército ni Marina, pues si había barcos, no había armamentos ni material, porque todo el presupuesto nacional no bastaba para la codicia de los primates.

Así teníamos, que el 25 por 100 de dicho presupuesto era para la Casa Real; un 30 por 100 para Hacienda; un 40 por 100 para Guerra y Marina, y con el 5 por 100 restante, tenían que atenderse todas las demás exigencias del Estado.

Ahora bien, de este 40 por 100 del Ejército y Armada, era casi nulo el que llegaba a las fuerzas combatientes, pues los favorecidos de la suerte se llevaban la mejor ración. Solamente dieciséis personajes consumían cerca de cuatro millones de reales. De ellos correspondían a Godoy 803.176 en la siguiente forma: Como Consejero Real, 134.776; como primer Ministro, 480.000; como Capitán General, I20.000; como Sargento Mayor de Guardias, 60.000, y por franquicias, 8.400. A éste seguía el Secretario del Rey, que por sueldo y mesa, y por el Consejo de Indias, recibía 598.000. Después iba el primer Ministro, que por su sueldo y gratificación de mesa, recibía 300.000, y para que pudiera mantenerse con más decencia; que así se detallaba; 180.000. En total, 480.000. Luego iba D. Antonio Valdés y Bazán, ministro de Marina, con 444.000, pero, ¿a qué seguir con el detalle, si ya hemos apuntado el pillaje de todos ellos? Así el déficit había subido a mil millones de reales.

El sacrificio que tuvo que hacer el país, entregado a sus propias fuerzas por la fuga de los magnates, para afrontar tanta miseria, solo puede apreciarlo el que logre valorar el peso del patriotismo, porque en la fecha de la invasión francesa no había un solo real en las arcas del Erario; pues se empezaba por ignorar donde habían dejado estas los fugitivos. Tal era el desarreglo nacional. La situación de nuestro Estado Militar a la invasión de las huestes francesas, no podía ser más lamentable, tanto en los Ejércitos de mar como en los de tierra.

En Octubre de 1808, teníamos en la Península, un Ejército de 140.000 hombres, 1.900 caballos y 86 piezas de Artillería. Este ejército medianamente asistido, uniformado y equipado, es el que tuvo en los primeros momentos que hacer frente a los 300.000 veteranos que lanzó Napoleón sobre la Península, lográndose el milagro de contener la invasión y aniquilarla.

La caballería era el punto más débil de los ejércitos españoles. Puesto que a mediados del siglo XVII se prefirió la mula como principal medio de tracción en el campo, la falta de caballos agravó la situación. Vale la pena recordar que incluso los carruajes de la nobleza iban tirados por mulas; en vez de bueyes, la mula, más que el caballo, se había convertido en la principal fuerza animal durante la última mitad del siglo anterior, y por consiguiente la cría de caballos disminuyó. Cada año se importaba de Francia a través de Cataluña un impresionante número de mulas para mantener la cantidad necesaria que España no podía suministrar. Pero incluso razonablemente bien montada, la caballería patriótica solía ser la primera en dar la vuelta. Los aguerridos, aunque militarmente poco entrenados, reclutas de los pueblos podían resistir tenazmente un ataque frontal, pero cuando la caballería huía no habían aprendido a maniobrar para reducir la amenaza del enemigo desde el flanco o la retaguardia.

La Marina contaba con 92 buques entre navíos, fragatas y corbetas, así como 136 embarcaciones o naves menores, inútiles para el combate, y un total de 78.083 hombres. Nada en verdad tenían que envidiarse en sus organismos y estamentos el Ejército y la Armada, más si en el uno pudieron arbitrarse recursos por la mayor facilidad en improvisar los armamentos, en la otra fue imposible en absoluto. Faltaban barcos, y no se podían construir ni comprar. Aun con todo el deseo y abnegación de la Patria, más de un 30 por 100 de las fuerzas terrestres que hicieron frente en los primeros momentos al coloso del siglo, iban armadas de lanzas y chuzos. Tal era la pobreza nacional, tal era el atraso, la imprevisión, el abandono de aquella Corte concupiscente, que aún puestas en funcionamiento multitud de fábricas de armas, cuyo personal hubo de reclutarse a peso de oro, acudiendo además a los jefes retirados, no se logró armar por completo hasta última hora, a las fuerzas combatientes.

Desde luego, algo más que navajas y trabucos tenían los soldados españoles para defenderse. Sin embargo, las armas eran pocas y anticuadas. Y tan variadas de modelos y calibres que no se explica cómo se podían organizar unidades medianamente homogéneas. Algo nos facilitó nuestra aliada Inglaterra pero lo poco que mandó, casi todo desembarcado en Cádiz.

La escasez de fusiles preocupaba a la Junta Central desde el inicio de la guerra. No disponía del número necesario para armar a todos los que se alistaban espontánea e incondicionalmente al comienzo del alzamiento. Por eso se pidió ayuda a Inglaterra que nos proporcionó ciento setenta mil fusiles a finales de 1808, con la promesa de posteriores envíos. Pero al quedarse Inglaterra sin fusiles el gobierno se vio obligado a pedirlos a la Compañía de la India Oriental, que utilizaba un arma más barata y con el cañón más corto para equipar a un ejército menos exigente que el británico. La Compañía accedió; siendo la mayoría de los fusiles enviados a España de este modelo. Quizás debido a eso, y al mal entrenamiento de los nuevos reclutas se estropearon rápidamente.

Con su cañón liso, el fusil de chispa era un arma de fuego relativamente simple. Su alcance efectivo era de unos cien metros. Estaba diseñado no tanto para apuntar a un único blanco como para ser disparado por los soldados en descargas. No obstante, su carácter elemental tenía sus compensaciones: los cartuchos, consistentes en un rollo de papel cilíndrico retorcido que contenía pólvora y una bala, eran fáciles de fabricar a mano; para cargarlo, el soldado arrancaba el papel con los dientes, echaba la pólvora, la bala y el papel como taco sellador por la boca del cañón y lo prensaba todo con la baqueta; la llave de chispa prendía la pólvora disparando el fusil. Un soldado entrenado podía efectuar cuatro disparos cada tres minutos, pero durante el proceso la boca y los labios le quedaban resecos y ennegrecidos por la pólvora.

La fabricación de un fusil era un proceso lento que implicaba a cinco maestros armeros, cada uno de ellos especialista de una parte distinta: cañonero, llavero, cajero, latonero y bayonetero. La parte más compleja, el cañón, requería el enrollado y forja de una lámina trapezoidal de hierro especial y de un grosor específico, que luego tenía que ser perforada al tamaño correcto de la bala, y sus asperezas limadas a mano. Un armero cualificado podía hacer de tres a cuatro cañones al día. Tradicionalmente, cada maestro y su oficial trabajaban en la casa del maestro entregando periódicamente sus componentes a la «fábrica» y recogiendo nueva materia prima, cuyo coste se deducía del precio estipulado para cada pieza. La fábrica comprobaba todas las piezas y el examinador rompía las que eran inservibles, siendo el maestro quien había de compensar la deficiencia. (La maldita guerra de España.- Ronald Fraser.)

Especialmente, la artillería era un verdadero saldo de calibres. Las cureñas para los cañones que se artillaron en el puente Suazo y baterías flanqueantes los tuvo que facilitar la Marina. Y es precisamente la artillería la que consigue el primer éxito defensivo ante el ataque intimidatorio de Víctor.

De Marina, todo cuanto se diga, será poco. Y todo debido a la descuidada administración que no había logrado hacer un solo barco después de nuestros desastres marítimos, y para el escaso número de cascos inútiles que había, sostenía con lujo innumerables centros burocráticos, que todo lo entorpecían, además de llevarse la mayor parte de las consignaciones. Ya lo había reconocido así y declarado en 1807, el Jefe de Escuadra D. Antonio de Escaño, en los extraordinarios apuntes que publicó su Ayudante, el Teniente de Navío D. Manuel del Castillo y Castro, que con otros no menos meritísimos trabajos, quedaron relegados al olvido, porque no podían entonces ver la luz, pues en el ánimo de D. Manuel Godoy, solo cabían las reformas que podían alimentar su codicia, a cuya egoísta exigencia, ajustó siempre su forma de gobierno.

Reconocía Escaño en sus reformas, que por más que sufriera el noble orgullo patrio, era preciso confesar, que sólo los ingleses eran maestros en el arte de navegar, y de ellos debíamos tomar el ejemplo, imitándoles en lo que fuese más oportuno para nuestro poderío marítimo, dentro de las atenciones que reclamaba el país.

Sabiamente declaraba, que para regenerar los servicios navales, huyendo del desencanto propio de toda reforma, era condición indispensable que el Estado atendiese a cuanto requería el ramo marítimo en material y personal, pues el objetivo de toda Marina de Guerra, estribaba exclusivamente en sostener en el mar una fuerza militar, capaz de desempeñar, a conciencia y en todo tiempo, sus funciones.

Hasta entonces no había sido posible conseguir nada. Nuestra organización continuaba siempre víctima de la mala administración, del olvido y del desconcierto. Más que a la parte práctica del servicio se había atendido con exceso a lo puramente accesorio, así los grandes y magníficos Arsenales abiertos y fundados a toda costa; los Colegios y Academias de Guardias Marinas; los de Pilotos; Cuarteles; Cuerpo de Artillería, Infantería e Ingenieros; los Hospitales y Colegios de Cirugía; las fábricas levantadas y sostenidas aparte de los Arsenales; las Secretarías; los Almirantazgos; las Direcciones generales de los Departamentos y sus Mayorías; las Mayorías generales; los Establecimientos de Cuerpos de Matrículas; el numeroso y casi monstruoso de Contaduría; el de Cirujanos; el Vicariato General con sus correspondientes Capellanes; todo este enorme organismo, se había erigido, instaurado y alimentado, para poner en el mar algunos buques armados; organismo que sería útil para una poderosa Armada, pero absolutamente inútil para la importancia y situación de las fuerzas que entonces navegaban.

Si equivocadamente se había atendido a lo material, más equivocadamente se había valorado en los oficiales el mérito individual, pospuesto siempre al linaje del apellido; y sucedía, que el mando, los destinos, comisiones de importancia, y todo lo que podía contribuir al prestigio e interés particular, incluido el ascenso en la carrera, había quedado vinculado a ciertas personalidades y a su descendencia, por cuyo linaje se deducía exclusivamente la aptitud y talento para el cargo. Existían buques y destinos que sufragaba y mantenía la nación, solamente como patrimonio de tales sujetos, mientras el resto de los compañeros, que constituían el mayor número y el más benemérito, servían sólo para llevar lo más pesado, árido y trabajoso de la carrera, motivo por el cual se habían perdido los mejores oficiales de la Armada, que aburridos, disgustados y dolidos de verse postergados, y aun totalmente olvidados, se habían retirado a sus casas, en busca de otro género de vida, huyendo de un Cuerpo tan ingrato como injusto.

En el plan de estudios se sostenía equivocadamente la omnisciencia, pretendiendo que el oficial había de ser físico, químico, astrónomo, ingeniero, piloto, marinero, táctico, artillero, maniobrista y en cierto modo hasta político, recargando los cursos de tal forma, que al final resultaba la mayoría sin saber nada; y de unos hombres que bajo otro sistema hubieran podido ser útiles a su patria, se lograba solo obtener algunos oficiales medianos. La reforma que se proponía, consistía en desmantelar tan equivocado sistema, no dejando para el oficial más ciencia que la del pilotaje y maniobras, con algunos otros conocimientos, y práctica; ésta sobre todo, constante, en lo referente al arte naval.

Decía Escaño, que el Cuerpo de oficiales de marina, era el punto de apoyo, resorte, o el alma que había de sostener, dar vida y movimiento física y materialmente a toda la máquina de los buques armados. Por consiguiente, la educación naval de estos oficiales, y el sistema que debía regirlos posteriormente, debía adaptarse a estos luminosos principios, sin lo cual, todo lo demás que se hiciera sería vano. La profesión del oficial de Marina, propiamente dicha, era rudísima, y a ella debía conformarse rigurosamente el que pretendiera serlo, sopena de no llamarse tal, ni de servir más que de estorbo y pesadísima carga, muy nociva para la Nación. Haber hecho, como hasta entonces, que los Guardias Marinas, viniesen al servicio para ser unos señoritos, era el error más fatal que pudo jamás cometerse, del que se habían seguido males incalculables.

Al alma llegaban las

Al alma llegaban las reflexiones del veterano General, pero a ella llegaban sanamente, como el bisturí del cirujano llega al órgano enfermo, que es preciso amputar para salvar al moribundo.

En la escala de graduaciones, consideraba sobrantes muchos empleos, que solo venían a estorbar el servicio, por la igualdad de atribuciones, y así proponía sencillamente: Guardias Marinas; Tenientes de Navío; Capitanes de Fragata y Capitanes de Navío, es decir: Tenientes, Capitanes, Tenientes Coroneles y Coroneles. Al tratar de los sueldos, hacía presente la necesidad de que fuesen elevados, como también reclamaba el Ejército, donde los empleos estaban con miseria remunerados, especialmente en la clase de Jefes.

Mientras en los altos estamentos, y en las altas personalidades, se derrochaba sin tino, y se gratificaba sin medida todo servicio, un régimen de miseria, ruindad y de abandono regía para los que verdaderamente llevaban el peso del trabajo, y la mayor mezquindad para los sueldos de las fuerzas combatientes, cuyas atenciones estaban por completo abandonadas.

Doloroso y triste era también el cuadro que presentaban los huérfanos y viudas del Ejército y Marina, sin derecho a pensiones, o con miserables cantidades las menos, mientras en las clases civiles subían como la espuma las jubilaciones y los derechos pasivos.

Ignominioso y doloroso es igualmente el estudio de las combinaciones y arreglo que hicieron los Ministros de Ha­cienda de aquella época para aumentar los presupuestos, en los que no quedaba margen alguno ni para las ineludibles necesidades públicas, hallándose cerrados casi todos los centros docentes, y desamparadas las atenciones de beneficencia, por el sostenimiento de lujos palatinos. Vergonzoso era, porque su detalle es de lo más peculiar que relatarse puede, y muestra el desbarajuste arbitrario de este país, en el que, para satisfacer una obligación, se comienza por sacar de ella lo vital y aprovechable, acudiendo a los procedimientos más vulgares, sean o no legítimos y justos.

Así, además de contratar numerosos préstamos nacionales y extranjeros, se subió el precio del papel sellado, y se hizo obligatorio su uso para todo requisito oficial. Se recargó la contribución sobre el tabaco y la sal. Se impuso el descuento vil a los empleados, sobre sueldos, gratificaciones, cru­ces, encomiendas e indemnizaciones. Se recogieron las alhajas sobrantes de las iglesias, para fundirlas y convertir­las en moneda; se crearon tres series de vales para un préstamo público de 964 millones de reales, los que no tenían cotización alguna y con los cuales se pagaba todo; se sometieron a rifas, títulos nobiliarios de Castilla que adquiría aquel a quien tocaba el premio en el sorteo; se impuso un descuento gradual del 10 al 15% sobre los fondos de Propios y Arbitrios; sobre los arrendamientos de tierras, fincas, censos, derechos reales, jurisdiccionales, bienes de manos muertas, vinculaciones, etc.; aplicándose íntegro al Tesoro el producto de las vacantes de dignidades y beneficios eclesiásticos. Se propuso la admisión de los judíos para el fomento del Comercio e Industria, fundamentando el propósito, sobre la peculiar aptitud negociadora de este colectivo; se creó un original impuesto sobre criados y criadas, caballos, mulas, fondas, hospederías, confiterías, tabernas, carruajes y casas de juego; se establecieron rifas a modo de loterías, con premio en dinero y rentas vitalicias.

Cuando todo había sido explotado, se recargó onerosamente el descuento a las clases del Estado, que ya vivían en la miseria por lo corto de las remuneraciones, no respetando sueldos, jubilaciones ni retiros, pues no era cosa de que los primates bajaran un solo real en los millones que seguían distrayendo del presupuesto, ni que las clases civiles sufrieran rebaja alguna en los altísimos emolumentos de que gozaban, sin más méritos que la elección de la casualidad, o el favor que los colocaba de un golpe en elevados puestos. Pretender entonces, como ahora, (el ahora es el 1914) que las economías comenzaran por arriba, era una solemne locura. La solución más fácil era castigar al pequeño, cuya queja no había de conmover seguramente el pedestal en el que se elevaban los magnates.

Esta dolorosa situación era pública, y bien conocida internacionalmente: En la nota diplomática que Juan Bautista de Champagny, Ministro de Relaciones Exteriores de Napoleón, dirigió desde Bayona a todos los Embajadores, el 20 de Junio de 1808, decía: «Sin Consejo, Ministros, Direcciones, Escuadras, ni Tesoro público, ofrece España un espectáculo desconocido en los anales de los pueblos. La máquina gubernativa está desorganizada, la administración envilecida; las tropas de tierra y mar, sin pagar; los Arsenales cerrados y sin provisiones; los sueldos de los empleados sin satisfacer; en las provincias el atraso es de muchos meses, y llevan actualmente dieciocho, sin cobrar, los reformados y viudas.»

Hemos dado el anterior detalle, para que se juzgue en su importancia, el miserable estado de nuestro poderío mili­tar; para que se aprecie en su medida  el sacrificio realizado por el pueblo español, que logró formar un Ejército sin presupuesto ni material, fabricar armas y organizar unidades; para que la gloria gaditana sea mayor, si mayor puede ser para la ciudad generosa que llegó a ofrecer en garantía de préstamo, sus casas y hogares, por haber agotado ya todos los medios de recaudar dinero para la campaña. (Las apremiantes necesidades del Ejército obligaron a la Regencia en Febrero de 1810, a solicitar del embajador inglés veinte millones de reales. Éste puso algunas dificultades, por no tener autorización de su Gobierno, insistió Isturiz, que era el comisionado de la Regencia, con estas palabras: La Ciudad de Cádiz está dispuesta á dar su caserío en hipoteca por valor de veinte millones de reales. Si V. S. no los facilita, un barco nos espera para pasar al Puerto de Santa María y hacer esta proposición al Mariscal Soult. — (Adolfo de Castro. —Historia de Cádiz).

El Ministro inglés entregó a las pocas horas a la Regencia la cantidad solicitada, en letras sobre la Tesorería, que fueron negociadas por la Junta Superior de Gobierno y Defensa, para su inmediata aplicación.)

El Ejército y la Marina, instituciones ambas en cuya fuerza y poderío debe fundamentar la Nación su seguridad e independencia, fueron siempre tratadas por los legisladores como un elemento de segundo orden. En la actualidad (1914) todos los partidos están conformes en que las miserias tradi­cionales, los ataques injustos del extranjero, el desprecio con que somos tratados en el concierto mundial, y la ninguna atención que se nos concede en los Congresos, donde las grandes potencias resuelven tranquilamente reparto de territorios y límites de posesiones, obedecen a su reconocida penuria. Todos están conformes, todos lo confiesan; y sin embargo, continuamos escasos de armamentos terrestres, sin barcos de importancia, y sujetos como todas las clases del estado a miserables consignaciones.

Dilema éste imposible de descifrar, no acudiendo a otros argumentos que a los tristes de la idiosincrasia española y solamente a ella deben achacarse nuestros duelos, pues locamente dejamos correr los años, en espera de un tranquilo y próspero mañana, que nunca llega, para implantar las reformas que la actividad y eficacia de los organismos guerreros reclaman con urgencia, dándose al olvido hecatombes que se reproducen inesperadamente, sorprendiéndonos en el mejor de los sueños. Así, en cada campaña, resurge el desconcierto de lo improvisado, peor y más caro de lo que se pudo hacer en la tranquilidad de la paz. Se dictan órdenes imposibles de realizar; se buscan hombres que no se encuentran; se forman nuevas oficialidades con ofrecimientos que luego no pueden cumplirse, tal vez cuando no hacía mucho se había facilitado la salida de la que se juzgaba sobrante, por esa economía mal entendida, que disminuyendo las obligaciones activas, aumenta las pasivas en perjuicio del presupuesto.

Por esta causa se hizo siempre difícil la carrera militar, porque la reducción de unidades, produce el estancamiento en las escalas y la vejez en todos los empleos, hasta el extremo de haber sido la oficialidad española la más vieja de Europa. Así teníamos en 1806, como promedio en la escala de Coroneles y Tenientes Coroneles, los 64 años; en la de Comandantes, los 63; en la de Sargentos Mayores y Capitanes, los 58; y en la de Tenientes y Alféreces, los 50.

En el Regimiento Caballería de España, servía el Comandante D. Jerónimo Ramírez, que tenía 79 años de edad y 52 de servicios, y en el de la Costa de Granada, D. Diego Carbonell, con 69 años de edad y 53 de servicios. El Jefe de mejor carrera en el Arma, era el Coronel D. Luis Creí, que estaba agregado al Cuerpo para el cobro de haberes, y tenía una pierna rota por tres partes y deshecho el pié, de resultas de la explosión de un polvorín en la retirada del Ejército de Cataluña el 20 de Noviembre de 1794. Este jefe, que había adquirido rápidos ascensos por su acrisolado valor, solo tenía 40 años de edad y llevaba 17 de servicios.

En el generalato variaba por completo el modo de ser, pues a excepción de  contados ancianos procedentes de los Cuerpos facultativos, en las demás Armas había casos notables de juventud, de los que eran muestra los Brigadieres Conde de Belveder, de 29 años de edad; Conde de Montijo, y D. Pedro Agustín Girón, de 30 años; el Marqués de Palacio, de 32; D. Enrique O’Donnell y D. Francisco Palafox, de 33, y D. Luis Lacy, de 36; figurando entre los 40 y 46 años, en escala gradual los Brigadieres, D. Juan Hinestrosa; el Mariscal de Campo, D. Juan O’Neille; el Teniente General, D. Manuel de Lapeña; los Mariscales de Campo: Conde de Castejón y Conde de Cartaojal y el Teniente General, Duque del infantado. En los Generales franceses, era el más joven, Junot, Duque de Abrantes, que tenía 36 años. Los Mariscales: Ney, Duque de Elchingen; Lannes, y Mortier, de 39, como el Emperador; Bessiéres, Duque de Istria, de 40; Víc­tor, Duque de Bellune, y Saint-Cyr, de 43.

El Generalato español en 1808 estaba formado por dos clases de hombres en muchas cosas totalmente di­ferentes. Los que por razón de la sangre, procedentes de la nobleza, ascendían rápidamente a elevados puestos de la milicia y los que trabajosamente y gracias a su tesón y esfuerzo lograban alcanzar el fajín de General. Estos casi siempre desempeñaban puestos facultativos y los primeros dirigían las tro­pas, quizás con no mucha pericia, pero siempre cargaban delante de la primera línea. Castaños, Lacy, Ballesteros, La Peña, Lardizábal y otros, pueden  ser catalogados en estos dos grupos sin gran dificultad.

Sin embargo, vamos a elegir solamente a dos generales en que estas diferencias se acusan más marcadamente, porque ellos tuvieron un destacado papel en los hechos de aquellos días: Solano y Morla.

Solano, aristócrata, Marques del Socorro, a los veintiséis años ya es Mariscal de Campo. Morla, hasta bien pasada la cuarentena no se ciñe la faja roja.

Solano, alto, bien parecido, elegante, se mueve con soltura en los salones. Morla, achaparrado, sólo se encuentra a gusto en el Cuartel.

Los dos son admiradores de los franceses, sin dejar por ello de ser patriotas. Pero Solano sin ocultarlo.

Morla, cauto, reconoce la superioridad de todo lo francés pero lo disimula. Los dos recelan del reciente aliado inglés.

Solano con valentía, desde el balcón de su casa, en la Plazoleta de las Nieves, ante las turbas enfurecidas que piden se ataque a Rosilly, les dice señalando a los barcos de Purvis que cierran la Bahía: ¡Aquellos son nuestros enemigos!, aunque sabe que esto le va a costar la vida.

Morla, cuando tiene a los ingleses como refuer­zo, los cambia constantemente de sitio no vayan a echar raíces como en las Roca.

Sin embargo, los dos son corteses con los ingleses. Tanto uno como otro en su correspondencia con Purvis o Collingwood se despiden con un «su más humilde servidor.»

Pero ante la adversidad vuelven a ser diferentes: Solano marcha a la muerte con dignidad, que causa respeto a sus propios opresores, no lleva más que una preocupación, morir con dignidad, que no lo cuelguen en el patíbulo de la plaza de San Juan de Dios. Cómo sería el semblante del Mar­qués del Socorro, que un amigo íntimo, para salvarlo de la afrenta, lo atraviesa con un estoque.

Morla, sin embargo, cuando se rinde en Madrid es llamado por Napoleón a su tienda de campaña, que ha montado en Chamartín y recibe una fabulosa bronca del Emperador, que lo acusa de todo, incluso de cosas que Morla no era responsable. Morla, humilde, aguanta sin chistar la reprimenda y a continuación deserta y se pasa al francés. Desde luego la cólera del Emperador debía de ser de ar­mas tomar, pero Solano, en las mismas circuns­tancias seguro que hubiera estado digno.

Estos son, a grandes rasgos los tipos humanos de los Generales de aquellos días. ¿Quiénes fueron mejores? En los dos grupos hubo de todo como en la casa del Señor.

Pero para juzgarlos no hay que olvidar las circunstancias en que tuvieron que actuar. Mientras luchaban contra los imperiales tenían que sa­cudirse las continuas ingerencias de la Regencia, de las Juntas y de las Cortes en asuntos que eran única y exclusivamente competencia de los militares.

Pero tanto las Cortes como la Junta metían con demasiada frecuencia las narices, no sólo en la dirección de la Guerra, sino en detalles de pura táctica. Y a esto había que sumar las dificultades que les creaban los Generales ingleses que en muchas ocasiones se mostraban impertinentes en asuntos en que nadie les había dado vela.

Del grupo de los Solanos hay que admirar el ele­gante valor que pasearon por el campo de batalla. Eso que alguien ha dicho que debe ser la función de la nobleza: «Un magisterio de buenas costumbres».

De los Morlas, la competencia y la honradez profesional.

La masa general de los oficiales del ejército en los Cuerpos nacionales y ex­tranjeros, procedía de la clase de cadetes o de la de sar­gentos; Clonard en su “Historia Orgánica de las Armas de Infantería y Caballería Española”, dice así: »Los de la primera, que constituían las dos terceras par­tes de la oficialidad, solían tener una educación más esme­rada, mayores conocimientos en el arte de la guerra, pero en cambio adolecían de vicios, comunes entonces en la esfera social en que habían nacido; no siempre se manifes­taban dóciles á las exigencias de la disciplina. Los segun­dos, que componían el otro tercio, solían ser más puntuales en el cumplimiento de la parte económica de sus obligacio­nes, pero salían por lo regular de la clase de sargentos, en edad demasiado avanzada, para que pudiesen adquirir la instrucción militar que exigía su nueva posición; y bien sea por esta razón, ó por una costumbre que llega á formar una segunda naturaleza, varios de ellos vivían aislados del resto de la oficialidad, careciendo por lo mismo este cuerpo, de la unión que siempre debe reinar entre los individuos que le componen. Esto no quita que hubiese en esta clase muy honrosas excepciones, pues figuraron en ella muy digna­mente algunos jóvenes de mucha disposición y procedentes de buenas familias, que por falta de recursos para entrar a servir como cadetes, abríanse paso por este decoroso camino á los más encumbrados puestos de la milicia, con gran provecho del servicio.

En cuanto á la instrucción de los Oficiales de una y otra procedencia, si bien existían algunos dotados de conoci­mientos sólidos y variados, notábase un vacío grande; vacío que dejaba declinar sensiblemente el lustre de la siempre distinguida Oficialidad española.»

Por lo que respecta a los Cuerpos privilegiados de la Real Casa, véase lo que dice un autor, sobre el de Guardias de Corps, tan famoso entonces: »Una bandolera era el bello ideal de los segundones, ó de los primogénitos que no eran mayorazgos. Para obtenerla, era preciso ingresar en el Real Cuerpo de Guardias de Corps. Constaba este de cuatro compañías, á saber: la Flamen­ca, la Americana, la Italiana y la Española.

Los guardias, que tenían el tratamiento de Caballeros, la categoría de Oficiales de Ejército, y diez reales diarios de prést, vestían todos un mismo uniforme; solo la bandolera era lo que indicaba á que compañía pertenecía.

Los de la Compañía Flamenca, la llevaban amarilla; los de la Americana, morada; los de la Italiana, verde, y los de la Española, carmesí. Estos colores estaban casados en todas, con galones de plata.  Había entre los Guardias mucho compañerismo.

La mayor parte de ellos vivían en el cuartel, cada uno con su doméstico. Cuando no estaban de guardia, pasaban el rato jugando ó enamorando á doncellas y casadas; y como dice Flores: “El Guardia de Corps cumplía su cometido con dar cuenta á su amor de los días que estaba libre y de los  zaguanetes, y de si corría, Príncipes ó Reyes, y ella le paga­ba pidiéndole celos de alguna camarista ó moza de retrete, y á veces de la patrona, y hasta del caballo, á quien decía que mimaba más que á ella”. (Los Ministros de España desde 1800 a 1869. – Historia contemporánea) »

Y para terminar con la oficialidad, reproduzco una parte del Examen del dictamen fiscal, propuesto, por el Mariscal de Campo, D. Tomás Moreno, al Supremo Consejo, el 25 de septiembre de 1810, que trata sobre los Colegios Militares: ¿En dónde existen aquellos seminarios, ó colegios, que todas las naciones de Europa sostienen a toda costa, con el objeto de instruir a la juventud en los rudimentos de la honrosa carrera de las armas? No los hay, ni ha habido en muchos años. En el de 1786, acabó de extin­guirse el último que nos restaba, y a mí mismo me aconteció que, habiendo logrado en la menor edad la gracia para estudiar en él, cuando llegué ya estaba la puerta cerrada. Puerta que no ha vuelto a abrirse en el discurso de 26 años, y de cuyo suceso se lamentarán incesantemente, los buenos oficiales de caballería. Hablo del Colegio de Ocaña, dirigido por nuestro sabio General el Sr. Ricardos, destinado para la educación de los jóvenes que se dedicaban a esta arma. Es cosa muy digna de admiración, que en medio de un trastorno, y desorden no conocido, haya subsistido un establecimiento militar, que en vez de sufrir el descalabro de los demás, mejorase, en mi concepto, de consti­tución. Tal es el Colegio de Segovia, que no hallando suficientes pala­bras, para encarecerlo, me limito a decir, que ha sido mirado con respeto, y emulación de las potencias extranjeras (sic). Yo no acierto a discurrir sobre la causa da este fenómeno. No nos preocupemos; el oficial de infantería, hablando en general, no ha podido instruirse teóricamente sobre la parte más esencial de su profesión, y los esfuer­zos de la aplicación, y decidida inclinación de muchos, han sido el único móvil para que lleguen a conseguirlo.»

Este colegio se trasladó, huyendo de los franceses, desde Segovia hasta la Isla de León, al mando de su director el Coronel Gil de Bernabé, instalándose en la población de San Carlos en el edificio Carlos III, hoy Escuela de Suboficiales. Debido al buen porte, disciplina y vistoso uniforme eran conocidos sus alumnos  por los Gilitos; su Coronel fue el primer militar enterrado en el Panteón de Marinos Ilustres, donde aun descansan sus restos.

La tropa de los Cuerpos nacionales y parte de los extranjeros, no suizos, provenía de quintas, reclutas, voluntarios y aplicados al servicio por diferentes tribunales y justicias del reino. Estos tres medios de reclutamiento adolecían de tales vicios, que por lo regular no suministraban al Ejér­cito más que elementos de escasísimo valor.

La gente que con nombres de quintos acudía a nutrir las filas del Ejército, venía mezclada con gran número de indi­viduos disolutos, debido a varias razones e incidentes por entonces irremediables. Pueblo había en que no se llevaba a cabo el alistamiento, cubriendo el cupo que le correspondía con hombres llenos de vicios, y en aquellos en que se realizaba, el resultado era casi idéntico, porque al amparo del dere­cho de sustitución, se cometían las mayores ilegalidades, admitiéndose por sustitutos, hasta extranjeros y desertores consentidos o buscados de la matrícula de Marina. No fal­taron tampoco casados, hombres de escasa talla y lisiados, que los facultativos daban por sanos, al mismo tiempo que declaraban inútiles para el servicio, a muchos de sus familiares y amigos con males ficticios.

No era mucho mejor la clase de voluntarios. Los que se resolvían por sí mismos a tomar las armas, no eran por lo regular personas de muy buenas circunstancias. La mala vida era el principal móvil a que cedían, al escoger esta determinación.

En cuanto a los que procedían de levas, excusado es que no nos ocupemos de ellos. Sabe todo el mundo a qué se reducía el papel de estos hombres. Los más desaparecían a poco tiempo de ingresar en filas, haciéndose salteadores de caminos, bandoleros o cualquier otro oficio fuera de la ley, y los que en ellas permanecían, no hacían más que corromper a los demás, con su mal ejemplo, y poniendo a prueba de mil modos la justicia y paciencia de sus Jefes.

Cuando hubo necesidad de alistar nuevos reclutas, la recién creada Junta Suprema siguió los procedimientos de movilización del Antiguo Régimen. Con su apariencia superficial de igualdad, es decir, el sorteo de todos aquellos considerados aptos para el servicio, este método tenía la posibilidad inherente de ser manipulado. Para conseguir la cantidad de hombres necesaria el nuevo gobierno central, fijó cuotas para cada provincia sin tener un conocimiento real de cuántos se habían alistado de cada una al inicio de la guerra; a su vez, las capitales provinciales asignaron un porcentaje de dichas cuotas a cada pueblo y ciudad.

Al carecer de una estructura administrativa que gestionase el reclutamiento, el gobierno central y las juntas provinciales se vieron obligados a dejar en manos de los alcaldes locales, como en el Antiguo Régimen, la decisión de quiénes habían de ser incluidos en las listas de sorteo. Esto conducía inevitablemente al favoritismo, la manipulación y la corrupción a escala local para obtener la exención de hi­jos, parientes y amigos de oligarcas locales.

A pesar de la reiterada insistencia de la Suprema de que no debía haber exenciones a excepción de los incapacitados físicos, los abusos estuvieron a la orden del día. Esta desigualdad a la hora del sacrificio desembocó en disturbios populares, protestas y animadversión que se extendieron por todas partes. El reclutamiento provocó tal avalancha de protestas que, en mayo de 1809, la Junta Suprema ordenó que cada provincia crease una Junta de Agravios para investigar las quejas; en fecha tan tardía como el 1 de diciembre de 1809, en el distrito militar de Sevilla, la lista de casos irregulares era impresionante y los pueblos de donde provenían llenaban dos amplios y densos folios de texto manuscrito.

En uno de estos pueblos, Puebla de Guzmán, al suroeste de Andalucía, los reclutados protestaban que los jueces locales habían declarado exentos a treinta y dos, que eran claramente aptos para el servicio.

Un sacerdote procedente de aquella región, refiriéndose a este pueblo, explicó: Las justicias (jueces), o los caciques, que a estos manejan son la causa eficiente de aquellos motibos (sic) … Sus intrigas por libertar (tal vez sin el mas justo fundamento) a los hijos de estos caciques, los de sus aliados y parciales, tienen a este pueblo en la mas viva fermentación … V.M. (la Junta Suprema) debe vivir persuadido, que el pecado original de los pueblos, esta reducido (sic) a tres puntos: Quien ha de mandar: Quien ha de robar mas, y Quien ha de pagar menos». El reverendo Gómez, que había ofrecido sus servicios a la Suprema como investigador itinerante en los pueblos de la región para acelerar el alistamiento, detener a los desertores, localizar los caballos necesarios y conseguirlos mediante expropiación para la caballería patriótica, in­formó que en Sevilla los oligarcas locales habían llegado a pagar hasta diez mil reales para liberar a un hijo.

Otros medios de sustraerse al reclutamiento eran las enfermedades fingidas y los casamientos rápidos. (El alcalde) Juan de Bargas tiene dos hijos: uno fue liberto por la ins­pección por decir, que no podía morder el cartucho, y al otro lo casó ahora un mes que aun no se ha unido el matrimonio. El Pueblo esta alborotado con estos procedimientos, que los tienen todos por hijos del Soborno. Y yo por mi para descargo de mi conciencia, y según lo que les he observado los unos y otros cavilosísimos (sic), y muy justo y fundado el disgusto del Pueblo. (La maldita guerra de España – Ronald Fraser).

El reclutamiento era impopular en todas partes. Sin embargo, la mayoría de los trabajadores pobres estaba dispuesta a aceptarlo como una necesidad ineludible en tiempos de guerra, siem­pre que se llevase a cabo con justicia y reflejase una igualdad social.

El reclutamiento era una intimidación que en circunstancias normales estos trabajadores habrían tratado de evitar por todos los medios; nadie mejor que un médico militar catalán que vivió el sitio de Gerona para describir las condiciones de vida de un soldado en tiempos de guerra: …exponerse al sol, a la lluvia, nieves, vientos, humedades; padecer fríos excesivos; tener día y noche los vestidos mojados; acalorarse hasta sudar, y enfriarse de repente; pasar toda la noche al raso; acostarse sobre la tie­rra, o la sola paja, las mas veces mojada; estar meses enteros sin desnu­darse, ni dormir en cama; beber malas aguas, y peor vino; comer pan de mala calidad, de mal trigo, y mal amasado y cocido, carne corrompida, frutas y pescado de mala calidad; hacer marchas y otros ejercicios vio­lentos … y todos padecer sustos continuos… Nada haya más perjudicial a la salud del hombre que pasar repentinamente de una vida regular, y de un trabajo moderado á otra activa, laboriosa y no acostumbrada…  (Viader, 1810, pp. 29—30.)

Por lo tanto, no es de sorprender que muchos reclutas patriotas, enfrentados no sólo a estas condiciones sino también a la perspectiva de verse arrojados sin entrenamiento previo al campo de batalla y muy probablemente expuestos a una muerte violenta, fuesen sumamente rea­cios a servir, y que el mayor ejército reclutado en España hasta entonces sufriese elevados índices de deserción.

La proporción de militares españoles respecto a los civiles estaba por debajo de la media europea y muy por debajo de la de Prusia, Austria e incluso Rusia, (La proporción española era de 1:160; Prusia, 1:29; Austria, l: 96; y Rusia, 1:120.

 El soldado del período anterior a la guerra era popularmente con­siderado como la «escoria de la tierra», su vida era extremadamente dura, sujeta a muy férrea disciplina, mal pagado (si es que se le pagaba), y siempre hambriento debido a las exiguas raciones. Desertaba, robaba, bebía, apostaba, iba de putas y delinquía, según admitió un inspector de Infantería: «por la premeditada idea de creer mejorada su suerte en un Presidio». (Teniente general Francisco Javier de Negrete, «Estado en que se hallaban la Ynfantería Española en fines del año 1801 y principios del de 1802… por el Ynspector de dicha arma).

Si bien la deserción era común en todos los ejércitos europeos, tan­to revolucionarios como absolutistas, lo que era nuevo en España era el volumen del fenómeno. Los oficiales del ejército también deserta­ban, aunque en menor número que los reclutados. Después de haber tenido que ordenar repetidamente a los oficiales que regresasen a sus regimientos, la Suprema finalmente instruyó que se ejecutase a los oficiales desertores. (Aquellos que se entregaban voluntariamente eran degradados a soldados rasos.)

Ante el ejemplo dado por los oficiales, poco podía sorprender que los soldados rasos abandonasen las filas. Los intentos de la Junta por evitarlo, amenazando primero con ejecutar a todos los desertores, después ofreciendo recompensas por su captura, y por último castigando a los desertores rasos a ocho años adicionales de servicio, fueron inútiles.

De los que esperaban ser reclutados, algunos se mutilaban el dedo con el que habían de apretar el gatillo, otros huían a los montes o al campo. La Junta de Écija, Sevilla, informó desesperada a mediados de 1809 que: …una porción considerable de mozos aptos para el servicio se han derra­mado por los campos, acogiéndose a las posesiones y haciendas sin que sus dueños tengan arbitrio (sic) para impedirlo y se han refugiado en las Islas que forma el Río arrastrándolos a este partido (situación) que han adoptado los excesos que son consiguiente a la hambre, a la necesidad, y a la precisión de no entrar en poblaciones. Solo la fuerza armada, y una fuerza respetable y capaz de imponer a los que andan reunidos en cuadrillas es quien podría remediar estos males, y reunir estos hombres. (AHN, Estado, legajo 82C/335, Junta de Écija a la Junta de Sevilla, 18 de junio, 1809).

Careciendo de fuerza militar, la Junta propuso una manera legalmente aceptada de  conseguir sus fines. Los padres y madres de aquellos que se habían sustraído al reclutamiento serían arrestados hasta que sus hijos se presentasen de forma voluntaria. Entre tanto, un grupo de vecinos de confianza, trataría de apresar a los desertores en el campo recibiendo un estipendio por cada uno de los detenidos.

En Andalucía y Extremadura hubo muchos que se refugiaron en hospitales militares, presumiblemente en connivencia con los cuidadores; en Galicia cientos si no miles huyeron a la vecina Portugal en busca de la salvación; en Cataluña escapaban al norte de Valencia o, si contaban con los medios para ello, a las Indias. Los desertores, escribió un corresponsal anónimo del pueblo de Molina, Antequera, «haciendo muchas infamias con las mujeres por causa de abele (haberle) casado el cura de esta parroquia a un desetor (sic) dos beses… Aquí los casan por librarse de ir a la gera (sic)». (AHN, Estado, legajo 52F/276, carta a la Junta Suprema, agosto de 1809).

Por todo el país, muchos se casaban a toda prisa con la esperanza de que durante los siguientes nueve meses hubiese suficientes hombres solteros como para completar la cuota de la que ellos, como esposos de mujeres embarazadas o como padres, casi seguro quedarían exentos.

Había aumentado enormemente el número de matrimonios, en algunos pueblos se llegaban a celebrar hasta diecinueve en un solo día, pero la culpa la tenían los párrocos cuyo interés por los emolumentos del casamiento era su mayor acicate. Por otro lado, estos párrocos, sabiendo que «con la Silla apostólica no ai la mas minima correspondencia» ejercían otra «picardía», cargando «unos cuantos duros para las primeras diligencias de las dispenzas». Esto estaba creando «muchos escándalos, y pecados, como esta sucediendo en muchos que se hallan con hijos, viviendo amancebados, y sin esperanza de que les venga la dispenza (sic)».

El número de frailes había aumentado repentinamente, «pues de este pueblo solamente en el espacio de tres meses han salido ya doce, los que están de novicios». Los cirujanos locales asesoraban a los potenciales reclutas acerca de las enfermedades que podían simular e incluso les daban «cáusticas para que se hagan llagas», como la de frotarse los dientes con ácido para que se les cayeran y así quedar inútil para el servicio, al no poder morder el envoltorio de la munición para cargar el fusil. A los caballos les ataban las manos  para hacerlos cojear o les ponían parches para quemarles la piel y evitar que se los llevasen para la caballería. (AHN, Estado, legajos 52F/262 y 52G/403, dos cartas anónimas de Benamejí a la Junta Suprema, 4 y 16 de febrero, 1810).

Pero lo más triste es que lo mejor del ejército español había sido escogido para formar el Cuerpo expedicionario del Marqués de la Romana, al norte de Europa, y la División de O-Farril, para Italia; que en número de 15.000 hombres en el año 1806 habían dejado la Península para sostener, en virtud de los tratados del Príncipe de la Paz, la causa de Napoleón en Europa.

De estas fuerzas dice el historiador Conde de Clonard, individuo de número de la Real Academia de la Historia: «Constituían aquellas tropas la flor de nuestro Ejército; tenían una Oficialidad sobresaliente, y se hallaban equipadas de modo que pudieran soportar sin desventaja la comparación con las brillantes legiones imperiales.»

Así se explica el excelente efecto que su vista produjo en todos los países del Norte que recorrieron, y en los que aún hoy, especialmente en Dinamarca, se conserva todavía el grato recuerdo de los soldados españoles, por el elevado sentido militar que aquellas brillantes tropas dejaron marcado con indeleble sello, por su bizarro proceder y su excelente compostura.

La tradición ha conservado a través del tiempo en tan lejanos países, la fama de los soldados españoles, por mu­chas y justificadas razones: por su conducta, su desespe­rada situación a vista de los imperiales, el ingenioso medio de que se valieron para volver desde lejanas tierras al regazo de la madre Patria; porque allí se vio a nuestros soldados con sus virtudes características, su actividad, su amor a la disciplina, su noble afán por elevarse cuando saben que sirven de ejemplo a los extranjeros, su inaudita perseverancia en los designios más arriesgados, su lealtad impetuosa si se siente comprometida, y la lucha que puede sostener una alma de buen temple, entre un deber fortuito, y la nostalgia de la hermosa España que embarga a los españoles donde quiera que se hallen; todo ello produjo entonces esa admirable reputación de las tropas de La Romana, que bien merecen un lugar señalado y preferente en la historia militar contemporánea.

Tal fue la fama y grata memoria que dejaron nuestras tropas en aque­llos territorios, que los historiadores: P. Boppe, Comandante francés; F. Schierwe en la obra Los españoles en Dinamarca.— Copenhague.—1835; el erudito publicista e historiador español, D. Juan Pérez de Guzmán, y otros, describen con emocionado sentimiento las virtudes castrenses que adornaban a tan excelentes militares, y los méritos de que hicieron gala en aquellas regiones, sobresaliendo por su patriotismo y su exaltado amor a España, en cuanto supieron el levan­tamiento del 2 de mayo contra el poder imperial napoleónico.

Destacó la conducta del Regimiento de la Princesa, que se hallaba acantonado en Middfort y Assem. «En estos puntos se le intima la orden de jurar por Rey a José Bonaparte, y habiendo el tercer Batallón formado con este objeto en batalla, un cabo sale de fila, presenta su arma, y dirigiéndose al Marqués de La Romana, le dice: «Mi General, mi Compañía no jura a José ni a otro alguno, sino a esa bandera, pues en llegando a España veremos a quién reconocerá la nación.» Con estas palabras el Batallón en masa se niega a obedecer la voz del Comandante y a hacer las descargas. El Conde de San Román, su valiente Coronel, se pone veinte pasos al frente, y con ademán animoso dice al General: «Yo veré si obedecen a su Coronel, dio inmediatamente la voz de mando y fue obedecido; pero al desfilar comienzan los soldados a disparar con el mayor desorden; dura este conflicto hasta media noche. La Romana se traslada a Assem, en donde se hallaba el 2.° Batallón. Oblígasele a prestar el mismo juramento, y se consigue sólo que juren, lo que la nación jurase.»

Este Cuerpo fue el primero que se evadió, embarcándose con destino a España en los buques ingleses, para venir en socorro de la Patria y pelear contra el invasor. Por ello se le conoció por el apelativo de La Estrella del Norte, (posteriormente se creó con este nombre una condecoración para aquellas tropas) por haber sido como guía de las demás tropas, al correr en auxilio de la nación ultrajada.

También destacó su nombre gloriosamente, el famoso Regimiento de Caballería de Algarbe. Este cuerpo, encontrándose acantonado en Tonder, Huslun y Toning, en Agosto de 1808, fue vendido por sus jefes, y al tratar de secundar el movimiento iniciado por los demás regimientos para restituirse a la Patria, fue hecho prisionero y entregado a los franceses, pero cuatro compañías que se hallaban en Horsens, prorrumpieron en exclamaciones de, que los vendían, que los condujesen a su adorada Patria, y en vista de haber tenido noticias equívocas de que estaban muy lejos los franceses, determinó el Capitán D. Antonio Costa, en unión de D. Francisco Zaldarriaga, D. Manuel Miranda, don Pablo Solana, D. Manuel Perero, D. José Torrens y los cadetes don Joaquín Lafuente y D. Francisco Oteiza, intentar la evasión, pero habiendo sido descubierta y engañados en Federicia, el pundonoroso y ardiente patriota, Capitán Costa, se suicidó, quedando todos los demás y tropa, prisioneros, conduciéndoseles a Hamburgo, y de allí a Francia, haciéndoles pasar vejaciones y penalidades sin cuento.

Los oficiales pidieron en Mayo de 1810, a La Romana, se les restituyese a España, y que se formase el regimiento que había rechazado dignamente cuantas solicitudes se le hicieron en el Depósito de Petite Fierre, para que reconociese a Bonaparte, soportando paciente los tratamientos más duros, la indigencia y la miseria.

Al Capitán Costa se le ha dedicado en el Cementerio de aquella localidad, recientemente, un artístico mausoleo, que guarda sus cenizas, habiéndole rendido con tal motivo sentido homenaje de patriótico compañerismo, los Generales y Oficialidad del Arma de Caballería.

Y es de notar, que cuerpo de tropas de tradición tan excelsa, y de tan brillante historial, no se conserve hoy entre los de la gloriosa Caballería española, cuyos anales tan patrióticamente supo encumbrar con su lealtad acrisolada, a la vez que con laureles cosechados con inaudita bizarría, que podía continuar alguno de los modernos.

Mientras tanto, Cádiz y la Isla, cooperan grandemente al general movimiento; aquí se arman e instruyen los reempla­zos; aquí funcionan los Parques y Arsenales; salen a campaña los Batallones de la Real infantería de Marina, alistados en San Carlos y la Carraca; la Isla de León forma sus famosos Voluntarios Salineros y Escopeteros, con las Milicias locales; la capital organiza sus Batallones de Cazadores y Compañías de Artilleros y de Extramuros; se equipan y uniforman las tropas; se aportan generosas sumas de dinero por el comercio y públicas suscripciones, y queda confiada casi en su totalidad la defensa de la plaza y castillos a sus beneméritos Voluntarios, en cuyas filas acreditan su lealtad y su patriotismo, varones significados por sus cuantiosas fortunas, títulos nobiliarios, y sobresalientes cualidades sociales.

Ocurren graves alteraciones de orden, con motivo del destino acordado, de un Batallón Extranjero para las guarniciones gaditanas, y los patriotas Voluntarios salvan con su meritorio servicio la vida al Marqués del Villell General comisionado por la Junta Central, como uno de sus vocales; mereciendo en premio, por resolución de 3 de Febrero de 1809, el singular apelativo de Distinguidos, «en consideración al servicio particular que estaba haciendo el Cuerpo, y al patriotismo de sus individuos y de todos los vecinos de la Plaza.»

Este era Cádiz, en cuyo recinto esperaba Dupont recibir el bastón de Mariscal de Francia bello ideal de sus ensueños. Supuso—dice un historiador citado por Clonard«que para dominar la bella y poética Andalucía, el belicoso ardor de sus hijos, la influencia de sus grandes tradiciones y sus grandes recursos materiales, sólo tendría que hacer un paseo con­quistador, y luego recibir dentro de Cádiz, el bastón de Mariscal del Imperio.»