Cirilo lópez “el gordobés”

Si yo pudiese ser picaó del Gordobés me moría tu.. Decía Cirilo López todas las tardes en el Bar de la Plaza, mientras que con sus labios que parecían dos salchichas vivas paladeaba una cerveza y se comía un tazón de caracoles en aquellos días de aquel verano aletargador y caliente.

Cirilo López era gordo taburete, o sea piernicorto, abarrigado y circular como media verónica de grasa. Vestía pantalón caqui ceñidito lo que por sobre las pretinas dejaba desplegada la camisa con la barriga como una vela en un monzón.

Como tenía confianza con el dueño del bar, picaba un taburete con el bastón del viejo D. Cristóbal, indiano indigente que lo dejaba hacer porque los viejos saben emplear la piedad mejor que nadie en estos mundos.

A Cirilo López “ El Gordobés ”, de vez en cuando le llevaban a montar a caballo a la Huerta de Campo para que entrenase en el pecherón del carro de la carne, La verdad es que la Isla, la blanca y salinera Isla, típica y postelera, se tomaba a ritual cachondeo todas las vacaciones artísticas viniese de quién viniesen, porque la Isla, diez artistas por metro cuadrado, suele rendirse a la evidencia no a los sueños.

El día de la Patrona había una novilla picá. El día de la Patrona de aquel año era “ el verano loco del Gordobés ”. Debía estar loco él también cuando dejó que lo anunciasen en su plaza. Cirilo López, cuando vió en los carteles a su semidiós con uno de aquí, juntó los cielos con la tierra.

Se lo dijo al Arcipreste, a uno que trabajaba en el Juzgado. Al Comandante de los Municipales, a todo el que en el pueblo tuviese chaqueta nueva de rango o ceremonia.

Mireusté, aunque se de reserva. El caso es que él me vea.

-hijo ¿se lo has pedido a la Patrona? Reza. Reza.

Ante tan célica promesa Cirilo López alquiló la ropa de picador. Si es verdad que la fe mueve montañas, como no iba a mover el cuerpo de Cirilo López montañoso y cebado.

Cirilo López hizo el paseo aquella tarde. Montado sobre un caballo con peto y en la cuadrilla del de aquí. ¿Cómo? Intoxicación de picadores. Cirilo o el rostro salchichesco de Cirilo, resplandecía con la condensación de la alegría. Cuando su toro, esos toros que gustan en la Isla, con el morrillo como una mesa de noche, embistió al caballo, la gente se calló.

El silencio ocupó los tendidos mientras las pezuñas del toro salpicaban arena. El caballo dio un respingo mientras Cirilo López echaba el palo con su cuerpo detrás. Una avispa gorda y fúlgida como una moneda se veía en el anca. Cirilo clavó la puya en el suelo por contingecias del regate y tronó sobre el toro. El toro, asustado y corcoveante, se fugó de la suerte al otro extremo de la plaza. Cirilo López parecía una canoa con el palo hacia arriba, enhebrado en el sobaco, y sin poderse mover del suelo.

Las almohadillas volaron como palomas de plomo ajusticidas por el propio signo de la Cruz Roja. Hubo de suspenderse la corrida.

Rafael Duarte.-

Publicado en La Cuestión 1990.

Reeditado en El Güichi de Carlos.
Septiembre 2010.-
Año del Bicentenario de Las Cortes.