Callejón de los muertos, General García de la Herrán

La calle Montalvo, posterior Muñoz Torrero, y actualmente General García de la Herrán, en su larga travesía desde la esquina con Rosario y Plaza de la Iglesia, hasta la finalización en la puerta del Cementerio Católico, se ha conocido popularmente como “ Camino del Cementerio o Callejón de los Muertos ”.

Esta calle se estableció a través de huertas y pagos. Por su finalización en el Campo Santo, se convirtió desde los primeros años del Siglo XIX en el camino obligado que todo entierro debiera coger para recibir sepultura los difuntos.

Efectivamente, desde el Barrio del Carmen, de “las Callijuelas”, el Zaporito, el Castillo, de las Albinas, en definitiva, de todo entierro que recibiera el responso en las Iglesias situadas en la calle Real, se dirigía a la esquina mencionada como despedida del duelo. A partir de aquí, sólo los familiares y más allegados continuaban calle arriba hasta el Cementerio.

Otra esquina que también se convirtió en despedida del entierro fue la que existe en la confluencia de la “Calle de los Muertos con la Calle Antonio López”.

Por esta última calle procedían los entierros del Barrio del Cristo, algunos de La Pastora, los de Madariaga, La Glorieta y manchones de aquellos lugares de la parte Norte de San Fernando.

En ambas esquinas se encontraba el correspondiente Bar. En la Plaza de la Iglesia “Bar El Correo”, y más arriba en Antonio López, “Bar la Bahía”.

Las personas que no acudían a las Iglesias, en estas esquinas esperaban al cortejo para expresar a los dolientes sus condolencias. Una vez que continuaba el féretro hacia la última morada, los bares se llenaban del público para beber. De esta acción procede el dicho popular de “Quién en un entierro no bebe vino, el suyo viene de camino”.

Los entierros que procedían de la calle San Rafael, San Miguel, Jesús, Churruca, etc., realizaban el itinerario a través de las calles San Rafael, Colón, Rosario y la hoy General García de la Herrán.

Al paso de la comitiva fúnebre que lo hacía andando hasta los finales de los sesenta del siglo pasado, los comercios, bares, zapateros, fruteros, carboneros y todo comerciante habido en el trayecto, en señal de respeto al difunto cerraban sus puertas. Toda persona que se encontrase con el desfile se paraba. Las gorras, boinas y toda cabeza cubierta se descubrían que, en “aquellos tiempos” eran la mayoría. Todo militar, policía o persona de orden realizaba el correspondiente saludo militar e incluso, desde 1939 a 1952, ofreciendo el saludo del régimen con el brazo derecho levantado. Los paisanos se persignaban ante el féretro.

A correr

Se dio la circunstancia que en 1892, un cortejo fúnebre a hombros de los dolientes que procedían de la calle Diego de Alvear, doblando Real hacia arriba camino a la Iglesia Mayor, cuando se encontraba a la altura del Mesón del Duque, notaron que los dolientes y acompañantes comenzaron a adelantar corriendo al féretro.

En los cierros que entonces tenían las casas isleñas faltaba sitio. Sólo quedaron en el acompañamiento las personas que portaban el ataúd y el difunto. Cuando aquellos pudieron darse cuenta de lo que se le avecinaba, dejaron al finado en el suelo, y partieron a correr. ¿El motivo?. Un astado se había escapado de la Plaza de Toro cogiendo por el callejón de los Toros (Nicola) y Real arriba. El susto pasó de largo y la comitiva continuó normalmente lo que le faltaba de trayecto que, por supuesto, sin dejar de tener miradas hacia atrás.

El güichi de Carlos.