Paseo dominguero en la calle Real de San Fernando

Bares de tapas, terrazas y restaurantes en La Isla de los paseos domingueros de la calle Real

         De las viejas posadas, tabernas, fondas y casas de comidas económicas, surgieron aquellos locales –ya más amplios y de cocina variada, propagándose con el vocablo francés de restaurant, y que lógicamente para nosotros fueron titulados como restaurante.

         Con el nombre de Café Bar Restaurante, se intenta aglutinar los diversos servicios que podía ofrecer el establecimiento. Café en el desayuno, bar para el tapeo y aperitivo y restaurante para el almuerzo. Se sobreentiende que también ofrecían merienda y cena, a pesar de no estar rotulados.

         En la Isla –hasta 1992-, con la inauguración del centro comercial de Bahía Sur, los domingos por la mañana se solía pasear en el centro. La calle Real, en el tramo comprendido entre la Alameda y calle Rosario, la calle San Rafael –menos frecuente- y otras aledañas se llenaban de paseantes.

       En la calle Real

    Las terrazas de la calle Real se llenaban, y los parroquianos solicitaban la presencia del camarero tocando las palmas. Éstos, los camareros, llevaban chaqueta blanca, pantalón y pajarita en negro, acompañado del clásico paño en la bocamanga para la limpieza necesaria. Hombres que conocían el oficio y, de memoria, nos informaban de corrido todas las tapas que podía ofrecer y que, mientas las recitaban, el público atento no era capaz de interrumpir hasta finalizar la retahíla de fritos y guisos. Nos servían en aquellas grandes bandejas metálicas que pesaban lo suyo, con tantas botellas, vasos, platos. El abre botellas lo sacaban del bolsillo.

         Del tapeo del aperitivo o picolabi (piscolabis), se pasaba a las medias raciones, siempre entre vinos y cervezas. Algunos mariscos de la tierra que se compraban en los lugares de costumbre al mariscaor de confianza, y los platos que salían de aquellas cocinas de carbón o del nuevo invento del gas butano. En las terrazas de los bares, se encontraban los amigos y familiares sin necesidad de haber quedado con anterioridad. La vida se hacía en la calle. En aquellos tiempos no era tan preciso el uso del móvil telefónico porque no existía. Ahora no nos movemos sin localizar antes a las personas.

         Existían muchas casas de comidas, de comidas económicas y restaurantes –estos más caros-, que evidentemente el servicio era mejor. Uno de los platos típicos que muchos establecimientos anunciaban, especialmente en domingos, fue el menudo[1] o los callos y la ensaladilla rusa diaria. No olvidaremos en aquellas casas de comidas de altos ruidos a gentes hablando, a platos, a niños y a camareros gritando:

— ¡Oído cocina! ¡Dos de menudo y dos de calamares a la romana la mesa cuatro!

— ¡Media de fino!, ¡Dos cervezas y dos Valdepeñas con sifón, para la de don José!

         Qué distintos éramos en aquellos tiempos, no nos importaba ni la protección de datos, ni que todo el restaurante se enterara de lo que íbamos a comer o beber. De vez en cuando, algún impaciente o desesperado comensal, reclamaba al camarero que los de la mesa de enfrente habían llegado después, y ya estaban comiendo antes que él.

         ¡Que venga el jefe!, exclamaba creyendo amedrantar al camarero y ellos considerarse más importante.

         En aquellas mesas de madera de mantelería de tela blanca o hule    –normalmente a cuadritos de vivos colores-, servilletas de las que se lavaban diariamente, los platos se posaban llenos de comidas de las de antes, la de los garbanzos, menudo o sopa de picadillo, de aquellas que echaban humito. No faltaba la clásica botella de vino –blanco o tinto- que era exclusivamente para el padre. La madre y los niños solían beber agua o gaseosa de Decelis o de la viuda de Blanco.

         De esta manera se almorzaba y, llegada la hora, el padre enfilaba el camino por la calle Rosario y Colón para ver el encuentro del C.D. San Fernando en el viejo Madariaga, o calle Real abajo, para presenciar la corrida de Toros en la vieja Plaza de la calle San Marcos.

         En las tardes de los domingos, se solían visitar a familiares y amigos, y estaba bien visto ir acompañado de dulces para merendar. Era un detalle de cortesía y distinción. Vamos, de no ir por la cara a tomar café. ¡Qué dirían! Así mismo, fue costumbre de algunos hombres que una vez terminada la jornada de la tarde noche de bares en bares, ya con sus copitas en el cuerpo, comprar en cualquiera de las confiterías una bandejita de dulces para la parienta e hijos. El paquetito bien liado por el confitero, la cintita finalizada en un lacito… el dedo del buen hombre introducido en el lacito, y cada paso que daba, con sus copitas tomadas, así llegaban los dulcecitos.

         Pero en aquellas horas, los bares y restaurantes volvían a tener actividad con el cafelito.  El café de puchero o de las maquinillas de café que era más fuerte. El ruido del molinillo y la presión de calentar la leche en la máquina se oían en cualquier bar. De nuevo las terrazas se volvían a llenar y las gentes se distraían viendo pasear –calle Real arriba y calle Real abajo- a las mismas personas… una y otra vez, saludándose en cada uno de los encuentros. Los hombres, incluso se levantaban de la silla[2] o se descubrían el sombrero ante personas mayores, señoras o autoridades. La educación y el respeto de aquellos tiempos, obligaban a ello. En todos los lugares públicos cubiertos, por educación, se descubría la cabeza. Casi todos los hombres usaban sombreros, güitos, gorras o boinas… Todavía se recordaba aquella publicidad que decía que “…los rojos no usaban sombrero”.

 

En las puertas del bar estaba el vendedor de marisco y el limpiabotas.

Antonio Servan, el último limpiabotas de La Isla, trabajaba alrededor del Restaurante La Mallorquina

Estos últimos con su caja y banquito, y todo tipo de artilugios (paño, bayeta, cepillo y cremas Ecla[3] o Búfalo, independientemente del color del calzado) para frotar y sacar brillo. Antes, se protegían los calcetines para no mancharlos de betún. Entonces los zapatos se cuidaban una barbaridad… Tan sólo porque tenían que durar más que hoy, y eran impresentables unos calzados sucios. A las botas se le untaba grasa de caballo. Con el tiempo, instalaron unas máquinas eléctricas que mediante unas pesetas hacían la limpieza… daba miedo meter el zapato por si te lo rompía o te daba un calambrazo


         Ya bien entrada la tarde noche, la actividad de la calle Real era de aglomeración. Ello beneficiaba a los bares porque las terrazas no se vaciaban hasta bien entrada la madruga del verano. Siempre solían quedar los más rezagados y los que frecuentaban recogerse tarde.

         Otros acontecimientos volvían a favorecer a los bares. La salida del cine o del teatro y cuando finalizaban el encuentro del SanFernando o la corrida de Toros. La gente de afuera, que venían de Cádiz y Chiclana, quedaban tomando copas en la calle Real. Mientras tanto, las paradas de la Carterilla y del Canario albergaban grandes colas.

         La calle Real siempre se encontraba llena de gente. Hay que tener en cuenta también que las compras se hacían en los comercios de las calles Rosario o San Rafael. Era el centro, donde había de todo.

         Cuando llegaba la Semana Santa, cuya carrera oficial se encontraba en la calle Rosario, las procesiones incluían a la calle Real en sus itinerarios para entrar o salir de la carrera oficial Los bares mantenían las terrazas llenas de gentes en espera de ver pasar las procesiones.

         Finalizando el verano, en el último fin de semana de agosto[4]42, se celebraba el trofeo Carranza en Cádiz. Aquellos días La Isla se ponía guapa. Entonces –al comienzo de los años sesenta-, no estaba construido aún el Puente de Carranza y todos los vehículos, autobuses, paqueteras, camiones y cuanto se movía para ir a Cádiz, debía de pasar por el puente Zuazo y la curva de la Ardila. Los automóviles venían de todas partes; se sabía por las siglas provinciales de sus matrículas,  y aquellas que eran extranjeras, parecían más importantes. De los rótulos en las puertas de los camiones y autobuses se conocía la procedencia de éstos.

         El trofeo se celebraba en dos días consecutivos. Era una de las más famosas competiciones de futbol a nivel nacional y muy cotizado internacionalmente. Participaban los mejores equipos del mundo. Dos a nivel nacional y otros dos extranjeros. Era el último trofeo que se disputaba en España y el que entregaba la copa más grande y alta. Le llamaban el Trofeo de los Trofeos. Lo que ha cambiado…

         Días antes del primer día de Trofeo, por las noches, los guardias municipales para ganarse algunas pesetas hacían los trabajos de pintura en la calle Real. Pintaban las líneas continuas y discontinuas de la calzada, los bordillos rojosy blancos de prohibido aparcar, los pasos de peatones (no existían los de cebra) de franjas amarillas; los taburetes de los guardias (rojo y blanco), los discos de circulación (rojo y blanco los mástiles), etc. Por las noches, un grupo de guardias municipales brocha en mano, y otros regulaban la circulación cortando una de las direcciones, para que los automóviles no atropellasen a sus compañeros.

         Pues cuando llegaba el primer día –el de las semifinales- desde primeras horas de la tarde, la calle Real se convertía en largas caravanas camino hacia Cádiz. Igual ocurría en la tarde del día de las finales. El encuentro de la tarde del segundo día, era quizás, según los equipos a jugar, el que menos público solía recibir.

         La Isla y sus bares también se beneficiaban de la expectación y asistencia de gentes al Trofeo. Cuando finalizaban los encuentros, por la noche, desde Cádiz llegaban los mismos vehículos que por la tarde habían cruzado la calle Real, y las gentes de La Isla nos sentábamos en las terrazas de los bares, tomando vinos, cervezas y copas hasta las tantas de la noche (3 ó 4 de la madrugada), viendo pasar los coches y, de vez en cuando, cada vez que se veía venir uno de aquellos grandes autobuses de la época, se pensaba que podía ser el Real Madrid, el Barcelona, el Sevilla etc. Tanto agradaba aquellas noches ver pasar la circulación y ver a los guardias con sus pitos dirigiendo la circulación a lo largo de toda la carretera, que era un paseo llegar hasta la curva del gordo y la venta de Vargas, viendo pasar los coches. De vez en cuando, se aplaudía cuando gustaba o llamaba la atención algún coche, particularmente aquellos autos americanos… y los descapotables con chavalas de pañuelos en la cabeza para no despeinar. ¡Qué recuerdos!

Manuel Silva Pelayo, Guardia de Circulación en taburete, frente al entonces edificio de Correos situado en la plaza de la Iglesia.

 

         Los bares, los ultramarinos, los freidores del Carmen, de Bey, de Lobato, de Prado, de Núñez, “El Aldeán”, los quioscos de “Pepín” y el de “Emilio” y los carrillos de mantecaos… todos hacían el agosto aquellas noches del Carranza.

         Vamos a recordar (en futuras publicaciones) aquella calle Real y sus bares hasta los años ochenta aproximadamente; los que algunos de vosotros por vuestra edad conocisteis, y los de las generaciones siguientes. Los comercios estaban abiertos en la fecha que aparece junto a sus nombres comerciales, no coinciden necesariamente con la de su apertura al público. Asimismo, la dirección y numeración que aparece sirve para ubicarlos. Ha tenerse en cuenta que la numeración de las calles han variado en varias ocasiones durante los años pasados.

         También se habla de la calle Real pero, en tiempos pasados, dicha calle tenía nombres distintos según los tramos: Avenida del Puente de Zuazo (hasta la gasolinera), Avenida de la Marina (hasta la Plaza de la Iglesia), Plaza del Ejército (Plaza de la Iglesia), Avenida General Franco (hasta San Francisco), Avenida General Varela (hasta la salida con la Avenida Gómez Pablo) Independientemente, también hay que tener en consideración los cambios de nombres habidos según las distintas épocas, y regímenes políticos. Para su mejor comprensión, se ubican los bares en las aceras donde éstos se encontraban en la misma calle Real. Hablaremos de la acera de los pares (el paseo) y la acera de los tramposos.

Continuará…

El Güichi de Carlos

Articulo publicado en “Güichis, Ultramarinos y otras historias cotidianas de La Isla de León”, editado por El Güichi de Carlos, en diciembre de 2012, con sus  derechos reservados por el autor.

 

[1] 1974.Para tapas de cocinas, sobre todo el menúo, hay que ir todos los días a la tienda del Morrúo. Carretera de la Carraca. Publicidad.

[2] Al levantarse para saludar, las señoras ofrecían su mano y se hacía reverencia B.S.M. (beso su mano)… a sus pies señora. Costumbre totalmente perdida e incluso quienes la mantienen hoy se hace notar.

[3] Las cajitas de crema de hojalata de Ecla fue la más popular y cuando se tenía que comprar crema, no se pedía como tal sino una caja de Ecla para los zapatos, bien pudiera corresponder a cualquier otra marca como Búfalo, Kanfor o Power… Todo era Ecla.

[4] Cuando refrescaba por la noche y acudíamos a los cines de verano con rebequita y los jersey (yersi) sobre los hombros o anudados a la cintura