Los güichis de la Isla, aunque no fueron nombrados en la “Advertencia” que la autoridad competente realizara el día 22 de Febrero de 1937, también fueron aludidos por aquello de las “tabernas” y, que, dentro de los cinco días posteriores, debían (y era lo recomendable) acatar la siguiente orden:
“Para cumplimentar lo dispuesto por el Sr. Delegado de Seguridad Interior y Orden Público de la provincia, se recuerda a los dueños de comercios, talleres, cafés, bares, restaurantes, tabernas y demás establecimientos, la obligación que tienen de poner en lugar “preferente” de los mismos el retrato del Generalísimo, exornado con la bandera nacional y las banderas de las naciones amigas, y en otros sitios también preferentes del local, el del Excmo. Sr. Queipo de Llano y el General Varela”.
Desde luego se tendría en cuenta la importancia del establecimiento o industria, en lo que pueda referirse a la suntuosidad de los retratos y adornos del local, significando a los dueños de dichos establecimientos que deben estar todos puestos para el día 27 actual.
Lo que se comunicaba para general conocimiento firmado por el Capitán de la Guardia Civil.
Esta, y no otra, fue la razón por la que era habitual en el interior de los establecimientos los retratos de los mencionados que, algunos que otros, para que se les reconociese como seguidor al régimen, ubicaban sobre los cuadros –al no poseer banderines-, unas cintas con los colores de las banderas descritas. Quién llegó a vender aquellos retratos debió hacer buen negocio, ya que las mismas fotografías estaban en todos los lugares (que tenían obligación).
Otros establecimientos pintaban la efigie de Franco y la bandera nacional en las fachadas de la calle y en el interior a los dos militares. Por supuesto, el del General Varela por aquello de ser paisano, mejor situado que el de Tordesillas
En algún que otro güichi fue habitual que “la retrataura” de Franco se colocara con alcayatas gitanas bien introducidas en las viejas paredes de tierra o barro para que no cayese de los lugares preferentes que, por supuesto, era arriba del cajón del dinero. Otros lo hacían sobre los barriles de vino que junto con la flor de vino y los mosquitos de las canillas, cierta autoridad no aceptaba como “lugar preferente”, a que el Caudillo estuviese en el mismo lugar donde se apuntaba las trampas que debían por el consumo de vino los parroquianos.
El güichi de Carlos.
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