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güichi "la Herrán" o Bar Manolo.

Cercana la Semana Santa, los cargadores de la Cuadrilla de Carrillo frecuentaban el “bar Manolo” más conocido por “La Herrán”. Bar escogido estratégicamente en el centro de la Isla, a igual distancia de la Iglesia Mayor que de la Pastora, y también a una medida equidistante entre el Cristo y San Francisco, otras dos iglesias importantes en cuanto a número de cofradías, siendo al mismo tiempo lugar discreto y relativamente escondido de la vista del público.

El nombre dado de “La Herrán” provenía de la calle en que se encontraba, y desde el año 1.964 era considerado punto de encuentro y Cuartel General de la cuadrilla, regentado por Manuel González Chávez, conocido por Manolo de la Herrán, un enamorado de la Semana Santa que incluso llegó a cargar algún paso con Nicolás Carrillo y luego con los hermanos del Nazareno.

Especie de almacén o cochera con una barra de madera a la izquierda, detrás de la cual reposaban varios barriles de buen vino de Chiclana y donde se encontraba la pequeña cocina humeante siempre de un apetitoso olor a pescado frito. Al fondo y a la derecha se encontraban los servicios de caballeros, un pequeño cuartito inexistente de inodoros, con una canaleta en el suelo pegada a la pared terminando en un desagüe y cumpliendo la función de cisterna una tubería agujereada. Las paredes estaban repletas de carteles de toros y fútbol, y mesas y sillas de formica de color celeste claro para sentarse.

Por la tarde antes de dirigirse a los templos, allí se concentraban los cargadores para que el capataz nombrara al personal y les comunicara en qué pasos iban a trabajar esa jornada, partiendo en pequeños grupos de tres o cuatro desde La Herrán hacia la cofradía que les correspondiera.

No sólo se nombraba al personal sino que se consideraba un lugar de charla y tertulia de los cargadores, que alrededor de un cuartillo de Chiclana y un plato de pescado frito se contaban anécdotas, se discutía, se reía y se solucionaban los pequeños problemas que surgían a veces, al igual que ocurría en cualquier colectivo que desarrolla una tarea.

Terminada la procesión, los cargadores que regresaban de realizar su faena en los distintos pasos, se reencontraban para comentar como les había ido a cada uno, tomándose una cerveza y comiéndose el bocadillo que algunas cofradías obsequiaban a los cargadores después de la recogida, despidiéndose hasta el día siguiente, no sin antes recordarles el capataz la faena que les esperaba.

publicado en el libro \"cargadores de la Isla· Historia, tradición y anecdotas\" de Alberto Salas.

Nieves Jiménez.

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