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la visita de un amigo

a las callejuelas

Cuando giró y entró en aquella calle, que se desvanecía pendiente ' abajo hasta hundir los desplantes de sus encalados muros en los verdes y azules confines de salinas y esteros, figura singular de su viejo amigo empezaba a recostarse en el aplanado de las fachadas adormecida por la tibia luz de aquellos faroles, las voces del vecindario, presas de júbilo, le anunciaron su presencia: Ya está aquí ¡ Ya viene bajando la calle del Carmen......«Dios sabe que tiempo hacia que no volvía a pisar aquellas callejuelas, aquellos escasos adoquines entonces que desgastaron tantas alpargatas salineras de los Pocarropa o los Pijina, como tantos anhelos que se fueron al garete. ¡Dios mío, que de tiempo¡, de aquellas callejas llenas de hoyos donde el Jarampa y los Cañas jugaban a los "bolis" y sus ,aún .trémulas voces no desgarraban saetas algunas; calles cuajadas de boquetes y "baches", que carcomieron los pies desnudos de Pavón o los Reyes, y de tantos marineros pobres azotados desde el barlovento de la miseria, ¡ que de tiempo!.
Sin sentir la honradez de unas manos rotas ¡ por el salitre y la faena en aquellos candrays de tan escasa singladura, como la ventura de sus marineros,

Cuando giró y entró en aquella calle, dejó atrás el esplendor de aquella Isla de León tan rancia como sus antiguos sueños marineros que palidecian en los escudos de nobles apellidos bajo el alero de los antepechos de casas adobadas en piedra ostionera, en cierros de hierros forjados y en portales de madera indiana.
En este barrió que ahora entraba, compartió tantos viajes de ida y vuelta con aquel señorío, el mayor blasón se celaba bajo el empañado cristal del fanal que presidía la casapuerta de aquellos patios de vecinos: la imagen de la Virgen del Carmen.

Tan empañados aquellos vidrios de las hornacinas como los cristales que aliviaban la añosa vista de aquel viejo cargador, ojos quebrados en la emoción de aquella visita:
!Ya viene doblando la calle del Carmen..!

En aquel laberinto de calles blancas tan estrechas como la economía de aquellas gentes, él advirtió que ya no quedaba ningún vestigio de aquellos montañesés a los que sus hermanos debían tanto. Aquellas tiendas de ultramarinos, con el letrero a tres colores a juego con la fachada y las orlas de los quicios; de estanterías de pino Flandes pintada en blanco, labradas como el separador del almacén, de la tienda del guichi, donde invariablemente colgaba un almanaque con su imagen junto a una foto enmarcada del Racing de Santander o el Atlethic de Bilbao; de aquellos amplios mostradores de mármoles coloniales y suelo de piedra de Tarifa. ¡Dios mío, que de tiempo! Tanto, desde aquella última visita que ya no están ni Gabino, ni Eusebio, ni Cristóbal.... y aún le parece fresca la voz de aquel chiquillo apenas adivinado tras el mostrador, que el conocía tan bien:
-Que dice mi madre que me dé un octavo de café, dos manoletes y un cuarto manteca colora y que se lo apunte hasta que mi padre le mande el giro...
Aquel giro, más que de dinero, un día fue un giro de esperanza y evocación el que le dio a su vida y a la de los suyos. Con las mismas cuerdas de pita con que amarraba su almohá cada jueves Santo, ató sus ilusiones en aquella maleta de cartón piedra y se najó a Holanda.

Hubo años en que los viajes no eran tan cómodos ni tan baratos como hoy, pero jamás faltó para andar cada Madruga junto a su Señor, a modo y manera de holanda como el le enseñó, noche mágica en donde Jesús se hace más marinero y Hombre y se enseñorea para siempre en los corazones y las calles de los isleños. Hubo años que los suyos, su mujer y sus hijos, si querían verlo debían acompañar al paso del Nazareno y esperar los fondos para darle un beso y sacarle tres desahogos de la emigración. ¡Qué penitencia de nostalgia y cariño!
Y ahora era El, en esta noche otoñal de San Servando y San Germán tan cálida como la presencia del amigo, era El, Jesús Nazareno quién acudía a aquellas callejas para devolver tantas visitas de aquel viejo cargador. Y allí, donde aún resonaban los tintineos de medias limetas y los quejíos de viejas pendencias, ¡Dios mío, como pasa el tiempo!, dicen que se produjo el encuentro entre aquellos viejos conocidos.
Y dicen, los que lo vieron, que entre los ojos desbrozados por la gubia del Nazareno y los embotados por la ceguera de Papahardi, hubo una tierna mirada de agradecimiento mutuo.
Y dicen, los que lo vieron en aquella noche para el recuerdo, que hasta vieron brotar una lágrima, pero no se ponen de acuerdo en cual de aquellos ojos.

José L. Cordero Collantes

Cofrade Octubre 2005
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