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veinticinco lunes santo

El arte es una corriente de aire que deambula por el Paso de Afligidos. (Julio Fernández Pérez)

Desde que tengo recuerdos, no me pregunten por qué, me atrajo la figura de Jesús de los Afligidos; quizás la culpable fue mi abuela paterna, a la que le embelesaba esa figura entrañable y singular del Hijo abrazando a su dolorida Madre; es posible -muy posible- que influyera en mi también ese entonces único paso dorado, e incluso, aquel olor dulce, como a clavo y chocolate, que desprendía y que, aunque luego me enteré de que era un spray con que perfumaban las flores, mi imaginación infantil identificaba como el olor del oro del paso. Por lo que fuera, lo cierto es que, mientras el resto de los días de la Semana Santa regresábamos a casa antes de que terminasen las procesiones, el Lunes Santo mi padre tenía que cargar conmigo a cuestas hasta la Capilla del Cristo, porque, pese a mi corta edad, yo quería estar cerca del paso hasta recogerse la procesión. Y eso que ya la habíamos visto pasar ¡entera! por la Calle Ancha, desde la azotea de la casa de Enrique Garófano, primo de mi padre, que, año tras año, nos recibía para la ocasión (el recuerdo de la Cofradía vista desde aquel lugar inspiraría, años después, la marcha "Jesús de los Afligidos"). Pasó el tiempo y no se enfriaba en mí aquella tendencia, de tal manera que salía todos los días a ver las procesiones con mis amigos de juventud, pero el Lunes me desembarazaba de ellos para, después de la Carrera Oficial, infiltrarme entre el aguador y parte de la penitencia que, poco a poco, se despistaba de la supervisión del párroco que la presidía y que, a modo de avanzadilla, se iba adentrando desde la cola hacia adelante por los laterales, eso sí, sin llegar nunca hasta la mitad de las andas, lugar donde desfilaba, inaccesible, el guardia civil de escolta; allí, inmiscuido entre aquel reguero de devotos que arropaba a los Titulares hasta la, en aquella época, desarbolada Plaza del Cristo, me empapaba de paso, de olores, de música, de cargadores... ¡Cargadores "de carnet", a los que yo admiraba ciegamente, pero les tenía una envidia loca...! Era, más o menos, por entonces, cuando se iniciaba, entre los jóvenes de mi edad, la inquietud por la carga de los pasos. Y yo tuve la suerte de estar en el lugar y en el momento adecuado para involucrarme en el airullador movimiento que se iba a producir.

Curiosamente, jamás había vestido una túnica porque salir de penitente implicaba no ver el paso de la cofradía, ni su movimiento, que era lo que a mí me gustaba, y, por descontado, implicaba también no ver los demás pasos que hubiese en la calle (ni siquiera fuí miembro de ninguna hermandad durante mucho tiempo, hasta que me inscribí en esta nuestra de los Estudiantes, hace ahora veinticinco años). Pero, cuando se presentó el momento de meterse abajo, ya no me importaba no ver los demás pasos, ni siquiera aquel debajo del cual iba: me bastaba con sentirlo. Ya lo he dicho muchas veces: la creación de la jotacecé cambió totalmente mis parámetros; la jcc me obsequió con la casi totalidad de mis mejores amigos, y, a través de ellos, abrió mi mente, desarrolló mi visión ante la vida e hizo crecer en mí una amputad de miras que enriqueció sustanciármele mis criterios como ser humano; pero, además, me proporcionó la posibilidad de conocer algo que mucha gente dice que no existe; porque, aunque haya quien piense que es una imbecilidad, yo, personalmente, cuando estoy cargando un paso, alcanzo la felicidad completa. Podrán suponerse, pues, lo que significó para mí aquel día en que la Hermandad de los Afligidos -hace también ahora veinticinco años- llamó a "mi gente" para que cargásemos el paso, aquel mismo paso que "olía a clavo y chocolate" y que, a pesar de haberle estado yo tan cerca, siempre me había parecido tan inalcanzable. Ese paso, que ya era emblemático en la Semana Santa de La Isla y que, desde aquel Lunes Santo de 1982, pasó también a ser emblemático entre "mi gente" (tanto que, cuando uno de los pasos más emblemáticos de aquel tiempo, el del Medinaceli, empezó, a partir del año 84, a realizar su salida procesional el Lunes Santo, dio comienzo una cierta rivalidad entre las dos "emblemáticas" cuadrillas, hasta el punto de que, hoy en día, cuando sus ensayos coinciden, hay cierta expectación, hay, incluso, quien habla del "derby de las cuadrillas"...). Anécdotas aparte, lo que sí es cierto es que, desde entonces, quienes son asignados a cargar este paso, suelen experimentar una agridulce sensación de respeto y orgullo. Respeto, por la gran responsabilidad que conlleva sacarlo a la calle, con todas sus consecuencias; y orgullo..., precisamente por eso mismo... porque la búsqueda de soluciones a las dificultades técnicas que se han venido presentando, ha propiciado que la carga que se realiza al paso de Los Afligidos, y no sólo al antiguo -donde ya Julito acuñó la frase del encabezado-, sino, sobre todo, al actual, haya alcanzado supremas cotas de calidad y arte, creando, sin quererlo, una auténtica escuela, con su andar pausado y su carencia de excesos, o lo que es lo mismo, con su carga medida, equilibrada y, en definitiva, inteligente, aunque algunos la tachan de osado -lo que para unos es elegancia para otros es sosería-, constituyéndose en un referente, no ya dentro de la propia Asociación que lo lleva, sino entre las restantes cuadrillas de la Ciudad. Y, le duela a quien pudiere dolerle, a pesar de los encuentros y desencuentros que entre "mi gente" y "mi cofradía" hemos tenido (resulta inevitable entre dos "personalidades fuertes"), hemos alcanzado los veinticinco Lunes Santos juntos (aunque sólo hemos podido salir veinticuatro). En la confianza de que serán muchos más, sólo me resta agradecer a la Divina Providencia tantas gracias y satisfacciones recibidas en este tiempo.
José González García
Boletín "Siembra" Año 2006
Hermandad de los Estudiantes.
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Paso de los Afligidos. Vulgo Los Estudiantes. Salida procesional año 2004. www.elguichidecarlos.com

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