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cuando un hermano mayor era una autoridad | el niño absorto de la noche única
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la gracia del indulto
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la gracia del indulto del viernes santo.
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En la Isla, no hace muchos años, allá por aquellos tiempos de la década de los años 40 a los 60 del siglo pasado, la Cofradía del Cristo de la Expiración – vulgo del Silencio – incluía la calle Calderón de la Barca en su itinerario, camino de recogida a San Francisco.
Las bombillas de las farolas en las esquinas de las calles José López Rodríguez (Alhóndiga) y Cayetano del Toro se encontraban apagadas. En esta ocasión estaba justificado por la estampa de la procesión. El refino alpargatería de Joselito “La Española”, al igual que la de Rosario la de la loza también estaban oscuro. En el interior se observaba la figura de personas que entre los biombos de los escaparates veían llegar al Cristo del Silencio hacia la puerta trasera del edificio consistorial denominada vulgarmente como “la de la cárcel”. El Freidor de Collantes y la “Eureka” se hallaban cerrados al ser festivo a partir de las tres de la tarde. En el Bar la Alhóndiga, en casa de “Manolo el de la Cuestecilla” y “Nanai”, todos habían salido al exterior a presenciar la tradición. La churrería de la Alhóndiga ya estaba lista para comenzar amasar.
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Sólo la luz de la luna y la leve, humeante y mal oliente de los cirios de petróleos de los penitentes, rompía la total penumbra existente. Del Patio de Felipa, de los de Calderón de la Barca; del Parque; de las inmediaciones de la Capillita del Auditor, de la Plaza del Rey, de todas partes, acudía una muchedumbre de personas en total silencio y respeto que no faltaban las mujeres con la cabeza cubierta por el velo o cualquier otra prenda negra en señal y respeto de luto.
Cuando el paso del Cristo llegaba a la puerta del Ayuntamiento, con añeja pintura donde se intuía leer la inscripción de “prisión del partido”, los tres toques de aviso a los cargadores para detenerse, sonaban de una manera especial. El mayordomo hacía complicidad con el silencio imperante y el ritual que en esos momentos comenzaba. Acercándose a la puerta cerrada de la cárcel, repetía los tres golpes anteriores medidos en igual espacio de tiempo. En esta ocasión lo ejecutaba con la mano
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Desde el interior de la cárcel, se oía la voz de un municipal que exclamaba: ¡Quién llama ¡ A la que el cofrade respondía ¡El Cristo de la Expiración ¡
En ése momento, se abría la vieja puerta de madera quebrajada por el agua, falta de pintura color sangre de toro en su día, y los cerca de doscientos años de antigüedad que rondaba. Ya en el interior de la cárcel, estaba todo preparado. Durante la mañana, se había recibido escrito del Sr. Alcalde o Juez correspondiente ordenando la libertad del reo. Casi siempre era por delitos menores y le correspondía a aquel, que menos tiempo de condena le quedaba por cumplir.
A veces, cuando no había candidato por estar la cárcel sin recluso, cualquier otra persona que hubiese pasado la noche en la “prevención “por una que otra “tajá “, servía para el ritual. El hermano Mayor decía al reo: El Cristo de la Expiración perdona tu condena. ¿Qué deseas hacer? ¡Acompañar al Cristo ¡contestaba con fuerte voz.
En ocasiones, entre el público expectante los más emocionados rompían con leves aplausos. Si el excarcelado solicitaba cargar el paso hasta su recogida, aquellos cargadores de la Isla le hacían un lugar para cumplir su reparación.
Si el procesado decidía acompañar al Cristo de penitencia, se le facilitaba una túnica de la cofradía y antifaz. En la absoluta oscuridad creada, el público asistente al emocionante acto no solía ver la cara del indultado o reconocerle, a excepción de que, por su capirote a lo “gato” era fácil de observar.
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En los últimos años sesenta ya todo acabó. La cárcel dejó de prestar servicios como tal finalizando los setenta y, por consiguiente, el indulto dejó de ser hábito que había comenzado en los finales años treinta. La Cofradía reorganizó el itinerario.
Al igual que muchos niños de aquellos barrios y curiosos que acudían la noche del Jueves al Viernes Santo a la puerta de la cárcel, tuve la vivencia durante varios años de mi niñez que conservo la imagen del rito a ambos lados de aquella puerta.
El güichi de Carlos.
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