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no siempre fue así | en una recogida de la soledad  

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No se me puede olvidar. Como si estuviera ocurriendo ahora mismo. Entonces oscurecía con mucha lentitud. Todo en el ambiente hacia pensar que algo muy grande estaba ocurriendo en la Isla. Jueves Santo. De hace tiempo. Música clásica. Mi abuela ya se había santiguado más de mil veces espantando a los muchos demonios que por aquella época se asomaban al parecer por las esquinas de estas inocentes tierras. Olía a eterna Mallorquína , a rosco de Hermanos Picó, al azahar de unos naranjos que nunca quisieron abandonar del todo la calle Real, a incienso, a cera y a túnica recién planchada.

La gente subía y bajaba por la Cuestecilla de la Cárcel aspirando con placer las refrescantes brisas de la primavera que se abrazaban en el aire con los sabores picantes de las comidas del Nanai y con el humo de los churros del 44.

Nuestro padre nos daba a escoger entre la salida a las dos en punto de la madrugada o la recogida sobre las ocho. Decía la gente que las dos cosas tenían su encanto. Sin embargo nada comparable, para mi, con los amaneceres canaulas que yo conocía, desde que mí padre y mi abuela nos llevaban de la mano a mi hermano Liqui y a mi a ver las trepidantes subastas de Román en el Mercado allá a las cinco de la mañana, cuando lo único que se escuchaban era las gallinas de Pomá. Pero entonces no era como hoy. Entonces los días pasaban con mucha pereza, como los carros que llegaban a la Plaza arrastrados penosamente por aquellos caballos esqueléticos


Al llegar la noche, nuestros pequeños cuerpos sentían el peso y el paso de las horas con mayor sensación de haber vivido. Al final siempre le decíamos a nuestro padre que mejor por la mañana.

La mañana, que tampoco era la mañana, porque el sol no tenía prisa alguna por asomar sus cachetes dorados por detrás de la Iglesia Mayor. No se me puede olvidar. Al ver a los cargadores con aquellas almohadillas y con las caras destrozadas y sudorosas de toda la noche cargando al Viejo, yo me prometía a mi mismo que, si algún día llegaba a mayor, cosa que todavía no ha ocurrido afortunadamente, no permitiría un trabajo tan horrible y de tanta esclavitud por unos pocos reales que se llevarían aquellos necesitados hombres a sus humildes casas.

Para mí que ellos sufrían más que el propio Nazareno. Entonces nadie hubiera podido convencerme de que, pasado el tiempo, los cargadores iban a ser tan numerosos como voluntarios, y que habría competencia y orgullo por ser cargador. La mañana refrescaba. Mi padre asustaba a los perros que se nos cruzaban en el camino imitando con las manos el sonido de un cohete. Sonaban las trompetas. El suelo resbalaba con la cera y con las lágrimas de la penitencia. Había mucha penitencia. La marcha real ponía los vellos de punta. Llegaba el Nazareno entre claveles.


Luego la Virgen con miles de velas encendidas desafiando al levantito. Cuando las grandes puertas de la Iglesia Mayor se cerraban, el cielo parecía cerrarse también por un momento. A esperar un nuevo Jueves Santo. La plaza del Rey era una explosión de público callejero que buscaba la cama después de una noche de tantas emociones. Al llegar a la esquina de Anita, ya de vuelta, siempre le decíamos a nuestro padre que, para el año que viene, a verlo salir.

Y el año que viene quedaba tan lejos, que al escucharnos, hasta los primeros geranios que asomaban por el balcón de Pepe, se reían de nuestras caras de niños y nuestros gestos de cansancio.

Francisco Melero Mora
Boletín Nazareno año 2000
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