Y al fin se abren las puertas, un rayo de luz venido de fuera alumbra las pupilas del penitente, este mira por última vez a su Titular, que ya está en carrera, le reza una oración y baja su mirada hacia el suelo. En ese momento le vienen a la memoria los cultos, los días pasados en el almacén, la campaña de Navidad, las postulaciones, hace un amplio y rápido recorrido en lo acaecido durante el año. Sus articuladas piernas empieza a avanzar, pasa de la penumbra a la claridad del día.
El joven cofrade ve culminado con la Salida de sus Titulares el trabajo de todo un año. Por fin el paro, al tercer toque, como si de un sueño se despertarse, se levanta con atroz energía y avanza hacia las puertas del templo. Al poco tiempo la banda hace sonar los primeros acordes del Himno Nacional y el paso avanza, la cofradía ya está en la calle. A lo largo del recorrido la seriedad, el fervor y el recogimiento del pueblo se va notando, algunos toman la penitencia de un modo infantil e inocente, otros lo celebran como unas vacaciones más, pero el verdadero cofrade toma el mismo como una cosa muy seria y transcendental. El penitente baja con cuidado el cirio de su cintura y lo coloca en el suelo, observa y escucha. - ¿Eres Antonio?; pregunta la joven al penitente. - El calla y observa; como si de nada se tratase. - Oye, María ¿es ese Antonio? - No creo, Antonio es más alto. El penitente reza una oración para sus adentro, la campanilla suena y todos al compás levantan sus respectivos cirios. La procesión continua y la hora del final se acerca, el penitente ha sabido lo que es llevar a Cristo, ha llevado su túnica con honor y alegría. Ha estado con El y lo estará hasta el resto de sus días.
Antonio Armario Muñoz Ir a Semana Santa Ir a historias de semana santa
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