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postulando

La verdad es que no sé si los miembros de las juntas de gobierno de las cofradías siguen postulando, como antes, barrio por barrio, casa por casa. Desde luego a la mía no llega ninguna de esas parejas que, en este tiempo, a la hora de la siesta, llamaban -llamábamos-al timbre, póstula en ristre, diciendo: "Buenas tardes, perdone que le moleste pero venimos postulando para...". Las respuestas eran de lo más variado, desde las del minucioso que descolgaba de detrás del portón un hato de póstulas prendidas en un alambre, las repasaba una a una para comprobar si tenía la que le presentábamos, todo ello con una parsimonia desesperante, mirando alternativamente el mazo de papeles y las caras de los que aguardábamos, hasta que sin decir palabra se echaba la mano al bolsillo y daba la peseta de rigor. Entonces solía decirse: "¿Aqué nombre se la ponemos?", y el minucioso contestaba: "Poned, señor Fontana de la Torre y señora", por ejemplo. Y se quedaba más ancho que largo. Naturalmente, por encima del hombro, mientras duraban las comprobaciones, los postulantes echábamos una ojeada al interior de la casa. Después sacábamos conclusiones; es decir, sin querer íbamos haciendo un estudio sociológico de aquella Isla hoy prácticamente desaparecida.

Había quienes nos hacían pasar al interior, al despacho con reproducciones del cuadro de Las Lanzas, o del Martirio de San Bartolomé. Aquel ritual nos sacaba de quicio porque nos rompía la inercia-huye que te alcanzo-, que no estaba para parada y fonda. También es verdad que en algunos patios de vecinos, sobre todo si el tiempo estaba chungo porque lloviera o venteara, nos sentaban en la mesa de camilla con brasero y nos daban una tacita de caldo o un vaso de café. En casos así, al preguntar el nombre, nos contestaban: "Poned una devota, con eso es suficiente".
Postular entonces era tanto como ponerle un termómetro a La Isla. Lo recordé en mi pregón de la Semana Santa del 94, que incluso ayudamos a pelar un pollo a una señora mayor que vivía en una accesoria por la calle Hernán Cortés, con ello pudimos anotar ¡un duro!, dádiva que sólo estaba reservada entonces a ciertos comercios. Para qué decir del montañés que daba ¡cinco duros!, bueno, salíamos de la tienda como los vasallos chinos del salón del trono del emperador: andando para detrás y haciendo reverencias. Donde lo pasábamos peor era en los talleres de costura: un patio con montera, diez o doce chávalas con ganas de distraerse de la monotonía, la radio puesta oyendo alguna novela de Sautier Casaseca -Pedro Pablo Ayuso, Matilde Conesa, Matilde Vilariño, Juana Ginzo-, campanillazo inoportuno, espera en la puerta hasta que llegaran los anuncios, y verse con el panorama de unas cuantas risitas socarronas, miradas radiográficas y panorámicas soportadas estoicamente mientras la maestra abría la gaveta de la máquina y sacaba las dos o tres pesetas. Sudores costaban aquellas incursiones, que no había nada más embarazoso; que estar plantado en medio de mujeres jóvenes con ganas de cachondeo a costa del que llegara. Recuerdo a un compañero postulación al que mientras esperábamos le dije que tenía la bragueta abierta. Dio media vuelta se fue corriendo con la carpetílla de las póstulas. ¡Qué Isla aquella ¡
Hoy he querido recordarla sólo con la añoranza del tíempo pasado, sino ante la extrañeza de que ya no llaman a mi puerta ninguna pareja de postulantes. Posiblemente los porteros automáticos de los bloques se hayan convertido en barreras infranqueables. Posiblemente La Isla, por ésta u otras razones, se ha vuelto más hermética, ha dejado de ser la que fue, la que dejaba los portones abiertos, la de los cierros con visillos, las de los talleres i costura, la de los minuciosos.'La Isla horizontal que perdimos para siempre, como perdimos la tranquilidad de que nadie iba a llamar a tu puerta para atracarte sino a lo más, a dar un sablazo anual pidiendo para una cofradía.
Francisco Carrillo
San Fernando Información marzo 2007

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