En aquellos años (1969), el Jueves Santos era festivo a partir de las tres de la tarde. Hora que oficialmente se producía la muerte de Cristo. La climatología durante la semana había dejado caer algunas lluvias en los desfiles procesionales. Las Parroquias isleñas recibían la visita de los Sagrarios de elegantes mujeres ataviadas con la mantilla española. En la Iglesia Mayor, las autoridades civiles bajo mazas, en unión a representantes locales de la vida social cañaílla, celebraban los sagrados oficios. Los militares lo cumplían en San Francisco. Por la tarde, a las seis desde la Iglesia de la Casería salía el Cristo del Perdón, que por inhóspitos caminos, se acercaba sólo hasta la calle Ancha, regresando a su templo sin hacer su desfile procesional por la Carrera Oficial de la calle Rosario. A las ocho de la noche salía el Silencio desde San Francisco a través del camino oscuro que la ciudad le dispensaba, y en la que colaboraba estrechamente los establecimientos apagando sus luminosos comerciales. Alguna que otra vez, el “paso” detenía su recorrido hasta que apagase la luz encendida que el dependiente del refino o comercio había olvidado o retrasado en su llegada para tal misión. Por aquellos tiempos, no existía aún el reloj automático de encender o apagar luces.
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