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la música en las procesiones | besapies y besamanos
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domingo de ramos
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El mar ha comenzado a azulear, los cielos se han limpiado de nubes, la retama ha florecido con profusión, las campanas no dan reposo a su dialéctica de bronce y casi sin darnos cuenta se vive ya en San Fernando el Domingo de Ramos.
Para algunos, esto no supondrá más que unas oportunas fechas para la distracción, pero para muchos serán días de recogimiento, de oración, de meditación serena, de esplendoroso descubrimiento de que la vida tiene un alcance que va más allá de la agresividad competitiva de las efímeras esperanzas que ofrece el dinero. A partir de este día los Cristos, patinados de luna, teñirán de luto la cal, pondrán paréntesis de sosiego en lugares de habituales ajetreos, reconfortarán espíritus ajados y sembrarán un cogollito de escalofríos en los corazones de sus devotos. María paseará sus ojeras escaparates del dolor por entre pretiles almenados, fachada blasonadas, almas estremecidas, su mirada tamizada por el humillo de la cera azogará sobre la forja de los balcones, sobre los naranjos cuajados de azahar, penetrará a través de los postigos en la intimidad dejada herir de alguna alcoba donde, desde la penumbra, unos labios apergaminados por los años le enviarán la caricia del espíritu hecha sentida jaculatoria. Las calles isleñas serán el paño sobre el que se trace un pespunte de hábitos nazarenos y penitenciales; hábitos que trajearán de anonimato unos sentimientos de fervor, de sacrificio o, simplemente, de juvenil ilusión. Comenzará a surgir la saeta, cante que seca las gargantas y humedece los ojos de quienes lo ejecutan, que repujando el aire parece materializarse en él flotando en las humaredas del incienso, cante que es hermosa dádiva ofrecida a Jesús y María. A partir del Domingo de Ramos comenzarán a resonar por entre las esquinas romas de la Isla, por entre sus afiladas almenas llegando diluidas en el aire, hasta los caños o la bahía según este sople de poniente o de levante.
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Los esforzados músicos serán, a partir de este día, los artesanos de la envoltura sensitiva de todo el rito procesional dado que la música en las cofradías, salvo en las de silencio, se constituye en el alma del cortejo sobre todo por estas tierras donde la sensibilidad se lleva a flor de piel. Pero horas antes de que los tambores pidan paso, en el medio día del Domingo de Ramos, la Iglesia Mayor es un hervidero de fieles que se aproxima impacientes a Cristo y a María que, bajo distintas advocaciones, se encuentran ya sobre sus pasos procesionales. En el templo, el trasiego de personas es constante, unos comentan, otros recuerdan, algunos rezan, relucen los altares de insignias, el aire se carga de aromas inconfundibles, los verdores grisáceos de retazos de olivos, esmaltados por la escarcha del agua bendita, prenden en acogedores ojales, el romero presta su perfumada agonía para impregnar devotas manos.
Por fin ha llegado la Semana Santa, esa Semana Santa con la que los cofrades sueñan en los inviernos que nunca acaban. Precedida de un enjambre de palmas, la silueta de Jesús sobre un pollino se recortará en los claroscuros de la capilla de la Estrella, ofreciendo el signo plástico e inaugurador más cariñosamente esperado de la Semana Santa, es la señal inequívoca del comienzo de nuestra controvertida, enjuiciada, imperfecta, pero a la vez sublime y maravillosa Semana Santa. A las cuatro de la tarde de cada Domingo de Ramos la calle Real parece convertirse en un nuevo sendero que baja de Betrania, la cofradía Lasaliana de Cristo Rey y María Santísima de la Estrella, luchadora donde las haya, ofrece a San Fernando la estampa más entrañable en el atardecer de este señalado día. El anochecer del Domingo de Ramos se vestirá de duelo. La tarde desaparece y con ella las palmas, que ceden su lugar en las calles a los cirios penitenciales, desde enguatadas manos nazarenas la cera derretida comenzará a estallar contra el suelo tamizado con su humillo aromático las sobrecogedoras miradas de los Cristos y las Vírgenes.
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Jesús atado a la Columna, sacrificado por el flagelo, pone tonalidades de sangre en el Domingo de Ramos, la Salida de este Cristo sobre uno de los paso más queridos y característicos de la Isla, junto a su Virgen de las Lagrimas. Jesús sentado en la peña esperando ser crucificado es la nueva estampa de este Domingo de Ramos, acompañando a Jesús esta la nueva imagen de la Virgen de las Penas. La Semana Santa de San Fernando, como la de todos los lugares, tiene sus particularidades, sus ritos estéticos, sus encuadres perfectos, en una palabra, sus estampas inamovibles. Domingo de Ramos con aurora de rubios reflejos de palmas y ocaso de corona de espinas, soga, látigo y sangre. Comienzo de desfilar de Cristos y Vírgenes entre unas manifestaciones religiosas que en muchos casos, despertarán la fe mejor que un libro de teología.
Antonio Armario Muñoz Ir a Semana Santa Ir a historias de semana santa
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