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la carga perpetua

Pienso que, ya fuese en épocas de esplendor, que las hubo, como en las etapas de precariedad económica, que también las ha habido, nunca tuvo La Isla dudas sobre la solvencia y calidad de sus Cofradías; pese a lo netamente gaditano de sus orígenes, y a las posteriores influencias de Sevilla, de Málaga, de Cartagena, siempre las sintieron los isleños como algo muy suyo, muy arraigado en sus vidas. Con toda naturalidad, sin pudor ni mojigatería, la gente de La Isla siempre se mostró orgullosa de sus procesiones, de sus Imágenes Sagradas, de sus modestos exornos, de sus pequeños pasos y de su forma de andar: La Isla presumía, entre otras cosas, de sus cargadores. Y ello a pesar de que hubo sus malos momentos. Sí, es verdad que, en determinada época (los años setenta, sobre todo) las impurezas en la carga llegaron a desplazar, en parte, aquella esencia enorgullecedora; también es verdad que la coyuntura! incorporación masiva de gente provinente en su mayor parte de las propias cofradías (hecho acaecido en los años ochenta)', gente joven que, sin maestros que les enseñasen, suplieron su total falta de oficio con una suerte de excesos, llegó a desvirtuar, durante un tiempo, el tradicional andar de los pasos; pero creó que, afortunadamente, lo peor ha pasado y que, mientras que aquellas impurezas, si aún perduran algunas, están en franco proceso de extinción y los excesos que han predominado en los últimos años están desapareciendo paulatinamente, se está llegando, en la actualidad, a una etapa en la que parece producirse -en unas cuadrillas más que en otras, desde luego- un tímido acercamiento al clasicismo, que, dicho sea de paso, es el mejor estado al que se puede llegar.

Decía que La Isla presumió siempre de sus cargadores. En cierta medida, quizá todavía sigue ocurriendo, al menos en una buena parte de la población que parece interesarse por su historia y por la conservación de su personalidad histórica. Pero, ya no todo el mundo es tan incondicional como antaño; son muchos los jóvenes que se han ido involucrando en las Hermandades no con el talante con que antes lo hacía cualquiera, que era el de trabajar, el de aprender de los que ya estaban con el fin de aportar su granito de arena para, entre todos, antiguos y nuevos, mejorar, en lo posible, lo que habían heredado de sus mayores. Ahora, más bien, los jovencitos -y algunos no tan jóvenes- entran en una cofradía para amoldarla a su gusto, para satisfacer sus propias aspiraciones o, en algunos casos, "por despecho", para hacer y deshacer lo que en otra -la que antes era 'la de sus amores"- no les dejaron. Esta actitud, de la que se han visto contagiados incluso muchos cofrades veteranos, transformados en irreflexivos "conversos", trae consigo, sin duda, una crisis de identidad que provoca la pérdida de autenticidad; paradójicamente, tanto los unos como los otros, suelen ser gente de personalidad poco definida, que gustan de lo novedoso, de lo importado, sin arraigo a las tradicionales costumbres de la comunidad en que habitan, poniendo en cuestión valores que, hasta hace poco, se consideraban eternos e inalterables, a favor de otros que están de moda.

Es admirable el poder de la moda. Esa cosa que, estableciendo unos criterios que nadie sabe de quién proceden, tiene la facultad de arrasar cualquier campo en el que se inmiscuya, llevando en volandas a una descabellada plebe, incapaz de pararse a pensar, siquiera, el porqué sigue esos criterios de origen desconocido. La moda, esa misma cosa que consigue que la gente, en vez de peinarse, se despeine para salir a la calle, que en lugar de cogerse los dobladillos, lleve los pantalones arrastrando por el suelo, que en lugar de tirar la ropa porque tiene rotos, le haga rotos a la ropa nueva para podérsela poner, está sustituyendo lo lógico por lo ilógico, lo auténtico por lo postizo, lo propio por lo ajeno. La moda, ese monstruo irracional, traído de otros confínes por esa gente desarraigada, despechada, tránsfuga o conversa, ha cobrado su tributo, consiguiendo desfigurar casi todas las estructuras procesionales conocidas. Yahora, cómo no, reclama para sí lo que todavía no ha podido devorar del todo: el andar de los pasos. El objetivo de la moda imperante es eliminar el andar de toda la vida para sustituirlo por otro andar, con distinto aire y movimiento. Y, para lograrlo, cualquier pretexto será válido: la crisis de los años setenta (ya más que superada) saldrá de nuevo a la palestra; la supuesta inmadurez de aquellos 'jóvenes" sin escuela de los años ochenta (hoy cuarentones con más pasos que nadie a las espaldas) volverá a ser carnaza para el rúame que puebla los foros de Internet; se esgrimirán excusas tan peregrinas como la que ya dice algún iluminado en la vecina Cádiz (también muy afectada del virus) de que los recorridos son cada vez más largos y hay que ir pensando en cambiar la forma de andar o no podrán cumplirse los horarios... O, más cercanamente, lo que ya está ocurriendo con cada vez mayor profusión: que, detrás de los pasos, se coloque una banda que, con sus insufribles sones arrítmicos, haga imposible a los cargadores andar con buen compás, para dejarlos en evidencia.
Ante esta perspectiva, ¿qué pueden hacer los cargadores de La Isla? Creo que sólo una cosa: seguir, como dijo San Isidro, haciendo lo que tienen que hacer y, sobre todo, hacerlo lo mejor posible, o lo que es lo mismo, como se hizo toda la vida. Decía el torero que lo clásico es lo que ya no se puede hacer mejor. Y no olvidemos que sólo las cosas bien hechas son las que se perpetúan-en la posteridad.

José González García

Publicado en Diario Aniversario (1982/2007) de la Cuadrilla de Cargaores de la Hermanda de Jesús Nazareno y María Santísima de los Dolores. Isla de León. 2007

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Cargadores del Nazareno Publicada en Diario XXV Aniversario de la Cuadrilla de Cargaores de la Hermandad de Jesús Nazareno y María Santísima de los Dolores.Año 2007

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